Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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7.
DANTE SPENSCER
Me acerqué al closet. La ropa que había escogido Elena no me gustaba mucho. Al abrirlo, aquella foto escondida cayó. Esa foto que aún guardaba como un recuerdo de mi dolor, de ese matrimonio fallido y toda la mentira montada por Sofía.
Me sentí molesto, Elena había pasado el límite que no debió, ella miró la foto, hurgó entre mis cosas sin mi permiso.
Me cambié de ropa. Me acerqué a la ventana. Ya la fiebre había bajado.
Pasado las horas, Elena entró al cuarto, traía una bandeja, un vaso de agua, medicina y un tazón de sopa.
— Señor Dante, he preparado una sopa para que se recupere, alimentarse le ayudará mucho — la miré con seriedad.
— ¿Viste la foto? — ella me miró e hizo un gesto con la boca.
— Sí. Pero no quise verla. Se cayó cuando saqué la ropa. Perdón si eso lo molestó.
— No toques mis cosas — ella mordió sus labios como guardado sus palabras.
— Está bien, señor Dante. Es hora de tomar la medicina — ella se acercó y me dio la pastilla y el vaso de agua.
— Puedes retirarte, Elena.
Ella salió de la habitación.
¿Sopa? Detesto las sopas. Pero aunque la detestaba desde niño la tomé toda. Me sorprendió que tuviera buen sabor. No sé porque no me gustaba la sopa, si no es tan mal el gusto. Sonreí.
Me acerqué a la ventana siguiendo la rutina de todos los días. Elena platicaba con Gerald, ella tenía una sonrisa en la cara. Esa sonrisa me molestaba.
Le escribí un mensaje.
✉️ Ya terminé, retira la tasa.
Ella leyó el mensaje y puso una cara sería. Se despidió de Gerald con esa estúpida sonrisa.
A los minutos, Elena estaba en mi habitación.
Recogió la tasa y salió.
Pasó un mes...
La misma rutina...
Siempre observando desde la ventana, me molestaba que fuera distante y fría conmigo y que fuera alegre con Gerald.
Le pedí que viniera. Me había puesto el antifaz, sí, ese antifaz qué tanto odiaba. Ya no quería que ella viera mi horrenda cicatriz.
Ella entró. Su mirada fue directa sin disimulo a mi cara. Bajó la mirada cuando le clavé mi mirada.
— Te sorprende verme así.
— No. Solo que nunca lo había visto con eso.
— ¿Te doy asco?
— No señor.
— ¿Cómo me veo?
— Diferente a lo usual.
— Más ridículo — esbocé una risa.
Me sentía ridículo. ¿Qué estaba haciendo? No lo sabía. ¿Para qué diablos quiero ocultar mi cicatriz si ella la conoce? Realmente es estúpido.
— Me llamó, usted, que necesita.
— Nada. Puedes retirarte — ella salió.
Mordí mis labios. Me sentía frustrado. ¿Qué es lo que quería escuchar? Este encierro me está haciendo mirar a la sirvienta de una manera que odio.
Me quité ese estúpido Antifaz y lo tiré contra la pared. Saqué un espejo de la gaveta y me miré. Mis labios temblaban y mis lágrimas salieron.
Soy un hombre tan iluso. Por un segundo pensé que podía ella enamorarse de mí.
Me acosté. Tocaba con mis dedos esa cicatriz una y otra vez.
Mi hermana entró.
— Hola Dante — se sentó a un lado de la cama — habrá una cena para recaudar fondos para los niños que necesitan cirugía para volver a caminar. Quiero que vayas.
— Estas loca. No iré.
— Apóyame. Es una fundación que quiero hacer en tu honor.
— No. No me ridiculices. Sabes que detesto que me vean.
— Hermanito. Quiero que seas una inspiración para los demás y para ti mismo.
— Ya dije que no. No, no quiero Gabriela. Sofía, no quiero que ella me vea.
— No puedes pasar toda la vida ocultándote. No es vida, no es saludable tanto encierro.
— Siempre es lo mismo contigo, tú no eres la que esta inválida, tú no eres la que cargas con esta estúpida cicatriz en la cara. No es a ti a quien verán con lástima.
— Está bien. No voy a insistir. Pero me gustaría que por primera vez pensaras en ti. Considerarás la cirugía en tus piernas y en tu cara. La medicina ha avanzado mucho.
— No me quiero ilusionar y luego decepcionarme porque es algo imposible.
Ella se acercó y me dio un abrazo. Lo único que hacía era protegerme.
— ¿Y si encuentras a tu verdadero amor en esa cena?
— No Gabriela. ¿Quién en su sano juicio va a querer estar conmigo? Aparte de dinero que más puedo ofrecer — Gabriela puso su mano en mi pecho.
— Tu corazón.
— Ya lo di una vez, y mira como lo trataron — mis lágrimas salieron.
ELENA DUARTE
Toda esa plática entre Gabriela y Dante la escuché detrás de la puerta. No quise espiar, solo se dio la oportunidad. Sentí pesar por el señor Dante. Ahora lo entiendo porque es un hombre serio, frío e imposible de carácter. Y el porqué Gabriela es así, medio calculadora.
Toqué la puerta, llevaba un par de refresco como lo había solicitado doña Gabriela cuando llegó a la casa.
— Permiso. Traigo los refrescos.
Miré con disimulo a Dante. Tenía sus ojos rojos. Mi corazón sintió tristeza.
— Gracias Elena — Gabriela me miró y se quedó medio pensativa — Elena quiero que acompañes a Dante a una cena si es que él se decide.
— Ya hablamos esto Gaby.
— Está bien, señora Gabriela.
Dante me miró. No dijo nada. Apartó la mirada.
— Dante, piénsalo. Por favor. Me voy. La cena es un mes, tienes tiempo para convencerlo Elena. Por fa.
— ¿Yo señora? Está bien. — me sorprendió la petición. Si solo soy una empleada de esta casa.
— Elena acompáñame a la cocina. Quiero darte indicaciones.
Seguí a la señora hasta la cocina.
— Elena, ¿tienes novio?
— No.
— ¿Estás enamorada de alguien?
— No señora.
— ¿Qué piensas de mi hermano? Yo sé que él es frío, pero no es malo.
— No tengo ningún concepto de él.
— Bueno. Sabes, me siento mal dejar así a mi hermano. Él no quiere ayuda. Yo quiero que salga y vuelva a ser como antes, alegre, proactivo. Que se enamore y olvide a esa mujer.
— ¿Ella no murió?
— No. Mi hermano es divorciado. Ella lo engañó el día del accidente y pidió el divorcio saliendo del quirófano. Es una mierda de mujer.
— Lo lamento señora. No sabía que el señor Dante había pasado, por tanto.
— Por eso te pido que le tengas paciencia. Y ayúdame a converserlo para ir a esa cena que es en su honor.
— Haré el esfuerzo. Lo prometo. Pero si él se pone malcriado no voy a insistir.
— Gracias.
La señora se marchó. Yo me quedé en la cocina pensando todo lo que había escuchado tras la puerta y la petición de Gabriela.