Ella se casó por amor.
Él, un poderoso CEO, perdió la memoria… y con ella, el corazón.
Después de un accidente, empieza a creer que solo lo quisieron por su dinero y la expulsa de casa sin piedad. Sola, embarazada y traicionada por quien más amaba, lucha por sobrevivir… hasta descubrir que lleva tres vidas en su vientre. Entre habitaciones baratas, trabajos extenuantes y noches frías en pasillos de hospitales, ella elige resistir.
Cuando la verdad finalmente sale a la luz y los recuerdos regresan, tal vez ya sea demasiado tarde para pedir perdón.
Porque algunas heridas no se borran… ni siquiera con amor.
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Capítulo 17
Luísa
Mi rutina ya se había convertido en una especie de escudo. Me despertaba temprano, siempre antes del despertador. El cuerpo ya sabía la hora, incluso cansado. Antes de levantarme, me quedaba algunos segundos acostada, respirando hondo, sintiendo los movimientos dentro de mí, tres presencias pequeñas, insistentes, recordando que no estaba sola.
“Calma…” susurré aquella mañana, pasando la mano despacio por la barriga. “Mamá está aquí.”
En la cocina, Ana removía algo en la estufa, aún en pijama, con el cabello recogido de cualquier manera.
“No dormiste bien.” comentó sin voltearse.
“Dormir se ha convertido en un concepto relativo.” respondí, sentándome.
Ella puso un plato frente a mí. “Come. El médico fue claro.”
Rodé los ojos levemente. “Lo sé.”
“No, Luísa.” ella me encaró. “Crees que lo sabes. Pero sigues forzando demasiado.”
Suspiré. “Solo estoy intentando vivir.”
Ella suavizó el tono. “Y lo estás logrando. Solo no puedes olvidarte de protegerte.”
Después del café, fui al trabajo. La oficina ya no parecía extraña. Al contrario. Me sentía parte de aquel lugar. Saludé a Clara, organicé algunos papeles, encendí la computadora.
“Buenos días, Luísa.” Marcos dijo al salir de la sala.
“Buenos días.” respondí, sonriendo.
Él se detuvo a mi lado. “¿Tienes un minuto después del almuerzo?”
“Claro.” respondo y él asiente y sale y yo vuelvo a trabajar.
El día pasó con ligereza. Intercambiábamos comentarios rápidos, risas contenidas, pequeñas complicidades de quien trabaja junto el tiempo suficiente para confiar. En el almuerzo, nos sentamos juntos en la copa.
“Estás diferente hoy.” Marcos comentó, moviendo el tenedor.
“¿Diferente cómo?”
“Más callada.”
Me encogí de hombros. “Tal vez sea solo cansancio.”
Él asintió. “Si necesitas irte más temprano, avisa.”
“Gracias.” respondí, sincera.
Al final del expediente, volví a casa con Ana. Conversábamos sobre cosas bobas, la vecina ruidosa, una serie nueva, qué comeríamos en la cena. Hasta que todo cambió. Estábamos casi llegando al edificio cuando vi a una mujer parada del otro lado de la calle. Demasiado elegante para aquel barrio. Postura firme. Mirada atenta. Mi corazón falló un latido. Ella cruzó la calle sin prisa.
“Lu…” Ana murmuró. “Esa mujer está viniendo en nuestra dirección.”
Yo ya sabía quién era. Verônica se detuvo frente a mí como si estuviera entrando en una reunión importante.
“Luísa.” dijo, fría. “Necesitamos conversar.”
Mi cuerpo entero se tensó. “No tenemos nada de qué conversar.”
Ella miró a mi barriga. La mirada duró más de lo que debería. “Veo que los rumores eran verdaderos.” comentó. “Estás embarazada.”
Ana dio un paso adelante. “No le hables así.”
Verônica ignoró. “Arthur no sabe esto.”
Mi pecho se apretó. “Y tú no tienes el derecho de usar esto.”
Ella abrió la bolsa y sacó una carpeta. El mismo color. El mismo formato. “Él ya firmó.” dijo, extendiendo los papeles. “Aquí están los documentos del divorcio.”
El mundo pareció inclinarse. “Tú fuiste hasta él.” mi voz salió baja, temblorosa. “Aun sabiendo…”
“¿Que él perdió la memoria?” Verônica completó. “Sí. Y fue justamente por eso.”
Mis manos comenzaron a sudar. “¡Tú lo manipulaste!” dije. “¡Aprovechaste que él no se acordaba de mí!”
Ella dio una sonrisa corta. “Yo protegí a mi entenado.”
“¿Mintiendo?” Ana gritó. “¿Ocultando el amor de la esposa de él?”
Verônica se volvió hacia ella. “Eso no te incumbe.”
Sentí una punzada fuerte en el vientre. Llevé la mano a la barriga instintivamente. “Tú no puedes…” mi voz falló. “Tú no puedes apagar una vida entera así.”
"No solo puedo, sino que ya lo hice. Será mejor así, ya verás." ella respondió fría.
Mi respiración comenzó a ser demasiado corta. “Él tenía el derecho de saber.” dije. “Sobre mí. Sobre los hijos.”
“¿Hijos?” Verônica alzó una ceja. “Entonces son de él.”
“Lo son.” respondí, sintiendo el dolor crecer. “Y tú sabías que eso podía matarme de estrés.”
Ella se encogió de hombros. “No es problema mío.”
Ana sujetó mi brazo. “Luísa, estás pálida.”
El suelo pareció distante. “Tú venciste.” susurré para Verônica. “Pero no pienses que esto no va a tener consecuencias.” Yo firmo los papeles con rabia y se los arrojo a ella.
Ella tomó los papeles guardándolos y cerró la carpeta. “Que tengas una buena vida.” dijo, volteándose para irse.
Y fue entonces que todo se derrumbó. Un dolor intenso rasgó mi vientre. Mi cuerpo cedió.
“¡LUÍSA!” Ana gritó, sujetándome antes de que cayera.
El aire no entraba. El mundo giraba. “¡Llama a una ambulancia!” alguien gritó a lo lejos.
Mi visión se oscureció mientras Ana lloraba, sujetando mi rostro. “Quédate conmigo.” ella imploraba. “Por favor. ¡No cierres los ojos!"
Oigo a Ana gritar, pero mi cuerpo y mi cerebro no respondían más. En el hospital, todo se volvió prisa. Camilla. Luces fuertes. Voces sobrepuestas. Yo abro los ojos confusa y aturdida y miro alrededor y veo a los enfermeros.
“Gestación múltiple.” oí a alguien decir. “Presión alta. Estrés severo.”
Sujeté la mano de Ana con fuerza. “Ellos… los bebés…” intenté hablar, pero mi voz estaba débil.
“Calma.” ella lloraba. “Vas a estar bien.”
Horas después, desperté en un cuarto silencioso. El médico estaba al lado de la cama conversando con Ana, cuando me vio despierta se acercó.
"¿Cómo se siente?" preguntó mirando los monitores. “Usted tuvo una crisis grave de estrés.” él explicó. “Casi pierde a los bebés.”
Cerré los ojos, sintiendo las lágrimas correr.
"Pero ahora usted ya está mejor, la trajeron a tiempo para acá." él dijo mirando en la planilla y después hacia mí. “Reposo absoluto.” él continuó. “Sin estrés. Sin confrontaciones. Cualquier nueva crisis puede ser fatal para su gestación que es de riesgo."
Ana apretó mi mano. “No estás sola.” ella dijo firme.
Miré al techo, exhausta y todo pesó en mi mente de nuevo. Arthur no se acordaba de nosotros, no sabía de mi embarazo, Verônica no se importaba. Pero yo aún estaba allí. Y mis hijos también. Y por ellos iba a resistir, aunque fuese difícil, iba a luchar con uñas y dientes por ellos y eso nadie me iba a impedir.