Daiana llega a la pequeña ciudad de los mitos con un solo objetivo: terminar su carrera. Cuando encuentra la casa de sus sueños (espaciosa, lujosa y extrañamente barata), no duda en firmar el contrato. Poco le importa que los vecinos hablen de una presencia, de una entidad que nunca abandonó el lugar; ella es una mujer de ciencia, racional y escéptica, incapaz de creer en cuentos de fantasmas.
Al principio, los pequeños sucesos (objetos que cambian de lugar, corrientes frías en habitaciones cerradas) son fáciles de ignorar. Daiana los etiqueta como producto del estrés o del cansancio acumulado por los estudios. Pero la negación se vuelve imposible cuando llegan las noches.
Sus sueños han dejado de ser simples proyecciones de su mente para convertirse en una realidad abrasadora. En la penumbra de su habitación, siente caricias que no debería sentir y una presencia que la obliga a gemir en la oscuridad. Despierta siempre igual: jadeando, con la intimidad palpitando de deseo.
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Capitulo 9: Entre el miedo y el jadeo
Daiana despertó con una sensación de ligereza que no había experimentado en la última semana. Al abrir los ojos, la luz grisácea de la mañana de Sereia se filtra por las cortinas, pero esta vez no hay parálisis, ni figuras de humo, ni la voz ronca de "aún no es tiempo". Su queja final antes de rendirse al sueño profundo había funcionado como un exorcismo temporal. Al menos, se había ganado unas horas de tregua.
Mientras se estira en la cama, la lógica científica y la realidad paranormal libran una batalla silenciosa en su mente. Es innegable: lo que había sucedido en el baño era real. La fuerza que la había elevado, el agua manipulada, el orgasmo devastador... todo era físico, palpable. Y sin embargo, la idea de un "fantasma sexual" le parece tan ridícula que siente ganas de reírse de su propia desgracia.
No lo va a negar: tenía miedo. El miedo es una respuesta evolutiva a lo desconocido, a la fuerza que no se puede cuantificar. Pero ese miedo esta perversamente entrelazado con una curiosidad insaciable y una necesidad carnal que se adhiere a su piel como una segunda capa. Esa fuerza invisible logra despertar su cuerpo de una manera que ningún hombre real ha conseguido jamás. Su exnovio, centrado siempre en su propio placer, parecía un principiante comparado con la intensidad de este ente. Y eso es lo que más la asusta: no el fantasma, sino su propia y rápida capitulación.
Pasó por el baño, lavándose la cara con agua fría, tratando de borrar las huellas de la noche. Se vistió con prisa, buscando comodidad y protección contra el frío del clima costero: una camiseta larga y suave de algodón azul marino que le cubre hasta los muslos y unas medias gruesas de lana. No quiere lencería, no quiere nada que incite a la presencia.
El hambre la guio a la cocina, el único refugio que aún siente "suyo". Encendió la cafetera, el aroma familiar del café fuerte empezando a llenar el aire denso y cargado de estática de la casa. Mientras el café gotea, sacó un tazón y batió harina de trigo con agua, azúcar, un toque de leche y una pizca de sal. La monotonía de la tarea le calma los nervios.
Unos minutos después, el desayuno esta listo: panqueques dorados y una taza humeante de café negro. Se sentó en una butaca alta, colocando su comida en el mesón de la cocina, y miró a su alrededor. El silencio que siguió es compacto, una presencia en sí misma.
Decidida a romper la tensión, Daiana habló, su voz resonando en la habitación vacía.
__Oye, señor fantasma...__. Comenzó, con un tono medio burlón, medio desafiante.
__¿Estás por allí o solo mi cuerpo, en su lamentable falta de sexo real, ha imaginado todo lo que ha ocurrido desde que llegué a Sereia?__.
El silencio le respondió. No hubo movimiento de aire, ni cambios de temperatura. Solo el suave murmullo de la brisa moviendo las hojas de los árboles fuera de la ventana. Se sintió estúpida, una científica hablando con el vacío.
$$Perfecto. Ana tenía razón... la larga abstinencia hace mal__. Se quejó y burló de sí misma, dándole un sorbo al café.
Pero el silencio de la casa siempre es traicionero. Cambió súbitamente. El aire pareció condensarse a su alrededor. Daiana jadeó, su cuerpo tensándose instintivamente, cuando sintió una fuerte presión en su abdomen, como una mano invisible apretándola. Un aire gélido la golpeó en la nuca, un roce etéreo que le erizó el vello de los brazos.
__¿Quieres jugar?__. Jadeó, su voz temblando ligeramente, mientras la presión baja con descaro hacia su trasero.
La sensación del aire frío golpeó su intimidad, una caricia etérea que la obligó a arquear la espalda hacia atrás, dándole más acceso a lo que sea que la esta tocando.
__Umm...__. Jadeó entrecortadamente, tratando de mantener una fachada de control.
__Deberías al menos invitarme un café primero... o una cita. No saltar al sexo de una vez. Pero... como no soy fantasma o fuerza invisible o lo que seas... mejor no opino__.
El ente no respondió con palabras. Respondió con acción. La brisa helada desapareció, reemplazada por una suave y cálida presión que se centró con precisión experta en su zona íntima.
__¡Ahhhh!__. El grito fue una mezcla de sorpresa y miedo, más bien de placer puro.
Daiana sintió cómo su cuerpo fue elevado. No fue una elevación suave como en el baño; fue rápida, casi violenta. Voló literalmente de la butaca al sofá de la sala de estar, cayendo pesadamente contra el cojín principal. Sus piernas quedaron flexionadas y abiertas, en una pose de total vulnerabilidad.
Por un momento, su mente fue un caos. La lógica científica, la física que ha estudiado durante años, colapsó ante el hecho de haber volado. Pero el ente no le dio tiempo para procesar el shock. La presión volvió a instalarse en su intimidad con una violencia deliciosa. Ansia rodearla, atraparla, pero no hay nada que sujetar. Era invisible, no tiene cuerpo físico, y aún así, se siente tan bien que quiere gritar.
Y volvió a gritar, pero esta vez, fue un grito de placer puro y desgarrador.
Sintió la presión entrar en su interior con una determinación posesiva, expandiendo sus paredes vaginales y llegando hasta su abdomen sin exagerar. Los jadeos empezaron, las súplicas pidiendo algo que no sabe cómo tener. Es una posesión absoluta, una coreografía erótica surrealista donde ella es la receptora pasiva de una voluntad que no es la suya.
El orgasmo la golpeó con la fuerza de un tsunami, dejando su cuerpo como gelatina, temblando sobre el sofá, vaciada física y emocionalmente.
Varios minutos pasaron antes de que Daiana pudiera siquiera moverse o formular un pensamiento coherente.
__Uh... al menos no corro peligro de quedar embarazada__. Susurró jadeante, con una risa nerviosa y forzada, mientras se recupera del clímax. El alivio por esa pequeña victoria lógica es ridículo en medio de su situación.
Se incorporó en el sofá, agarrándose del borde para estabilizar sus piernas flaqueantes. La frustración y el deseo sigjen palpando en su intimidad, pero la necesidad de respuestas esta empezando a superar a la lujuria.
__Oye, fantasma... tú y yo debemos encontrar alguna forma de comunicarnos__. Habló seriamente, con un tono que no denota sumisión, sino una curiosa igualdad.
__Porque no solo puedes venir y hacerme jadear... eso no es caballeroso. Necesito respuestas. Saber por qué yo y no otro habitante anterior de esta casa__.
Se detuvo un momento, respirando hondo, y continuó, su voz endureciéndose con la determinación de la científica que no piensa reprobar.
__Y también... vas a tener que ayudarme con mi tesis. Porque no pienso reprobar mi tesis... aunque ahora sepa que hay cosas que no se pueden explicar con la lógica y la ciencia__.
La casa guardó silencio. Daiana esperó, el corazón latiendo con fuerza. ¿La habrá escuchado? ¿O solo ha sido un espectador pasivo de sus quejas?.
De repente, un leve golpe sonó en la mesa de centro de la sala. No fue fuerte, pero fue claro. Un sonido corto y seco, como si alguien hubiera golpeado la madera con un dedo.
Daiana se tensó, mirando el lugar exacto de donde ha provenido el sonido.
__Eso... ¿eso fue un sí?__. Peguntó, su voz apenas un susurro.
El silencio fue la respuesta, pero Daiana lo interpretó como una confirmación. La casa, el ente, el fantasma sexual posesivo... la ha escuchado. Y ha respondido.
El dilema de la casa ya no es simplemente si asustarla o no. El dilema ha evolucionado. Ahora, el gran reto de Daiana no es solo sobrevivir a la lujuria invisible, sino descubrir cómo comunicarse con un amante posesivo e invisible que, a su manera retorcida y etérea, parece estar de acuerdo con su protocolo. El experimento ha comenzado de nuevo, y ella ya no es solo la observadora pasiva.