Rosa es una joven humana que intenta reconstruir su vida en la moderna e imponente metrópolis de Silverwood tras la misteriosa muerte de su familia. Buscando un momento de escape, se entrega a una ardiente e intensa aventura de una noche con un desconocido de magnetismo animal en el club más exclusivo de la ciudad. Lo que ella cree que fue un encuentro pasajero se convierte en una obsesión cuando despierta con una extraña quemadura en su clavícula en forma de rosa marchita.
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Capítulo 19
El viento sobre el acantilado no era un invitado amable; era un verdugo frío que no perdonaba ni a los vivos ni a los que buscaban imponer su ley en la línea del horizonte. La mar grumosa golpeaba las rocas como si intentara morder la costa, y el cielo se había teñido de un gris metálico que presagiaba tormenta. En medio de ese teatro, con la garganta cerrada por la arena y la tensión, Rosa sintió su cuerpo como si fuese un tambor al que alguien hubiese golpeado sin piedad: la marca ardía con una intensidad que la dejaba sin aliento y las voces a su alrededor eran ecos distantes.
—No cederé —dijo Ethan con una voz que ya no era solo la de un hombre de empresa; sonaba a la de un líder que había aprendido a perder para valorar lo que le quedaba—. No entregaré a la gente que confía en mí.
Bram sonrió con un desprecio que olía a derrota planeada. Sus hombres formaban un semicírculo detrás suyo, movimientos calculados, armas listas, rostros curtidos por noches de intrigas y fríos. Sus ojos recorrieron a la manada como quien inspecciona ganado.
—Es curioso —murmuró Bram—. Si los Vance no ceden, la ciudad los verá caer. Y si caen, esto no será sino la lección para quienes creen que el poder se hereda por sangre y no por mérito. Quiero un nuevo orden. Y la Rosa es la llave.
Rosa apretó la mandíbula hasta que la molestia en la quijada la obligó a morderse el labio. La palabra "llave" le sonó en la cabeza como una condena. ¿Era eso lo que los esperaba? ¿Ser moneda de cambio en un juego que nunca pidió jugar?
—No te pertenezco —le gritó—. No soy llave, no soy moneda y no seré la prueba de tu victoria.
Bram la miró con sorpresa fingida, luego con ira.
—Tienes mucho orgullo para ser tan frágil —dijo sin misericordia—. Entiéndelo: serás tomada en custodia. Tu Alpha podrá llamarlo educación, o sacrificio, o lo que le plazca. Pero como el mundo va, o te entregas voluntariamente y nos mostramos magnánimos, o te tomamos por la fuerza y nos aseguramos de que tu final sea un ejemplo.
La amenaza era un hilo que vibraba con veneno. Ethan dio un paso adelante, pero Bram levantó la mano y, con un gesto, ordenó a sus hombres que sujetaran a los de Ethan. La lucha comenzó en cadena, rápida, cruda: golpes que se dieron con intención de dominar y no de matar. Bram conocía el valor de la humillación tanto como el de la sangre. No quería una guerra total; quería cortar las raíces de una corona.
Rosa vio a Ethan forcejear con dos hombres. Su cuenta de razones se desbordó: la rabia se mezcló con el pánico de perder lo que apenas había ganado. La visión de Bram hablando como un dueño de destinos la enfureció con una ferocidad nueva. No solo por sí misma; porque toda su vida había sido arrancada en pequeñas decisiones ajenas. Y ahora, cuando había elegido con dolor y con valentía, Bram pretendía arrebatarle la elección.
Algo dentro de ella se quebró y, con la ruptura, surgió un fuego viejo.
—¡Basta! —gritó con una voz que no reconoció en primera instancia, profunda y metálica—. ¡No tocarás a los míos!
El grito fue un disparo. Las palabras llamaron a la marca y la marca respondió. No fue un brillo tímido esta vez: la rosa en su clavícula estalló en una explosión de ceniza y luz dorada que ascendió como una columna de humo y pétalos. El aire se llenó de motas brillantes, como si la noche y la aurora hubiesen conspirado para deshacer la frontera entre lo vivo y lo mítico. Los hombres de Bram se cubrieron los ojos y tosieron, sorprendidos por la intensidad.
—¿Qué demonios...? —murmuró uno.
Ethan se liberó y se quedó inmóvil, la mirada fijada en Rosa con una mezcla de terror y reconocimiento.
—Rosa —pronunció con voz que no pudo ocultar el respeto—. Conténlo. No dejes que te consuma.
Ella no pudo contenerlo. No era control lo que necesitaba: era decisión. Sentía la energía como un torrente que subía desde las raíces de la tierra, que pasaba por su estómago y se extendía hasta las puntas de los dedos. Los recuerdos de su abuela se hicieron carne: manos que tejían, que vendaban, que hablaban en metáforas. La promesa que alguna vez había sido un fetiche familiar ahora era una arquitectura de poder que pedía ser puesta en pie.
—No te entregaré —dijo, y esa frase fue una espada que cortó la duda—. No te daré el derecho de decidir por mí.
Bram avanzó, irritado, y la distancia entre ambos se acortó. Alzó la mano para dirigir una orden que fuera el preludio de la violencia, pero la luz que emanaba de Rosa lo detuvo. No solo la luz; era una presencia de tal altura y de tal calor que, sin que él lo supiera, algo en su orgullo se comenzó a resentir. Bram, acostumbrado a la intimidación, no entendía la solemnidad que lo envolvía.
—Sois un monstruo —escupió Bram, porque aunque no entendía, insistía en tener nombre para lo que temía.
Rosa se sintió herida por la palabra y simultáneamente fortalecida. No era monstruo. Era una mujer que había sido herida, que había hecho un pacto con su propia sangre y que ahora rechazaba la idea de ser prisionera. Su duelo se convirtió en un elemento visible. Del halo dorado surgieron hilos de ceniza luminosa que se enroscaban como enredaderas alrededor de los hombres de Bram, inmovilizándolos sin romper sus cuerpos. Llamas frías, plateadas, bailaron sobre las botas de quienes la rodeaban, no para quemar la carne, sino para marcar el terreno: aquí estaba la defensa de una nueva ley.
Los hombres forcejearon, pero la ceniza tenía voluntad; era una orden petrificada. Bram gritó furioso y lanzó un arma. La cuchilla rebotó contra una barrera de luz que se formó alrededor de Rosa como un muro. La barrera no era simplemente defensa: cada vez que un arma chocaba contra ella, pequeños fragmentos del metal se transformaban en polvo dorado que caía como lluvia silenciosa. Los ojos de los presentes se llenaron de asombro y miedo. Nadie había visto antes algo que hiciera polvo fino del acero sin tocarlo.
—¿Qué eres? —preguntó Jareth con la respiración agitada, sin dejar de sostener a su atacante.
—Soy Rosa —contestó ella con sencillez devastadora—. Soy mi nombre.
La simplicidad de la respuesta le dio fuerza. Empezó a caminar hacia Bram con pasos que el viento parecía acunar. A cada paso, la energía se expandía: raíces de árboles cercanos se alargaron hacia las manos de Rosa como si quisieran beber de su poder; pequeñas chispas doradas flotaban y salpicaban el rostro de los hombres enemigos; una fragancia a ozono y ceniza vieja llenó el aire, un olor a memoria ancestral.