Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
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Capítulo 21
Capítulo 21
El martes llegó a Vértice a media mañana, con tacón de aguja y una sonrisa de anuncio de crema, y pidió en recepción "ver al señor Carvajal" como quien pide una mesa junto a la ventana.
Me lo avisó Karla por el interno, en voz bajita, curiosa.
—Oye, hay una señorita en recepción. Dice que es amiga del señor. Fernanda Bravo. ¿La hago pasar?
Se me cerró el estómago igual que en el jardín. Igual que en la mesa del desayuno. Otra vez el cuerpo antes que la cabeza.
—Yo la paso —dije, y colgué antes de que Karla oyera cómo me temblaba la voz.
La encontré de pie junto a los ventanales, mirando la ciudad como si ya fuera suya. Al verme, la sonrisa se le ensanchó.
—Renata. Qué bonito verla de este lado del escritorio. La secretaria del señor Carvajal. —Ladeó la cabeza—. Qué lejos llegó la muchacha del changarro.
—El señor Carvajal está ocupado —dije, con el registro de oficina, plano, cortés—. Si gusta agendar una cita…
—Ay, no. Yo prefiero sin cita.
Y pasó frente a mí, hacia la puerta de dirección, y la abrió como si tuviera derecho.
—
Damián levantó la vista del monitor. No se sorprendió. Damián nunca se sorprendía; ese era su talento más feo.
—Señorita Bravo —dijo, sin invitarla a sentarse.
—Señor Carvajal. —Fernanda se acomodó en la silla de las visitas de todas formas, cruzó la pierna, sacó el celular y lo puso sobre el escritorio, boca arriba, como quien pone una carta ganadora—. Vengo de parte de mi papá. Y de parte de los viejos tiempos. ¿Le molesta si le pongo un audio? Es cortito.
Yo estaba en la puerta todavía, con la mano en la manija. Debí salir. Una secretaria sale. Pero mis pies no obedecieron.
Le dio play.
Era la misma conversación que me había puesto en el jardín: mi voz de diecisiete años, pidiendo que no cerraran el taller de mi papá. Esta vez dejó correr unos segundos más. "Me acercaré a él", decía yo. Y Fernanda contestaba, satisfecha: "Eso quería oír. Si cumples, mi papá les perdona lo atrasado. Trato hecho." No había en aquel archivo nada de la despedida que llegó un año después. Ese era el principio, el motivo vergonzoso por el que había aceptado salir con él.
Trato hecho.
Se me subió el calor a la cara y se me bajó de golpe, todo junto, y me quedé fría.
Damián no movió un músculo.
—¿Y? —dijo.
—¿Cómo que "y"? —Fernanda paró el audio con un dedo—. Pensé que le interesaría. Es de hace siete años. Es de cuando la señorita Nájera aceptó acercarse a usted a cambio de la renta de su familia. —Me miró—. ¿No le contó, señor Carvajal? Todo fue un juego. Yo le puse el juego. Ella lo jugó. Usted fue el juguete.
Yo quería que me tragara el piso. Quería salir corriendo. Y a la vez no podía apartar los ojos de la cara de Damián, buscándole la grieta, el golpe, el momento en que se enterara.
Pero no se enteró de nada.
Porque no era la primera vez que lo oía.
—Ese audio ya me lo mandaste —dijo Damián, tranquilo, con una calma que me erizó la nuca—. Hace siete años. A mi correo de la prepa. Con la misma cara de gato que traes ahorita.
El piso se me movió de otra manera.
—¿Se lo…? —empecé, y me callé.
Fernanda soltó una risita, encantada de que yo hubiera hablado, de haber encontrado la costura por donde descoser toda la mañana.
—Ay, mira. La señorita no sabía. —Se volvió hacia mí, dulcísima, venenosa—. Sí, Renata. Se lo mandé completito, hace siete años, para que viera con quién andaba. Y ¿sabe qué hizo su señor Carvajal? —Bajó la voz, como quien cuenta un secreto rico—. Nada. Siguió con usted. La siguió llevando a su casa después del estudio de la noche, en la colonia, caminando bajo la lluvia como un menso. Dejó de pedir cosas caras enfrente de usted para que no se sintiera menos. Y esa beca —esa beca milagrosa que le pagó las cuotas del Colegio Reforma, la que le cayó del cielo justo cuando su papá no tenía de dónde— dígame, ¿de veras se la creyó? ¿De veras creyó que una escuela como esa le regala la colegiatura a la hija de un mecánico porque sacaba dieces?
El aire se me hizo piedra en el pecho.
La beca. El sobre que llegó a la casa con el sello del colegio. El profesor Lira, entregándomelo con una sonrisa cansada, diciéndome "te la ganaste, Renata, no des las gracias, das las gracias estudiando". Desde los diecisiete creyendo que había entrado a ese mundo por mérito propio, agarrada a esa idea como a un pasamanos, porque era lo único que me hacía sentir que yo pertenecía.
—Cállese —dije, y no fue el registro de oficina. Fue mi voz de verdad, ronca, baja.
—No sea grosera. —Fernanda se llevó una mano al pecho, fingiendo dolor—. Yo solo digo lo que vi. Cuando usted lo botó, el señor Carvajal se fue del país de un día para otro. Sin avisar. Y me dijeron —yo tengo mis fuentes— que se fue con el audio en el teléfono. Que lo oía en repetición. Como quien se pica una herida a ver si duele más. Seis años desde que lo dejó, Renata. Qué desperdicio, ¿no?
—Ya. —Damián se puso de pie.
Una sola sílaba. Pero la dijo con un frío que le bajó a Fernanda la sonrisa medio centímetro.
—Tus métodos ya caducaron, Fernanda. —No usó el "señorita". No usó el usted. La pisó con el tú, así, para hacerla chiquita—. Ese audio lo tengo desde antes que tú aprendieras a usarlo. No me sirves de nada con él. Y a mi empresa no vuelves a entrar sin cita. Julián te acompaña a la puerta.
Julián ya estaba en el umbral. No sé en qué momento apareció. Damián tenía esa manera de convocar a la gente sin llamarla.
Fernanda recogió su celular, sin prisa, saboreando la salida como había saboreado la entrada. Pero antes de darse la vuelta, se detuvo. Sus ojos bajaron a la mano izquierda de Damián, que descansaba sobre el escritorio.
Al anillo. Al aro de platino que él no se quitaba nunca, ni para dormir.
—Qué anillo tan bonito, señor Carvajal —dijo, despacio—. Ya me habían contado lo de la boda. ¿También ese viene con fecha de caducidad?
Y sonrió, como quien acaba de oler sangre, y se fue taconeando por el pasillo del brazo de Julián.
—
Me quedé parada en medio de la oficina sin saber qué hacer con las manos.
Damián me miraba. Yo lo miraba a él. Y por primera vez desde el reencuentro en aquel restaurante de Polanco, no encontré al hombre frío que me había "comprado" como se compra un mueble útil. Encontré otra cosa que no supe nombrar y que me dio más miedo que Fernanda.
—Todo lo que dijo —empecé, y la voz se me quebró por la mitad—. Lo de la beca. Lo de que caminaba conmigo bajo la lluvia. Lo del audio en su teléfono siete años. ¿Es cierto?
Damián me sostuvo la mirada un segundo largo. Y en ese segundo vi pasarle por la cara algo que no supe descifrar —cansancio, o rabia, o una herida vieja que se movía en el fondo del agua—, pero se cerró antes de que yo alcanzara a leerlo, como se cierra una puerta que no querías que vieran abierta.
—Fernanda inventa la mitad de lo que dice —contestó al fin—. Y la otra mitad la usa para lastimar. No le des el gusto de creerle.
—Eso no es un no.
—Tienes trabajo —dijo él, y volvió a sentarse frente al monitor—. La junta de las once no se mueve sola.
—Señor Carvajal.
—Vete a trabajar, Renata.
No me dijo que sí. No me dijo que no. Me dijo que Fernanda mentía la mitad, y me dejó a mí escogiendo qué mitad.
Y esa fue, exactamente, la respuesta que me dejó despierta el resto del día, reacomodando siete años de mi propia vida como quien vuelve a barajar unas cartas que creía conocer de memoria y descubre, a media mano, que nunca supo cuáles tenía.
La beca. La lluvia. El audio en su teléfono siete años.
Me acordé, sin querer, de mil cosas chiquitas que en su momento no significaron nada. De que en la prepa Damián nunca me dejó pagar el camión. De que cuando salíamos, siempre resultaba que él "ya había comido" y me miraba comer a mí. De que la tarde que me llegó el sobre de la beca, él andaba raro, contento de una manera que no le pegaba, preguntándome tres veces si estaba feliz. Cositas. Migajas que yo había barrido debajo del tapete de "me quería un poco, hasta que se aburrió, como me aburrí yo". Y ahora Fernanda venía a levantar el tapete y a decirme que ahí abajo, todo este tiempo, había habido otra cosa.
Ojalá hubiera podido creer que Fernanda mentía.
Ese era el problema. Que ya no estaba tan segura.