En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
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Capítulo 6: El reflejo en el agua.
El amanecer llegó a Mar Azul no con luz dorada ni calor, sino con una claridad grisácea y fría que parecía empapar todo lo que tocaba. El mar, inmenso y oscuro, se extendía hasta donde alcanzaba la vista, moviéndose con una lentitud pesada y amenazante, como una bestia dormida que respiraba despacio. Lyssa apenas había logrado cerrar los ojos en toda la noche. Las palabras de las voces, la marca en su muñeca y la imagen de Christhian de pie junto al agua habían dado vueltas en su mente sin descanso, tejiendo una red de miedo y confusión de la que no lograba escapar.
Se lavó la cara con agua fría, intentando despejarse, pero al mirarse en el pequeño espejo rajado de la habitación, lo único que vio fue a una joven pálida, con los ojos muy abiertos y oscuros por la falta de sueño, y esa señal reciente, el símbolo de la ola con espinas, que ahora parecía más definido y oscuro sobre su piel. “La marca de los condenados”, le habían dicho. Y era cierto; ya no era solo una forastera buscando a su madre. Ahora era parte de todo aquello, atada a la historia maldita de este lugar.
Necesitaba aire. Necesitaba alejarse de las cuatro paredes que, durante la noche, le habían parecido cada vez más pequeñas y opresivas. Sin pensar demasiado, bajó las escaleras y salió de la posada, dirigiéndose instintivamente hacia el único lugar que, aunque le aterraba, también parecía ser el centro de todas las respuestas: la orilla.
El pueblo seguía despertando con lentitud, con sus habitantes asomándose con recelo por las puertas, hablando en voz baja y evitando mirar hacia el mar. Lyssa caminó por la arena oscura, con la chaqueta cerrada hasta el cuello contra la brisa salada que cortaba la piel. El sonido de las olas era diferente al de ayer. Ya no era un rugido lejano, sino un canto constante, una melodía baja y arrastrada que se metía en los oídos y llamaba, suavemente, como una invitación imposible de rechazar del todo.
A medida que avanzaba, los susurros de la noche regresaron, pero ya no eran palabras claras. Ahora eran solo sensaciones: curiosidad, emoción, una expectación que hacía que el aire vibrara. Lyssa llegó hasta donde el agua mojaba la orilla, fría como el hielo, y se detuvo. Algo la impulsó a agacharse, a mirar hacia abajo, hacia la superficie oscura y brillante que se movía bajo sus pies.
Al principio solo vio su propio reflejo, distorsionado por las pequeñas olas que rompían suavemente. Su cabello oscuro, su rostro serio, sus ojos atentos. Pero entonces, la superficie del mar se calmó de golpe, como si una mano invisible hubiera acallado el movimiento del agua, dejándola tan lisa y oscura como un espejo de azabache.
Y en ese reflejo, Lyssa ya no se vio a sí sola.
Detrás de su imagen, elevándose desde las profundidades, apareció otra figura. Era una mujer de una belleza deslumbrante, de esas que quitan el aliento y paralizan el cuerpo. Tenía el cabello largo y negro, que flotaba como una nube oscura alrededor de un rostro perfecto, de rasgos finos y labios rojos curvados en una sonrisa dulce y seductora. Su piel era pálida, casi traslúcida, y su cuerpo, esbelto y elegante, parecía brillar con una luz propia bajo el agua.
Pero cuando Lyssa, con el corazón golpeándole en la garganta, levantó la vista para ver si esa mujer estaba realmente detrás de ella, no había nadie. Volvió a mirar al reflejo, y ahí seguía la figura, más nítida que antes, acercándose lentamente. Entonces, la mujer abrió los ojos.
Y fue ahí donde terminó toda la belleza.
Esos ojos no eran humanos. No tenían blanco ni pupila. Eran dos orbes brillantes, de un tono verde venenoso mezclado con dorado, que despedían una luz propia, fría y penetrante, llena de una malicia antigua, de una crueldad que disfrutaba del miedo ajeno. Era una mirada que lo veía todo, que lo poseía todo, que desnudaba el alma y la reclamaba como propiedad suya.
La sirena.
Lyssa sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Quiso retroceder, quiso gritar, quiso correr, pero sus piernas no le respondieron. Estaba clavada en la arena, hipnotizada por esa imagen en el agua, por esa belleza mortal que ahora sonreía con más amplitud, mostrando dientes pequeños y afilados, casi imperceptibles, pero que helaban la sangre.
—Por fin nos conocemos, hija de mi enemiga —dijo una voz. No sonó en el aire, ni en sus oídos. Sonó directamente dentro de su cabeza, suave, aterciopelada y cargada de veneno—. Te estaba esperando. Sabía que vendrías. La sangre siempre llama a la sangre, y lo que es mío, siempre vuelve a mí.
La figura en el reflejo levantó una mano larga y pálida, adornada con joyas hechas de conchas y huesos, y la apoyó contra la superficie del agua, justo frente al rostro de Lyssa. Fue como si tocara su propia piel; sintió el frío intenso, el escalofrío que le recorrió todo el cuerpo hasta la médula de los huesos.
—Buscas a tu madre —continuó la sirena, y su tono se volvió divertido, burlón—. Ella también me buscó. Y ahora… es mía. Vive aquí, conmigo, en las profundidades. Es hermosa, es tranquila… y me pertenece por completo. Igual que tú lo serás pronto. Igual que él lo es ahora.
La imagen cambió un instante, y junto a la mujer demoníaca apareció la silueta de un hombre, encorvada, sumisa, con la cabeza baja. Lyssa reconoció esa postura, esa cabellera oscura, esa figura alta y dolorosa. Era Christhian.
—¿Te gusta lo que ves? —siseó la criatura, y sus ojos brillaron con más intensidad, lanzando destellos de luz maligna que danzaban en el agua—. Él es mi mayor tesoro. Lo encontré cuando era casi un niño, lo tomé, lo moldeé, lo llené de mí. Su amor es mío, su dolor es mío, su vida es mía. Y ahora… veo que tú también le llamas la atención. Veo que él ya empieza a mirarte con otros ojos.
La sonrisa se tornó feroz, aterradora. El agua alrededor de la figura comenzó a agitarse, a oscurecerse más, como si la sangre corriera bajo la superficie.
—¡Y eso no lo permitiré! —gritó entonces, y la voz se transformó en un alarido agudo que hizo temblar el suelo bajo los pies de Lyssa—. ¡Nadie toca lo que es mío! ¡Nadie se atreve a quitarme nada! Si quieres quedarte con él, si quieres saber de tu madre… tendrás que pagar el precio. Yo soy la dueña de este mar, de esta tierra y de todas las almas que aquí respiran. Y te he notado, Lyssa. Te he visto. Y ahora… ya no te dejaré ir.
La superficie del mar estalló de repente. Una ola alta y fría se alzó desde ninguna parte, rompiendo violentamente contra la orilla, empapando a Lyssa de arriba abajo y arrastrándola varios pasos hacia atrás con su fuerza. El impacto la sacó del trance, devolviéndole el control de su cuerpo. Jadeando, temblando violentamente, se puso de pie de un salto y miró fijamente al agua revuelta.
Ya no había reflejo. Ya no había figura. Solo las olas grises y oscuras, rompiendo una tras otra, con un ritmo que ahora parecía una risa larga y cruel. Pero la sensación de ser observada no desapareció. Al contrario, era más fuerte que nunca. Sabía que, en algún lugar bajo esas aguas, esos ojos brillantes y malignos seguían fijos en ella, siguiendo cada uno de sus movimientos, saboreando su miedo.
—Ya lo sabes —dijo una voz grave a su espalda.
Lyssa se giró bruscamente, con el corazón desbocado. Christhian estaba allí, a pocos metros, parado entre las rocas. Tenía el rostro más pálido de lo normal, los labios apretados y una expresión de absoluta desolación. Sus ojos oscuros la miraron con tristeza y con una certeza dolorosa.
—Ella te ha visto —murmuró él, y sus palabras sonaron como una sentencia de muerte—. Desde el momento en que te vio en el reflejo, ya no eres una simple visitante. Ahora eres su posesión deseada. Y peor aún… —Christhian miró hacia el mar, con odio y amor mezclados en su mirada— ahora eres su rival. Y en este lugar… ser su rival es la condena más cruel de todas.