Los malentendido de mantener un amor oculto, los fantasmas de un rey que no sabe expresar amor y una segunda op0rtunodad que Anastacia no desperdiciaría
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Susurros en el Jardín de las Hortensias
A la mañana siguiente, el sol iluminó las galerías del palacio con un resplandor dorado. La noticia de que los reyes habían pasado la noche juntos en la cámara real corrió como reguero de pólvora entre las sirvientas y los guardias, desatando murmullos de asombro en toda la corte.
Mientras Nataniel se encontraba reunido con el consejo de estado discutiendo asuntos tributarios —aunque con una distracción atípica que llamaba la atención de sus ministros—, Anastasia caminaba tranquilamente por el Jardín de las Hortensias, una terraza florecida en el ala sur del palacio.
Tal como lo había previsto, Óscar la aguardaba cerca de la gran fuente de piedra. El joven noble lucía inquieto, ajustando nerviosamente las mangas de su túnica mientras miraba a su alrededor.
En la vida pasada, sus encuentros comenzaban con Anastasia invitándolo en secreto a la galería este para consolarlo, creando la fachada perfecta para que los celos de Nataniel se alimentaran. Esta vez, la reina tomó la iniciativa a plena luz del día.
—Óscar —lo saludó Anastasia con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa cariñosa.
—¡Anastasia! Mi reina... —dijo el joven, apresurándose a hacer una reverencia formal—. Perdonadme si parezco inoportuno, pero deseaba saber cómo os encontráis. La noche de bodas... el rey... en la corte se rumorea que su majestad es un hombre sumamente despiadado y temía por vuestro bienestar.
Anastasia caminó hacia él y le indicó con un gesto que la acompañara a sentarse en un banco de piedra bajo la sombra de un cenador cubierto de flores.
—Nataniel es un hombre complejo, Óscar, pero no es el monstruo que las leyendas de la corte describen —respondió ella con serenidad—. Se preocupa por mí a su manera, aunque sus modales sean rígidos. No debes temer por mi felicidad.
Óscar suspiró con alivio, dejándose caer en el banco a su lado.
—Me alegra profundamente escuchar eso, mi amiga. Mi único deseo es que encontréis paz en este lugar tan frío.
Anastasia miró fijamente a su amigo de la infancia. Veía en sus ojos la tristeza oculta, la resignación del hombre que llevaba un amor prohibido en las sombras y la desesperación de saber que la sociedad condenaría sus sentimientos hacia el comandante Bruno.
—Óscar —dijo la reina, bajando sutilmente la voz para que solo él pudiera escucharla—, quiero que escuches con mucha atención lo que voy a decirte. Sé que el peso de la soledad en esta corte puede ser insoportable. Y sé que a veces guardamos secretos en el corazón porque tememos que la verdad nos destruya.
El joven noble se puso pálido de inmediato. Miró a Anastasia con los ojos muy abiertos, sintiendo un sudor frío en las manos.
—Anastasia... ¿a qué os referís?
—No necesitas darme explicaciones ni sentir pánico —lo tranquilizó ella, posando una mano cálida sobre las suyas temblorosas—. Solo quiero que sepas que jamás estarás solo mientras yo lleve esta corona. Sé perfectamente lo que tu alma anhela y el dolor que sientes al tener que mirar desde la distancia al hombre que admiras.
Óscar ahogó un jadeo. La sangre se le escapó del rostro y miró a Anastasia con un terror absoluto.
—¿Vos... vos lo sabéis? —susurró con la voz temblorosa, al borde de las lágrimas—. ¿Sabéis sobre... sobre Bruno? Por los dioses, Anastasia, os lo suplico... ¡si alguien se entera de esto, me ejecutarán! ¡Destruiré a mi familia! ¡Arruinaré la carrera de Bruno!
—Nadie se enterará, Óscar —prometió ella con voz firme e inquebrantable, apretándole las manos—. Llevare esa verdad guardada como un tesoro sagrado. Pero no voy a permitir que te destruyas en el silencio ni que pases tus días ocultándote detrás de los pilares como un criminal. Tu amor no es un pecado ni una deshonra para mí.
Las lágrimas rodaron finalmente por las mejillas de Óscar. Escuchar aquellas palabras de aceptación y comprensión pura en una sociedad que lo habría desterrado fue un bálsamo tan poderoso que el joven no pudo contener un sollozo sofocado.
—No tienes que buscar pretextos extraños para venir al palacio —continuó Anastasia con visión táctica—. A partir de hoy, te nombraré oficialmente como mi bibliotecario personal y consejero de literatura sureña. Tendrás un puesto legítimo en la corte, con acceso libre a los jardines y a las galerías sin que nadie cuestione tu presencia. Y yo misma me encargaré de crear oportunidades para que tú y Bruno coincidáis de forma natural y segura, sin que tengáis que poner en peligro vuestras vidas.
Óscar la miró con una devoción y una gratitud infinitas. Se hincó de rodillas ante ella sobre la hierba del jardín, besando el dobladillo de su vestido de seda.
—Jamás tendré vida suficiente para pagaros este gesto, majestad... Jamás —sollozó el joven.
Lo que ni Anastasia ni Óscar notaron en ese momento fue que, en la balaustrada del piso superior del edificio de la guardia, una figura alta vestida con armadura de hierro observaba la escena.
El comandante Bruno contemplaba desde la distancia la imagen de Óscar arrodillado ante la reina. Y detrás de Bruno, oculto en la penumbra del pasillo, el rey Nataniel presenciaba la interacción.
El monarca sintió cómo el viejo veneno de la duda intentaba resurgir en su pecho. Ver a su esposa a solas en el jardín con el joven conde sureño hizo que sus puños se apretaran instintivamente. Sin embargo, a diferencia de la vida pasada, donde Nataniel solo habría visto un idilio romántico entre dos amantes, esta vez recordó la sonrisa serena de Anastasia en el altar, la calidez de su contacto en la cámara real y la forma transparente en que ella le había pedido la noche anterior que cuidara de Óscar.
Nataniel apretó los dientes, luchando con todas sus fuerzas contra los monstruos de sus celos. "No", se dijo el rey a sí mismo, obligándose a dar media vuelta para alejarse del balcón. "Ella me prometió que no soy su prisionero ni ella la mía. Tengo que confiar en ella... aunque me queme el alma".