En la Academia Real Arcana, la misteriosa Yoselin despierta el poder oculto de cinco princesas y enseña a los orgullosos príncipes que la unión y el amor son su mayor fuerza para enfrentar al Rey del Vacío.
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Capítulo 20: El último día
El último día de la semana llegó más rápido de lo que Yoselin hubiera querido.
Desde que tomó su decisión, había aprovechado cada instante con las personas que más quería.
Sin que ellos lo supieran...
Se estaba despidiendo.
Aquella mañana comenzó el entrenamiento como cualquier otro día.
Aurora logró crear una enorme ave de fuego que surcó el cielo.
—¡Lo logré!
Yoselin sonrió orgullosa.
—Sabía que podías hacerlo.
Dante observó a Aurora con una sonrisa llena de admiración.
Ya no veía a la princesa insegura que conoció tiempo atrás.
Ahora veía a una verdadera guerrera.
Más tarde, Maya y César practicaban junto al lago.
Las olas obedecían cada movimiento de Maya.
—Cada día eres más fuerte —comentó César.
Ella sonrió.
—Porque ya no entreno para demostrarle nada a nadie.
Entreno para proteger a quienes amo.
César sintió que aquellas palabras también iban dirigidas a él.
Flora y Oliver recorrieron los jardines.
Las flores brotaban a cada paso de Flora.
Oliver tomó una de ellas y la colocó con cuidado detrás de su oreja.
—Te queda bien.
Flora bajó la mirada, completamente sonrojada.
En las montañas cercanas, Brisa y Uriel competían para ver quién dominaba mejor el viento.
Las carcajadas de ambos podían escucharse desde muy lejos.
León y Ángel entrenaban como de costumbre.
Después de terminar, permanecieron sentados bajo el gran roble.
—Gracias...
—¿Por qué? —preguntó Ángel.
León sonrió.
—Porque desde que llegaste... ya no me siento solo.
Ángel apoyó una mano sobre su hombro.
—Y nunca volverás a estarlo.
Mientras tanto, Daniel encontró a Yoselin observando el lago.
—Hoy no has dejado de sonreír.
Ella desvió la mirada.
—¿Eso es malo?
—Al contrario...
Solo siento que intentas guardar este día en tu memoria.
Yoselin sintió un pequeño dolor en el pecho.
—Tal vez...
Porque hay días que nunca deberían terminar.
Daniel la observó unos segundos.
—Cuando esta guerra termine...
Quiero volver a caminar contigo por este mismo lugar.
Sin entrenamientos.
Sin enemigos.
Solo tú y yo.
Yoselin sonrió con ternura.
—Ojalá ese día llegue.
Daniel no lo notó.
Pero aquella respuesta escondía una profunda tristeza.
Al caer la tarde, todos organizaron una pequeña cena en los jardines de la academia.
Reían.
Contaban anécdotas.
Recordaban el primer día en que Yoselin llegó como instructora.
Incluso el director terminó riendo al escuchar algunas historias.
Yoselin contempló a cada uno de ellos.
A Daniel.
A Elisabeth.
A las princesas.
A los príncipes.
A León.
A Luis.
A Ángel.
Aquella era la familia que nunca imaginó tener.
Y precisamente por eso...
Debía protegerla.
Cuando todos se retiraron a descansar, Yoselin regresó una última vez al taller secreto.
Allí la esperaba un pequeño halcón blanco.
En una de sus patas llevaba un mensaje.
Yoselin lo abrió con cuidado.
Su expresión cambió de inmediato.
El informe provenía de los exploradores reales.
Los supuestos ataques que habían ocurrido en diferentes pueblos...
Nunca existieron.
Todo había sido una ilusión creada con magia oscura.
Una trampa.
El enemigo quería que ella abandonara la academia para enfrentarlo sola.
Yoselin cerró los ojos.
—Lo sabía...
Nunca les importaron esos pueblos.
Solo querían separarme de los demás.
Durante varios minutos permaneció completamente inmóvil.
Después tomó una decisión.
—No caeré en su juego.
Si ellos creen que iré al lugar que prepararon...
Se equivocan.
Sacó un viejo mapa que muy pocos conocían.
En él aparecía una región completamente borrada de los registros del mundo.
Un sitio del que hablaban las antiguas leyendas.
El Valle del Eclipse.
Un lugar donde la energía de los cinco elementos desaparecía y ninguna magia podía localizar a quien se ocultara allí.
Ni siquiera los reyes conocían su ubicación.
Solo los antiguos Guardianes de los Elementos conservaban ese secreto.
Yoselin apoyó la mano sobre el mapa.
—Si desaparezco...
No podrán usarme para llegar hasta ellos.
No iré donde el enemigo me espera.
Iré a un lugar donde nadie pueda encontrarme.
Ni siquiera las personas que más quiero.
Con manos temblorosas escribió una última nota.
No era una despedida.
Solo una promesa.
"Algún día volveré. Cuando el peligro haya pasado y ustedes sean lo suficientemente fuertes para no depender de mí. Hasta entonces, vivan, sonrían y jamás olviden que siempre creeré en ustedes."
Guardó la carta dentro del cofre encantado.
Después apagó la vela.
Miró por última vez la ventana de la academia.
Desde allí podía verse el dormitorio donde descansaban las princesas.
El edificio donde dormían los príncipes.
El campo de entrenamiento.
Y el árbol bajo el que León y Ángel solían conversar.
Una lágrima recorrió lentamente su mejilla.
—Perdónenme...
Pero esta es la única forma de mantenerlos a salvo.
Muy lejos de allí, en el Reino del Vacío, el hombre de la máscara rota sonrió mientras observaba un tablero de piedra.
—Veamos qué eliges, Heredera...
Venir hacia mí...
O desaparecer del mundo.
Lo que él aún no sabía era que Yoselin había descubierto la trampa.
Y, por primera vez desde que comenzó aquella guerra, ella sería quien movería la siguiente pieza del tablero.
Sin que nadie lo sospechara, antes del amanecer...
La Heredera de los Cinco Elementos desaparecería sin dejar rastro.