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LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 24: LA CASA FRENTE AL MAR

Gabriel condujo las dos horas hasta la propiedad de Joaquín Ferrer un sábado por la mañana, eligiendo deliberadamente un día no laborable para reducir cualquier posibilidad de que alguien en el Grupo Duarte notara su ausencia y empezara a hacer preguntas incómodas.

La casa, una construcción moderna de líneas minimalistas con vista directa al océano, hablaba con elocuencia silenciosa sobre exactamente el tipo de dinero que un director de tesorería jamás debería haber podido acumular con un salario corporativo, por generoso que este hubiera sido.

Ferrer abrió la puerta personalmente, un hombre de unos sesenta años, delgado, con el tipo de bronceado permanente que sugería años de retiro despreocupado junto al mar. Su expresión, sin embargo, se tensó visiblemente en cuanto Gabriel se identificó.

—Salazar. —Pronunció el apellido con un reconocimiento inmediato—. El abogado de los Duarte. ¿Qué quiere?

—Cinco minutos de su tiempo, señor Ferrer. Nada más.

—No tengo nada que decirle. —Ferrer intentó cerrar la puerta, pero Gabriel colocó una mano firme contra el marco, sin ejercer violencia, pero dejando claro que no se iría fácilmente.

—Señor Ferrer, sé exactamente lo que ocurrió con las transferencias hacia Fenwick Holdings durante los tres trimestres anteriores a la muerte de Ernesto Roig. Tengo los documentos internos que confirman las discrepancias. Lo único que me falta es su testimonio directo confirmando quién le dio las instrucciones.

El rostro de Ferrer palideció visiblemente.

—No sé de qué me está hablando.

—Creo que sí lo sabe. —Gabriel mantuvo su voz calmada, calculada, sin ninguna hostilidad innecesaria—. Y creo, señor Ferrer, que lleva cuatro años viviendo con el peso de saber que una mujer inocente cumplió condena por un crimen que usted ayudó, aunque fuera indirectamente, a encubrir.

—Yo no maté a nadie. —La voz de Ferrer tembló, la primera grieta visible en su fachada defensiva—. Yo solo ejecutaba transferencias que me indicaban. No sabía nada sobre ningún asesinato.

—Pero sabía sobre el desvío de fondos.

Ferrer guardó silencio un largo momento, su mirada oscilando entre Gabriel y el interior de su casa, como si estuviera calculando exactamente cuánto tiempo le quedaba antes de que esa conversación se convirtiera en algo del que ya no pudiera escapar fácilmente.

—Pase —dijo finalmente, con una resignación cansada—. Pero solo cinco minutos. Y quiero que quede claro que esto no es una confesión formal de nada.

El interior de la casa, decorado con un minimalismo costoso que confirmaba las sospechas de Gabriel sobre el origen del dinero que había financiado esa vida de retiro anticipado, olía levemente a café recién hecho.

—Hace cinco años —empezó Ferrer, sentándose frente a Gabriel en un sillón de cuero que probablemente había costado más que el salario anual de un empleado corporativo promedio—, recibí instrucciones directas de Doña Perla Duarte para ejecutar una serie de transferencias hacia una sociedad en las Islas Caimán. Me dijeron que se trataba de una inversión personal, familiar, completamente separada de las cuentas corporativas de la empresa.

—¿Ernesto Roig estaba al tanto de esas transferencias?

—No hasta unas semanas antes de su muerte. —Ferrer bajó la mirada—. Solicitó una auditoría externa completa como parte del proceso final de la fusión. Yo sabía que, si esa auditoría se completaba, las discrepancias iban a salir a la luz de manera inevitable.

—¿Habló usted con Doña Perla sobre esto?

—Le informé que había un problema. Que Ernesto estaba investigando personalmente las cuentas de tesorería. —La voz de Ferrer se quebró ligeramente—. Ella me dijo que se iba a encargar de resolverlo. Que no me preocupara por nada.

—¿Y qué pensó usted que significaba eso?

Ferrer permaneció en silencio durante lo que a Gabriel le pareció una eternidad, con las manos entrelazadas sobre su regazo, temblando visiblemente.

—Pensé que iba a convencerlo de que abandonara la auditoría. Que iba a ofrecerle algún tipo de acuerdo, alguna compensación que lo hiciera desistir. —Su voz se redujo casi a un susurro—. Nunca imaginé que... que ella fuera capaz de...

—¿De ordenar su asesinato?

Ferrer se llevó las manos al rostro, y por un instante, Gabriel creyó ver, genuinamente, el peso de cinco años de culpa acumulada quebrándose por completo frente a él.

—Cuando encontraron muerto a Ernesto, y luego arrestaron a la hija de Doña Perla por el crimen, yo... —Ferrer levantó finalmente la mirada, con los ojos húmedos—. Yo sabía que algo no encajaba. Sabía que Camila Duarte jamás había tenido acceso directo a las cuentas de tesorería. No podía haber plantado esa evidencia ella misma, ni haber tenido motivo alguno para matar a su propio suegro.

—¿Por qué no dijo nada en ese momento?

—Porque tres semanas después del arresto, recibí una llamada. —Ferrer bajó la voz hasta convertirla en apenas un susurro—. Me ofrecieron una indemnización generosa por renunciar de inmediato, sin ninguna explicación pública. Y me dejaron muy claro, sin decirlo directamente, que mi silencio valía exactamente esa cantidad de dinero, y que mi cooperación con cualquier investigación futura tendría, en cambio, un costo mucho más alto.

—¿Un costo de qué tipo?

Ferrer no respondió directamente, pero la expresión de terror genuino que cruzó su rostro le dijo a Gabriel todo lo que necesitaba saber.

—Señor Ferrer, necesito que ponga todo esto por escrito. Una declaración formal, firmada, con todos los detalles que acaba de contarme.

—No puedo hacer eso. —Ferrer negó con la cabeza vigorosamente—. Si Doña Perla se entera de que hablé con usted, mi vida, la de mi familia...

—Camila Duarte perdió cinco años de su vida, a su hija recién nacida, y su nombre completo, por un crimen que usted acaba de confirmarme que no cometió. —La voz de Gabriel se endureció, con una intensidad que raramente se permitía mostrar—. Usted tiene la oportunidad, ahora mismo, de empezar a corregir una injusticia que lleva cinco años pesando sobre su conciencia. ¿De verdad va a dejar pasar esta oportunidad por miedo?

Ferrer guardó silencio durante un largo momento, con las manos todavía temblando, la mirada perdida en algún punto del ventanal que dominaba el océano.

—Necesito tiempo para pensarlo —dijo finalmente—. Y necesito garantías. Protección legal, tal vez incluso reubicación, si es que voy a arriesgar todo lo que tengo por esto.

—Puedo conseguirle ambas cosas. —Gabriel se puso de pie, extendiendo su tarjeta—. Pero necesito una respuesta pronto, señor Ferrer. El tiempo que tenemos antes de que Doña Perla descubra que estamos cerca de la verdad se está agotando rápidamente.

Ferrer tomó la tarjeta con manos todavía temblorosas, y por un instante, Gabriel creyó ver en sus ojos algo parecido al alivio de alguien que, después de cinco años cargando un peso insoportable, finalmente vislumbraba la posibilidad de liberarse de él.

—Le llamo en una semana —dijo—. Con mi decisión final.

Mientras Gabriel conducía de regreso a la ciudad, con el teléfono vibrando repetidamente en su bolsillo, no tuvo tiempo de revisarlo hasta que se detuvo en una gasolinera a mitad del trayecto.

Tres llamadas perdidas de Valeria. Y un mensaje, escrito con una urgencia que rara vez mostraba.

"Antonella le preguntó directamente a Renata esta tarde, durante la cena, si Camila era su 'otra mamá'. Alguien en la escuela mencionó el nombre frente a ella. Renata está furiosa. Necesito que hablemos ahora mismo."

Gabriel sintió que el estómago se le encogía, comprendiendo de inmediato que el frágil equilibrio que Valeria había construido con tanto cuidado durante los últimos meses acababa de recibir una grieta que ninguno de los dos había anticipado, y que podría, si no se manejaba con extrema cautela, derrumbar absolutamente todo antes de que estuvieran listos.

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Cecilia Hoyos Serna
excelente narrativa , da al lector el poder de ir encajando los sucesos y acomodando la trama perfectamente.
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