Zadie fue una genio de la tecnología, una mujer de 24 años creadora de la inteligencia artificial más avanzada de su época, pero despreciada, ignorada y rechazada por un mundo que no entendía su genio ni su valor. Murió en un accidente mientras conectaba su propia conciencia con esa IA, y renació siglos atrás, en la antigua Macedonia, con un nuevo nombre: Zamira. Ahora, su mente y su cuerpo están integrados con esa tecnología, que le da conocimientos infinitos, habilidades sobrehumanas y la capacidad de analizar y dominar cualquier situación. Llega al palacio del príncipe Lixandro, un vampiro de sangre real, hermoso pero terriblemente frágil, viudo y padre soltero de trillizos: Lixan, Lucian y Luciana. Los tres son niños con poderes sobrenaturales, inteligencia desbordante y una fama de traviesos insoportables, que ha ahuyentado a todas las mujeres contratadas para ser su madre sustituta. Zamira acepta el contrato sin esperar amor, solo un lugar donde ser respetada.
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Señales de magia.
Desde el momento mismo en que Zamira había puesto un pie en el palacio de Macedonia, algo había cambiado en el aire. No era algo que se pudiera ver a simple vista, ni algo que se pudiera explicar con palabras sencillas, pero estaba ahí: una vibración nueva, una energía distinta, una luz que parecía brillar con más fuerza, como si la propia magia antigua que corría por las paredes, las piedras y la tierra del reino hubiera despertado al fin, después de siglos de estar dormida y silenciosa. Pero ahora, semanas después, cuando su unión con Lixandro era absoluta, cuando su poder se había entrelazado con la sangre real y cuando todos sabían que ella era el centro de todo, esas señales se habían vuelto mucho más claras, mucho más fuertes y mucho más imposibles de ignorar.
Y fue su propia naturaleza, esa mezcla perfecta de inteligencia absoluta, capacidad de análisis y conexión profunda con todo lo que existía, lo que le permitió detectarlo primero. Zamira, que funcionaba con la precisión y la sabiduría de una mente que lo sabe todo, que lo ve todo y que lo entiende todo, empezó a registrar anomalías que no tenían explicación lógica, sucesos extraños que no podían atribuirse a causas naturales, movimientos y cambios que solo podían significar una cosa: algo grande, algo poderoso, algo que estaba escrito desde el principio de los tiempos, estaba por suceder.
Todo comenzó con las puertas.
En el palacio de Macedonia había miles de puertas: grandes y pequeñas, antiguas y nuevas, de madera oscura y pesada, de metal frío y grabado, puertas que daban a habitaciones, a pasillos, a jardines, a torres, a lugares secretos que casi nadie recordaba ya. Durante siglos, esas puertas habían sido objetos simples: se abrían cuando alguien las empujaba, se cerraban cuando alguien las movía, se quedaban quietas y silenciosas cuando nadie las tocaba. Pero ahora… ahora eran distintas.
Zamira empezó a notarlo primero en sus paseos diarios. Caminaba por los pasillos, acompañada a veces por Lixandro, a veces por los niños, a veces sola, y de repente, una puerta que estaba completamente cerrada, sin corrientes de aire, sin nadie cerca, sin ninguna causa visible, se abría suavemente ante ella. Se abría despacio, sin ruido, sin crujidos, como si algo o alguien del otro lado la hubiera empujado para dejarla pasar, como si el propio edificio la reconociera, la saludara y le diera paso libre.
Al principio, pensó que era casualidad, que eran puertas mal ajustadas, que eran cosas antiguas que se movían solas por el paso del tiempo. Pero luego vio que no. Vio que solo pasaba cuando ella estaba cerca. Vio que si alguien más pasaba por delante, la puerta seguía cerrada, inmóvil y muda. Pero en el instante exacto en que ella se acercaba, en que su energía tocaba la puerta, esta se abría sola, respetuosa y alegre.
Y no solo se abrían. También se cerraban. Cuando ella pasaba, cuando entraba o salía de una habitación, la puerta se cerraba detrás de ella con suavidad, con seguridad, como si quisiera protegerla, como si quisiera mantener su presencia dentro o fuera, según lo que fuera necesario. Y lo más extraño y sorprendente de todo: incluso las puertas que estaban cerradas con llave, cerradas con candados antiguos, selladas con magia de hacía siglos, puertas que nadie había abierto en generaciones… esas puertas también se abrían ante ella.
Hubo un día en que caminaba por un pasillo alto y oscuro, en una zona del palacio que casi nadie usaba, y llegó hasta una puerta enorme, de hierro negro, cubierta de polvo, telarañas y grabados antiguos que nadie entendía ya. Estaba cerrada con tres candados gigantes, oxidados y duros, y sellada con runas mágicas que brillaban con una luz tenue y oscura, señal de que nadie podía entrar allí. Pero en cuanto Zamira se detuvo frente a ella, en cuanto puso su mano suavemente sobre el metal frío… los candados se abrieron solos, cayeron al suelo con un ruido sordo, las runas se apagaron como si nunca hubieran existido, y la puerta se abrió despacio, dejando ver una habitación antigua, llena de libros, de objetos y de luz acumulada durante siglos, que estaba esperando exactamente a ella.
—El palacio te reconoce —le dijo Lixandro una tarde, cuando la vio pasar y cómo tres puertas distintas se abrieron seguidas ante ella, como si le rindieran homenaje—. Este lugar fue construido con magia, con sangre y con destino. Ha pertenecido a mi familia durante mil años. Y nunca, en toda su historia, se había comportado así con nadie. Ni con mis antepasados más poderosos, ni con los hechiceros más grandes, ni conmigo mismo. Pero contigo… contigo, es como si todo cobrara vida. Como si todo supiera que tú eres la dueña verdadera de todo esto.
Pero las puertas eran solo el principio. Las señales se multiplicaban por todas partes, y Zamira, con su capacidad de registrar cada cambio, cada vibración, cada pequeña anomalía, iba entendiendo poco a poco lo que significaban.
Las luces se comportaban de forma extraña. Las antorchas que siempre ardían con una llama amarilla y estable, ahora cambiaban de color cuando ella pasaba. Se volvían azules, o doradas, o blancas, brillaban con más fuerza o se suavizaban según su estado de ánimo, según lo que ella necesitaba, según lo que ella pensaba. Las velas se encendían solas cuando ella entraba en una habitación oscura, y se apagaban cuando ella salía. La luz del sol parecía entrar más por las ventanas cuando ella estaba dentro, iluminando todo a su alrededor como si fuera un foco de luz propia.
Los objetos también reaccionaban a ella. Los libros de las estanterías se movían solos, se abrían en las páginas que ella necesitaba leer, se acercaban volando despacio hasta sus manos cuando ella los buscaba. Las armas antiguas, espadas y escudos que llevaban siglos colgados en las paredes, quietos y fríos, ahora vibraban suavemente cuando ella pasaba, como si reconocieran a su señora, como si supieran que ella era quien decidiría cuándo debían ser usados de nuevo. El agua de las fuentes, que siempre caía con un ritmo constante, ahora cambiaba su ritmo, formaba figuras, brillaba con colores extraños cuando ella se acercaba. Incluso las plantas de los jardines crecían más rápido, florecían más hermosas, se inclinaban hacia ella cuando caminaba entre ellas, como si también la amaran y la reconocieran.
Y luego estaban las señales en el aire, esas que solo ella podía detectar con su mente, con su forma de ser.
Muy... creativos 🙄😒