Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.
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Solo nosotros dos Capítulo 19: Lo que el amor construye
Pasaron dos años más, y Luca ya tenía seis años, listo para entrar a primer grado. Era un niño curioso, valiente y siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara —cualidades que, sin saberlo, había aprendido mirando a sus papás. Esa tarde, mientras preparaban juntos la mochila nueva, Mateo le puso en el bolsillo interior una pequeña tarjeta doblada.
—¿Qué es? —preguntó el niño.
—Es un secreto —respondió Mateo, sonriendo—. Si algún día te sientes solo, o tienes miedo, o alguien te dice algo que no te gusta, la sacas y la lees. Ahí está escrito lo que nunca debes olvidar.
Luca la guardó con cuidado, y abrazó fuerte a Mateo. Pero el primer día de clases no fue fácil. A la hora del recreo, un grupo de niños se le acercó y le empezaron a preguntar cosas que ya conocía, pero que esa vez sonaron con burla: “¿Cómo que tienes dos papás? ¿El que te dio la vida no es tu mamá entonces? Qué raro eres”.
Luca sintió que se le apretaba el pecho, y por un instante quiso irse corriendo. Pero entonces tocó el bolsillo de su mochila, sacó la tarjeta y leyó en voz alta, tal como estaba escrito: “Tú eres perfecto tal como eres. Tu familia es fuerte y llena de amor. No tienes que parecerte a nadie, solo tienes que ser tú. Te amamos infinitamente. Papá Mateo y Papá Lucas”.
Guardó la tarjeta, levantó la cabeza y les dijo con voz firme:
—No soy raro. Soy Luca, y tengo dos papás que son los mejores del mundo. Uno de ellos es hombre trans, y me dio la vida. Y el amor que nos tenemos es más grande que cualquier cosa.
Los niños se quedaron callados, sorprendidos por su seguridad. Más tarde, cuando la maestra supo lo que había pasado, llamó a Mateo y a Lucas para contarles cómo Luca había defendido su historia sin agresividad, solo con la verdad.
—Es increíble lo claro que tiene todo —les dijo la maestra—. Es una suerte que tenga unos papás que le han enseñado a quererse tanto.
Pero esa misma semana, algo inesperado pasó. Mateo recibió un mensaje de una prima lejana, que nunca había querido saber nada de él, pidiéndole verse. Dudó mucho, y Lucas le dijo que lo que decidiera estaría bien: si quería ir, él lo acompañaba; si no, también estaba bien. Al final, Mateo aceptó encontrarse con ella en un café tranquilo.
Al verse, la prima bajó la mirada, avergonzada.
—Siento mucho todo lo que dije hace años —empezó a decir—. No entendía nada, tenía miedo de lo que no conocía, y te lastimé sin razón. Después vi cómo has salido adelante, cómo has formado una familia hermosa, y me di cuenta de lo equivocada que estaba. Solo quería pedirte perdón.
Mateo se quedó callado un momento. No olvidaba el dolor de entonces, pero tampoco quería cargar con rencor para siempre.
—Gracias por decírmelo —le contestó con calma—. Perdonar no significa que olvide lo que pasó, pero significa que no voy a dejar que eso siga pesando en mí. Lo importante es que ahora tú sabes la verdad, y que ya no hay odio entre nosotros.
Al contarle a Lucas después, este lo abrazó con mucho cariño.
—Eres enorme de corazón —le dijo—. Nadie te obliga a hacerlo, pero tú eliges el camino del bien, siempre.
Esa tarde, cuando fueron a buscar a Luca, decidieron ir todos juntos a la rambla, como hacían cuando eran solo ellos dos. Se sentaron en su banco favorito, mirando el río que nunca se detiene, siempre igual y siempre distinto.
—¿Saben una cosa? —dijo Lucas, tomando las manos de los dos—. Hemos pasado por tantas cosas: miedos, rechazos, dudas, y también por las alegrías más grandes que existen. Y cada paso que dimos, bueno o malo, sirvió para construir lo que tenemos hoy. No somos perfectos, nos equivocamos, nos cansamos… pero nunca dejamos de querernos, nunca dejamos de estar juntos.
Mateo miró a su hijo, que jugaba con una piedrita en la orilla, y luego a la persona que tenía al lado, el que había sido su refugio desde el primer día.
—Yo soñé con ser yo mismo toda mi vida —dijo—, pero nunca imaginé que tendría todo esto. Un amor que no pide que cambie nada de mí, un hijo que me ve como su papá y me admira, un hogar donde no hay que ocultarse. Todo esto lo hicimos tú y yo, paso a paso, sin copiar a nadie, sin pedir permiso.
Luca corrió hacia ellos y se sentó en medio, abrazando a los dos a la vez.
—Y yo estoy muy contento de ser parte de ustedes —dijo—. De ser nosotros.
El sol se iba escondiendo, tiñendo el agua de colores dorados y rosados. Mateo cerró los ojos un instante, escuchando las voces de los que más amaba, y supo que su historia no era solo una historia de amor: era una historia sobre la libertad de ser quien uno es, sobre la fuerza de construir familia a su manera, sobre cómo dos personas que se eligieron lograron crear un mundo lleno de luz.
—Siempre seremos así —susurró Mateo—. Empezamos solo nosotros dos, y seguiremos siempre juntos, pase lo que pase.