En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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Intento y error
¡
Axel Von Lindberg cometió su primer error del día exactamente a las 10:03 de la mañana en los senderos cubiertos de escarcha del Jardin du Luxembourg.
—Hoy vamos a correr —anunció, acomodándose los audífonos inalámbricos con la suficiencia de quien entrena seis días a la semana.
Liv lo miró fijamente desde el interior de su abrigo grueso, con una expresión horrorizada, como si el alemán acabara de proferir el peor de los insultos contra toda su línea sucesoria.
—No. Definitivamente no.
—Regla número uno, cenicienta —le recordó él, estirando las piernas con elegancia—. Dijiste que sí.
—Esto no es una actividad de crecimiento emocional, Axel. Esto es tortura física medieval y está prohibida por los derechos humanos.
—Es solo ejercicio aeróbico, Liv. Te hará bien sacar el aire de la biblioteca.
—Es persecución voluntaria. El ser humano evolucionó para correr solo si lo persigue un oso. ¿Nos persigue un oso? No lo creo.
Axel soltó un suspiro, divertido por la labia defensiva de la chica.
—Diez minutos. No seas dramática.
—Dos minutos.
—Ocho.
—Tres y medio, y ya estoy arriesgando mi salud cardiovascular.
—Cinco minutos —sentenció él, dándole un golpecito amistoso en la punta de la nariz—. Ni uno menos.
Liv lo pensó, acomodándose las gafas que se le resbalaban por el frío.
—Está bien… Cinco minutos. Pero si mi cuerpo colapsa en medio de París, mi fantasma te va a perseguir por el resto de tus días de junior millonario.
Tres minutos después…
—No… puedo… respirar… un… solo… átomo… de oxígeno… —jadeó Liv, deteniéndose en seco y apoyando las palmas de las manos en sus rodillas. Tenía el rostro completamente rojo y el flequillo pegado a la frente.
Axel se detuvo a su lado, retrocediendo trotando sobre sus propios pasos. Ni siquiera había empezado a sudar.
—Llevamos exactamente dos minutos con quince segundos, Liv. El calentamiento ni siquiera ha terminado.
—¡Mi cuerpo ya tomó una decisión democrática y decidió rendirse! —exclamó ella con la voz entrecortada, dramática.
—Tu cuerpo es sumamente exagerado.
—¡Yo soy exagerada! ¡Es parte de mi encanto místico!
Liv levantó la cabeza, mirándolo con indignación fingida pero con los ojos brillantes.
—¿Y aun así sabías cómo era y me trajiste a morir al parque?
—Sí —sonrió él, cruzándose de brazos—. Sabía perfectamente en lo que me metía.
—Eso te convierte oficialmente en una mala persona, Von Lindberg. Un monstruo sin empatía.
—Ya lo sabía. Viene incluido con el apellido.
El intento número dos fue el yoga, esa misma tarde en el pasto seco del parque.
Fue un error. Un grave y doloroso error táctico.
—Solo tienes que concentrarte en tu respiración y relajar los músculos del núcleo —explicó Axel, sosteniendo una postura de equilibrio impecable sobre una sola pierna, luciendo como un instructor de revista.
Liv, por otro lado, estaba desparramada en el césped, completamente derrotada por la gravedad y por su propio suéter gigante.
—¿Cómo… demonios… haces eso con las piernas? —preguntó, mirándolo desde abajo con genuina incredulidad—. Los huesos humanos no deberían doblarse en ángulos de noventa grados.
—Se llama flexibilidad, Liv. Disciplina.
—Eso no es disciplina, eso es brujería alemana clandestina.
—No lo es. Inténtalo de nuevo.
Liv exhaló un quejido, se impulsó e intentó copiar la postura de la grulla. Se quedó a mitad de camino, sus tobillos temblaron violentamente bajo el peso de sus inseguridades y, con un grito ahogado, cayó de lado sobre la hierba como un saco de papas.
—¡Listo! ¡Estoy rota! ¡Siento que se me dislocó hasta el apellido! —exclamó, quedándose boca arriba mirando las nubes.
Axel soltó una carcajada limpia, negando con la cabeza.
—Ni siquiera empezaste a hacer la postura real, Liv.
—¡Mi dignidad sí empezó y ya falleció en el acto!
El intento número tres se trasladó al pequeño y caótico departamento de estudiantes de Liv cerca de la plaza de la Bastilla. Un lugar que olía a té de manzanilla, papel viejo y pintura acrílica.
—Esto sí sé hacerlo —declaró Liv con absoluta confianza, amarrándose el cabello en un chongo alto y arremangándose el suéter—. Cocinar es un arte, y en el arte yo mando.
Axel alzó una ceja, mirando la minúscula cocina con escepticismo mientras sostenía una bolsa de ingredientes carísimos que él mismo había insistido en comprar en un mercado gourmet.
—¿Estás completamente segura? Porque tus antecedentes de hoy no te respaldan.
—Totalmente. Prepárate para probar los mejores panqueques de tu vida de aristócrata.
Veinte minutos después, la cocina estaba invadida por una densa columna de humo gris con olor a carbón.
—¿Por qué el centro de la comida está sumamente negro? —preguntó Axel, tapándose la nariz con la manga de su abrigo de diseñador.
—No está negro —defendió Liv, agitando una espátula para disipar el humo—. Está… rústico. Estilo campestre francés.
—Liv, eso está textualmente muerto. Podríamos usarlo como carbón para la chimenea.
Ella lo miró fijamente, con una mancha de harina en la mejilla izquierda que la hacía ver terriblemente adorable, aunque intentara poner una expresión asesina.
—Eres una persona sumamente negativa para alguien que solo se quedó parado mirando sin mover un solo dedo para ayudar.
—Te advertí tres veces que no pusieras el fuego de la estufa al máximo.
—¡La receta de mi abuela decía claramente “cocinar rápido”!
—Decía fuego “medio”, Liv. Leí el papel.
—Eso es un concepto puramente subjetivo de los manuales de cocina.
Liv cruzó los brazos, rindiéndose ante la evidencia de la masa quemada pegada a la sartén.
—Bueno, señor sabelotodo experto en finanzas y cocina internacional. Hazlo tú entonces.
Axel sonrió con suficiencia, se quitó el abrigo, se remangó la camisa blanca y tomó el mango de la sartén con una seguridad casi insultante. Era un Von Lindberg; se suponía que debía ser perfecto en todo.
me gustó mucho