no estaba buscando amor cuando descargó una app de citas.
Solo quería escapar de la vida asfixiante que tenía en Londres.
Sin trabajo y desesperada por irse de casa de sus padres, acepta la extraña propuesta de , un hombre frío, reservado y marcado por un divorcio escandaloso.
Él le ofrece ayudarla.
A cambio, solo debe acompañarlo a Emiratos Árabes Unidos.
Sin sentimientos.
Sin preguntas.
Sin involucrarse demasiado.
Pero entre el lujo, los silencios y la distancia que Nael impone entre ambos, Liora descubre que algunas personas esconden más dolor del que dejan ver.
Y que enamorarse de alguien como Nael Al-Hadid nunca fue parte del plan.
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Capitulo 21
Nael
Después de besar a Liora sentí que el mundo entero había cambiado.
Y eso me asustó más de lo que debía.
Ella seguía cerca de mí, respirando agitadamente, mientras mis manos aún sostenían con cuidado su rostro. La sala permanecía en silencio, iluminada apenas por las lámparas cálidas y las luces tenues del jardín exterior.
Liora me observaba como si estuviera esperando que dijera algo.
Pero por primera vez en mucho tiempo… yo no sabía qué decir.
Había pasado años controlando todo: los negocios, las emociones, las pérdidas, el dolor.
Y aquella mujer había desordenado mi vida en unas pocas semanas.
Apoyé lentamente mi frente contra la suya y cerré los ojos unos segundos.
—Perdóname.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué te disculpas?
Solté una pequeña risa sin humor.
—Porque esto no estaba en mis planes.
Liora sonrió apenas.
—Tampoco en los míos.
La forma en que lo dijo me hizo sentir algo cálido en el pecho.
Me alejé apenas para poder verla mejor.
—No quiero lastimarte.
Ella sostuvo mi mirada.
—¿Y quién dijo que lo estás haciendo?
Mi mandíbula se tensó un poco.
—Liora… soy dieciséis años mayor que tú.
—Lo sé.
—Mi vida es complicada.
—También lo sé.
—Y los medios van a empeorar todo después de esto.
Ella guardó silencio unos segundos antes de preguntar:
—¿Te arrepientes de besarme?
La pregunta me golpeó directamente.
Negué inmediatamente.
—No.
Demasiado rápido. Demasiado sincero.
Liora bajó un poco la mirada.
—Entonces deja de actuar como si hubieras cometido un crimen.
Aquello me hizo sonreír apenas.
Porque incluso ahora… seguía siendo ella.
Directa. Honesta. Dolorosamente transparente.
Tomé su mano entre las mías con cuidado.
—No me arrepiento de ti, Liora.
Sus ojos volvieron a buscar los míos.
—¿Entonces qué te preocupa tanto?
Respiré profundo antes de responder.
—Que te acostumbres a mí.
Ella parpadeó confundida.
Continué hablando con calma.
—Porque yo ya me acostumbré a ti… y eso me hace vulnerable.
El silencio entre nosotros se volvió íntimo.
Liora acarició suavemente mis dedos.
—Nael…
—No había sentido paz con alguien desde hace muchos años.
La vi emocionarse apenas.
Y por primera vez desde mi divorcio sentí la necesidad absurda de contarle cosas que jamás hablaba con nadie.
Le hablé de Londres. Del vacío de regresar a un apartamento enorme después de trabajar. De lo silenciosa que se había vuelto mi vida después de Evelyn.
Y ella escuchó todo sin interrumpirme.
Como siempre hacía.
—Pensé que después del divorcio nunca volvería a sentir algo por alguien —admití finalmente.
Liora me observó en silencio.
—¿Y ahora?
La miré directamente.
—Ahora no sé qué hacer contigo.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—Podrías empezar por no alejarte cada vez que sientes algo.
Aquello dolió porque tenía razón.
Apoyó su cabeza sobre mi hombro lentamente y permanecimos así varios minutos.
En silencio.
Cómodos.
Hasta que el llamado a la oración del amanecer comenzó a escucharse a lo lejos.
La tranquilidad de aquella voz llenó la casa.
Miré la hora y suspiré apenas.
—Debo rezar.
Liora levantó la cabeza lentamente.
—Claro.
Besé suavemente su frente.
Y luego sus labios en un beso corto y cálido.
—Ve a dormir.
Ella sonrió apenas.
—Te espero.
La miré unos segundos.
Y terminé sonriendo también.
—Está bien.
Cuando salí de la habitación sentía el corazón demasiado ligero para alguien como yo.
Realicé la oración del fajr intentando concentrarme completamente.
Pero incluso allí… mi mente volvía a ella.
A su sonrisa. A sus ojos. A la forma en que había pronunciado mi nombre después de besarme.
Cuando regresé, Liora ya se había cambiado.
Llevaba ropa mucho más cómoda y estaba sentada en uno de los sofás junto a las ventanas enormes que daban hacia el jardín.
Se veía pequeña allí.
Y extrañamente sentí paz apenas la vi.
Me senté a su lado.
Ella acomodó las piernas bajo la manta ligera que llevaba encima.
—Pensé que no volverías.
La observé divertido.
—Vivo aquí.
Ella sonrió.
Y Dios… empezaba a volverme adicto a esa sonrisa.
Hubo unos segundos tranquilos antes de que hablara nuevamente.
—¿Cuándo volvemos a Londres?
La pregunta me hizo suspirar.
—El sábado.
Ella asintió lentamente.
Y pude notar la preocupación en su rostro.
—No quiero volver a esa casa.
Aquello me tensó inmediatamente.
—No vas a volver allí.
Me miró confundida.
Continué hablando con calma.
—Voy a comprarte un departamento.
Liora abrió los ojos sorprendida.
—Nael…
—Escúchame primero.
Tomé su mano nuevamente.
—No quiero que vuelvas a vivir con personas que te hacen daño.
Ella bajó la mirada.
—Pero no puedo aceptar algo así…
—Sí puedes.
Mi voz salió más suave esta vez.
—No sería un regalo condicionado. No te estoy comprando, Liora.
La vi emocionarse apenas.
—Entonces ¿por qué harías algo así por mí?
La respuesta salió sola.
—Porque me importas.
Sus ojos brillaron inmediatamente.
Continué antes de perder completamente el control emocional.
—Además… los medios van a empeorar cuando volvamos.
Ella tensó ligeramente los hombros.
—¿Crees que seguirán hablando de nosotros?
Solté una pequeña risa.
—Liora… ahora mismo probablemente ya nos convirtieron en un escándalo internacional.
Ella escondió el rostro entre las manos avergonzada.
Eso me hizo reír por primera vez en días.
—No te rías de mí —murmuró.
Tomé suavemente sus manos apartándolas de su rostro.
—No me río de ti.
Acaricié lentamente sus nudillos.
—Solo creo que todavía no entiendes lo hermosa que eres.
Y el rubor inmediato en sus mejillas casi terminó conmigo.