Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.
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Capítulo 18: ¿Celos? ¿Yo? Nunca.
Tenía que admitirlo —aunque solo fuera para mis adentros, porque jamás lo diría en voz alta—: me encantaba. Me encantaba verlo así. Desde que me había dado cuenta de que Alexandro sentía algo más que simple molestia, desde que entendí que ese silencio suyo, esa distancia y esa seriedad eran puros, genuinos y deliciosos celos, todo me parecía mucho más divertido.
Para mí, que llevaba siglos siendo admirada, querida y respetada, ver que la persona que más me importaba en el mundo se sentía amenazada por otro era… bueno, era el mejor regalo que me podía hacer. Significaba que le importaba. Significaba que no me daba por hecho. Significaba que, a pesar de saber quién era yo, de saber todo lo que habíamos sido y todo lo que compartíamos, todavía tenía miedo de perderme. Y eso, para mi orgullo infinito, era el combustible perfecto.
Así que, como soy yo y como me gusta probar hasta dónde llegan los límites de todo, decidí exagerar las cosas. Mucho.
Si antes pasaba tiempo con Santiago porque era agradable, ahora pasaba tiempo con él calculando cada movimiento, cada sonrisa, cada palabra, solo para asegurarme de que Alexandro lo viera, lo notara y le doliera un poquito. Y lo peor de todo —o lo mejor, según cómo se mire— es que lo hacía con una inocencia fingida que habría engañado a cualquiera. Solo yo sabía lo que estaba haciendo. Y solo él sabía que yo lo estaba haciendo a propósito.
Un día, durante el recreo, Santiago me había traído un ramo de flores exóticas, hermosas y muy caras, que había traído de la casa de sus padres. Me las entregó con esa elegancia suya, me dijo cosas maravillosas sobre lo bien que me quedaba el color, sobre cómo mi belleza hacía que cualquier flor pareciera pequeña y simple en comparación… y yo, por supuesto, me dejaba querer, sonreía, me tocaba el cabello, me reía de sus chistes y, de vez en cuando, lanzaba una miradita rápida y descarada hacia donde estaba Alexandro.
Él estaba apoyado en una columna, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, mirando la escena con una intensidad que casi se podía tocar. Sus ojos oscuros seguían cada movimiento de mis manos, cada vez que Santiago se acercaba demasiado, cada vez que yo me inclinaba hacia él para escuchar algo más de cerca. Se veía tenso, rígido, furioso… y yo me sentía triunfante.
—Es muy amable, ¿verdad? —le dije a Alexandro más tarde, cuando Santiago tuvo que ir a la oficina del director y me dejó libre un momento. Me acerqué a él, oliendo las flores con mucho dramatismo y deleite—. Tiene un gusto exquisito. Dice que estas flores solo florecen una vez al año, y que se las trajeron expresamente desde otro país. Es increíble cómo sabe exactamente qué cosas me gustan, ¿no crees?
Alexandro no me miró. Siguió mirando al frente, con la mandíbula tan apretada que se le marcaban los músculos de la mejilla. —Sí —dijo con voz cortante, seca—. Increíble. Se nota que ha estudiado bien su papel. El príncipe perfecto que adora a la princesa caprichosa. Una historia muy bonita, Mariam. Disfrútala todo lo que quieras.
Me giré para quedarme frente a él, bloqueando su camino, y arqueé las cejas con fingida sorpresa, aunque por dentro me estaba riendo de pura satisfacción. —¿Papel? ¿De qué hablas? —pregunté con dulzura, abanicándome suavemente con las flores—. Es solo un amigo. Un amigo atento, generoso, encantador… que me trata como merezco que me traten. ¿Te molesta acaso que tenga amigos? ¿Te molesta que alguien me aprecie?
Él bajó la vista hacia mí, y había algo en sus ojos que ya no era solo molestia, era fuego. Un fuego contenido, antiguo y profundo. —No me molesta que tengas amigos —respondió él, bajando la voz, con un tono que denotaba esfuerzo por mantener la calma—. Me molesta que te hagas la tonta. Me molesta que uses a ese chico como si fuera un juguete. Me molesta que te des tantos aires de grandeza con él, cuando sabes perfectamente que todo lo que él te da, todo lo que él te dice, no es nada comparado con lo que tú eres en realidad, ni con lo que tenemos nosotros. Y me molesta ver cómo disfrutas de ponerme los dientes largos, Mariam. Porque lo haces a propósito. Y lo sabes.
Solté una risa corta y me encogí de hombros con total naturalidad, negando con la cabeza. —¿Yo? ¿Hacer algo a propósito? Qué cosas dices, Alexandro. Yo solo soy simpática. Soy amable. Soy encantadora, como siempre. Que tú te pongas así, que te pongas serio, que te pongas… celoso… bueno, eso es problema tuyo, no mío.
—¿Celoso? —repitió él, levantando la voz un poco y apartándose de mí como si le quemara estar cerca—. ¿Yo? Nunca. ¿De qué voy a estar celoso? ¿De un chico que no tiene ni idea de dónde está parado? ¿De alguien que cree que eres una chica normal? ¿De alguien que te ve como algo bonito que exhibir, mientras que yo… yo sé que eres un universo entero? No estoy celoso, Mariam. Estoy harto. Estoy harto de ver cómo tiras por la borda todo lo que somos solo por alimentar tu ego. Estoy harto de que juegues conmigo.
Di un paso hacia él, ofendida de verdad ahora, porque, aunque yo lo provocaba, que él me hablara así me dolía y me enfurecía. —¿Jugar? —le respondí, también levantando la voz—. ¿Yo juego? ¡Yo no juego con nada! Yo soy así. Me gusta que me quieran, me gusta que me admiren, me gusta ser el centro de todo. Y si a ti no te gusta, si te molesta que otros vean lo maravillosa que soy… pues es tu problema. Porque yo no le he prometido nada a nadie. Y menos a ti. Tú eres mi guardián, ¿no? Pues cuídame. Pero no intentes decirme qué hacer, ni con quién hablar, ni a quién sonreír. Porque yo soy libre. Y soy libre de elegir con quién paso el tiempo.
—¡Claro que eres libre! —explotó él, y por primera vez en mucho tiempo, vi perder el control a esa calma infinita que siempre lo caracterizaba—. ¡Eres libre de hacer lo que te dé la gana, como siempre! Libre de brillar, libre de transformar el mundo, libre de usar tu magia para embellecer lo que ya es bonito, libre de ignorar lo que no te conviene… y libre de ser la persona más ciega y terca que existe bajo el sol. Porque tienes todo, Mariam. Tienes poder, tienes belleza, tienes historia, tienes mi vida entera a tu disposición desde hace siglos… y lo único que te importa es si un chico nuevo te trae flores o no.
Se acercó a mí, furioso, dolido, con los ojos brillantes de rabia y de sentimientos contenidos. —Crees que estoy celoso de él. Crees que me da miedo que él te quite de mi lado. Pero te equivocas. No me da miedo él. Él es nada. Es polvo al lado de lo que somos nosotros. Lo que me da miedo es ti. Me da miedo que seas tan vanidosa que no sepas valorar lo que tienes justo delante de tus narices. Me da miedo que te guste tanto ser adorada que te olvides de quién te conoce de verdad. Me da miedo que un día despiertes y te des cuenta de que has pasado la vida recogiendo migajas de admiración de cualquiera, y has dejado pasar lo único que era real.
Me quedé paralizada, con las palabras atascadas en la garganta, con el corazón latiéndome tan fuerte que creía que se me salía por la boca. La gente pasaba cerca, nos miraba un poco extrañados, pero a ninguno de los dos nos importaba. Él me había dicho la verdad, cruda, dura y exacta. Y yo, que siempre tenía una respuesta, siempre tenía una burla, siempre tenía una forma de salirme con la mía… no tenía nada que decir.
Porque tenía razón. Tenía toda la razón.
Yo lo estaba haciendo a propósito. Yo estaba usando a Santiago, yo estaba exagerando todo, yo estaba buscando su atención, su reacción, sus celos… solo para confirmar lo que ya sabía: que él me quería. Que él era mío. Que, aunque todo el mundo me mirara, yo solo quería que él me viera. Y al hacerlo, al jugar así, me estaba comportando exactamente como me había dicho: como una niña caprichosa, ciega ante lo más importante.
Pero, claro, yo soy Mariam. Y mi orgullo es más fuerte que mi propia razón. Así que, en lugar de pedir perdón, en lugar de decirle que sí, que tenía razón, que solo quería saber si le importaba tanto como a mí… me puse a la defensiva. Me puse la máscara de hielo y de altivez que siempre me protegía.
—Dices muchas cosas, Alexandro —le dije con voz fría y cortante, dándole la espalda para que no viera que me temblaban las manos—. Dices que me conoces, que sabes quién soy, que sabes lo que valgo… pero entonces deberías saber que yo no debo nada a nadie. Ni explicaciones, ni lealtad, ni tiempo. Si te molesta cómo soy, si te molesta que me guste ser admirada, si te molesta que no sea perfecta ni sumisa… la puerta es grande. Siempre puedes irte. Siempre puedes dejar de ser mi guardián. Seguro que encontrarás a alguien mucho más fácil de cuidar. Alguien que no te dé celos, ni te discuta, ni te haga pensar.
Empecé a caminar alejándome de él, con la cabeza muy alta, con el paso firme, aunque por dentro sentía que me estaba rompiendo en pedazos. —Y para que quede claro —añadí sin volverme a mirarlo, con la voz temblando un poquito a pesar de todo—: no te confundas. No hago nada para provocarte. No me importa si estás celoso o no. Me importa muy poco lo que pienses o lo que sientas. Santiago es un caballero. Tú… tú solo eres un estorbo en mi diversión.
Y me fui. Caminé rápido, con las flores apretadas en la mano hasta que los tallos me dolieron en la piel, con la rabia y la tristeza mezcladas en el pecho, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda hasta que doblé la esquina y desaparecí de su vista.
Me había salido con la mía, sí. Había ganado la discusión, había dicho la última palabra, lo había dejado callado y furioso. Pero mientras caminaba, buscando a Santiago solo para tener a alguien con quien estar y fingir que todo estaba bien, me di cuenta de que no me sentía triunfante. Me sentía vacía. Me sentía estúpida. Y me di cuenta de que, aunque había dicho con todas mis fuerzas que no me importaba si estaba celoso… lo que realmente me importaba, y mucho, era que él estuviera bien. Que él estuviera conmigo. Que él me quisiera.
Y ahora, por jugar, por ser terca, por no saber decir lo que sentía, lo único que había conseguido era poner un muro enorme entre los dos. Un muro que yo misma había construido, ladrillo a ladrillo, con mis celos disfrazados de orgullo y mis ganas de probarlo disfrazadas de indiferencia.
—¿Celos? —murmuré para mí misma con amargura, mientras las lágrimas me picaban en los ojos y me las secaba rápidamente para que nadie las viera—. ¿Yo? Nunca.
Pero esta vez, ni yo misma me creí.