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Su Obsesion Prohibida

Su Obsesion Prohibida

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Mafia / Amor a primera vista / Esclava / Sirvienta / Amor-odio / Triángulo amoroso / Secuestro y encarcelamiento / Yandere / Romance oscuro / Completas
Popularitas:20.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9: El beso que no debió pasar

Bruno encendió el motor cinco minutos después y sacó el auto del callejón sin prender las luces. Condujo por calles secundarias que Valentina no reconocía hasta que la zona industrial quedó atrás y empezaron a subir.

La lluvia había bajado de intensidad. Ya no era una cortina furiosa sino un murmullo constante, como si la tormenta se hubiera cansado de gritar y ahora solo llorara.

El auto se detuvo en un mirador que daba al puerto. Desde arriba, las luces de Puerto Sombrío se veían como heridas de luz en un cuerpo oscuro. Los barcos eran puntos diminutos meciéndose en el agua negra. El faro del muelle giraba con su ojo ciego, iluminando nada.

Bruno apagó el motor y se bajó del auto sin que nadie se lo pidiera. Caminó hasta la baranda del mirador y se quedó ahí, de espaldas, bajo la lluvia fina, mirando al mar como si su trabajo fuera exactamente ese: desaparecer.

Valentina y Damián se quedaron solos en el asiento trasero.

El saco de él todavía le cubría los hombros. La tela se había enfriado pero seguía oliendo a sándalo y a algo más oscuro, terroso, que Valentina no podía identificar pero que su cuerpo ya había archivado como suyo.

"No es tuyo. Nada de esto es tuyo. Tú no perteneces a este auto ni a este hombre ni a este olor."

—¿Ya puedes decirme a dónde ibas? —preguntó Damián.

Su voz había cambiado. Ya no era la voz de la persecución, esa que daba órdenes como si el mundo le perteneciera. Era más baja. Más lenta. Como si tuviera miedo de asustarla.

—A casa.

—¿La casa de quién?

Valentina tragó saliva. El sabor de la lluvia todavía le llenaba la boca.

—De Nicolás.

—¿Es tu casa o la de él?

—Es... complicado.

Damián la miró. En el espacio reducido del auto, sus ojos eran imposibles de evitar. No eran ojos que pidieran permiso: eran ojos que entraban y se quedaban.

—Voy a preguntarte algo —dijo—. Y quiero que me respondas con la verdad. No con lo que crees que quiero escuchar. No con lo que te enseñaron a decir. La verdad.

Valentina se abrazó los codos. El temblor no se le iba.

—¿Alguien te lastima en esa casa?

La pregunta cayó en el silencio del auto como una piedra en un pozo. Valentina la sintió hundirse, bajar, tocar el fondo de algo que llevaba meses cubriendo con capas de excusas, de "está bien", de "no es tan grave", de "él me salvó cuando era niña, le debo todo".

"Dile que no. Dile que exagera. Dile que Nicolás es difícil pero te cuida. Dile la mentira de siempre."

Abrió la boca. La mentira estaba ahí, lista, pulida por el uso.

Pero no salió.

Lo que salió fue un silencio que duró demasiado. Y ese silencio dijo más que cualquier palabra.

Damián no se movió. No la tocó. No dijo "lo sabía" ni "te lo dije" ni ninguna de esas frases que la gente dice cuando confirma lo que sospechaba. Solo asintió una vez, despacio, como si estuviera recibiendo un paquete frágil.

—Las marcas de tu muñeca —dijo en voz baja—. La primera vez que te vi en el muelle, corrías como alguien que ya sabía huir. No como alguien que huye por primera vez.

Valentina sintió que la garganta se le cerraba.

—No sabes nada de mí.

—Sé que tiemblas cuando suena tu teléfono. Sé que mides las palabras antes de hablar, como si cada una pudiera costarte algo. Y sé que cuando te di el arete, me miraste como si nadie te hubiera devuelto nada en la vida.

Las lágrimas le cayeron sin permiso. Silenciosas. Calientes sobre la piel fría y mojada. Valentina se las limpió con el dorso de la mano, furiosa consigo misma por romperse ahí, en ese auto, frente a ese hombre que no tenía derecho a verla así.

—No llores —dijo Damián, y su voz sonó como si la palabra le costara algo—. No delante de mí.

—¿Por qué no?

—Porque me van a dar ganas de ir a buscarlo. Y esta noche no es la noche.

La frase le erizó la piel de una forma que no tenía nada que ver con el frío. Había algo animal en la manera en que lo dijo. No fue una amenaza performada. Fue una verdad dicha en voz baja, como quien confiesa un plan que ya lleva tiempo armando.

—¿Quién eres tú, Damián? —susurró.

—Alguien que no va a dejarte volver a esa casa con miedo.

—Eso no responde mi pregunta.

—No. Pero es todo lo que necesitas saber esta noche.

La lluvia golpeaba el techo del auto con un ritmo suave, casi de cuna. Las luces del puerto titilaban abajo como estrellas caídas. Bruno seguía afuera, inmóvil bajo el agua, dándoles un espacio que no habían pedido pero que los dos necesitaban.

Valentina no supo quién se movió primero.

Tal vez fue ella, inclinándose un centímetro hacia delante porque el calor de su cuerpo era lo único que le quedaba. Tal vez fue él, extendiendo la mano hasta rozarle la mejilla con los nudillos, despacio, como si estuviera tocando algo que podía romperse.

Pero cuando sus labios se encontraron, Valentina supo que ninguno de los dos había decidido nada.

El beso fue suave. No fue el beso que ella se habría imaginado de un hombre como él. No fue posesivo ni hambriento ni duro. Fue tierno. De una ternura que no combinaba con nada de lo que él representaba: ni con el auto negro ni con la persecución ni con la pistola que ella estaba segura de que cargaba en algún lugar bajo esa camisa oscura.

Le besó el labio inferior primero. Lento. Como si le estuviera haciendo una pregunta con la boca. Ella respondió abriendo los labios y dejándolo entrar, y el sabor fue lluvia y sándalo y algo dulce que no debería existir en un hombre que mandaba apagar luces para perder perseguidores en callejones industriales.

Valentina le puso la mano en el pecho. Sintió su corazón latir bajo la tela mojada. Rápido. Más rápido de lo que su cara dejaba ver. El descubrimiento la sacudió: él también estaba nervioso. Él también tenía miedo.

"Esto no puede pasar. Esto no puede pasar."

Pero estaba pasando.

La mano de Damián le sostuvo la nuca con una delicadeza que la hizo querer llorar otra vez. No la sujetó como Nicolás la sujetaba: como a algo que se escapa. La sostuvo como a algo que se cuida.

Valentina se apartó.

De golpe. Como si le hubieran echado agua fría sobre agua fría. Se pegó contra la puerta del auto con los labios húmedos y el corazón en la boca y los ojos abiertos con un terror que no tenía que ver con él.

Tenía que ver con ella.

Con lo que acababa de sentir. Con la facilidad aterradora con la que su cuerpo había respondido. Con la certeza de que si Nicolás se enteraba de esto, las consecuencias no serían marcas en la muñeca. Serían algo definitivo.

—No debí hacer eso —dijo con la voz entrecortada—. No debí...

—Valentina.

—No. —Levantó la mano como un muro entre los dos—. Esto no puede pasar. No sabes en lo que te estás metiendo. No sabes quién es Nicolás ni lo que es capaz de...

—Sé perfectamente quién es Nicolás Ferrera.

Lo dijo con una calma que le heló la sangre. No como alguien que escuchó rumores. Como alguien que tenía un archivo completo, con nombres, fechas y deudas.

—Entonces sabes que esto es imposible.

—Sé que tienes miedo. Y sé que llevas mucho tiempo teniéndolo.

Valentina cerró los ojos. Las lágrimas le corrían por las mejillas y se confundían con las gotas de lluvia que todavía le escurrían del pelo.

—Llévame a casa —murmuró—. Por favor.

Damián no respondió de inmediato. La miró con esos ojos que no pedían permiso, que entraban y se quedaban, que la hacían sentir vista de una manera que dolía.

Luego metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó una tarjeta.

Blanca. Sin nombre. Sin logotipo. Solo un número de teléfono impreso en tinta negra.

Se la ofreció entre dos dedos.

Valentina la miró sin tomarla.

—¿Qué es eso?

—Un número al que puedes llamar. Cuando quieras. A la hora que quieras.

—¿Para qué?

Damián sostuvo la tarjeta un segundo más. Luego la dejó sobre el asiento entre los dos, como quien deja una puerta abierta.

—Cuando decidas que ya no quieres tener miedo —dijo—, llámame.

Valentina tomó la tarjeta. Era tan ligera que casi no la sintió entre los dedos. Pero pesaba. Dios, cómo pesaba. Pesaba como una llave. Como una promesa. Como el primer paso de algo que no tenía vuelta atrás.

La guardó en el bolsillo más profundo de su cartera y apretó la cremallera con los dedos temblorosos.

Damián tocó el cristal con los nudillos. Dos golpes secos.

Bruno apareció en la puerta del conductor en tres segundos, empapado, sin quejarse. Encendió el motor.

—¿A dónde, jefe?

Damián la miró. Una pregunta silenciosa.

—Zona Este —dijo Valentina con voz rota—. Calle de la Hacienda. Déjame en la esquina, antes de llegar.

El auto arrancó.

No hablaron durante el trayecto. Valentina miraba por la ventanilla con la tarjeta quemándole el bolsillo como una brasa blanca, y Damián miraba al frente con la mandíbula apretada y los puños cerrados sobre las rodillas, como si estuviera conteniendo algo que llevaba toda la noche tratando de no soltar.

Cuando Bruno se detuvo en la esquina indicada, Valentina abrió la puerta.

—Tu saco —dijo, empezando a quitárselo.

—Quédatelo.

—No puedo llegar con...

—Escóndelo. Eres buena para esconder cosas.

Valentina lo miró. Quiso decir algo. Gracias. Lo siento. No vuelvas a buscarme. Búscame siempre.

No dijo nada.

Salió al agua y cerró la puerta. El auto negro se alejó sin ruido, tragado por la lluvia, como si nunca hubiera existido.

Valentina caminó hasta la casa con el saco hecho un bulto bajo el brazo y la tarjeta en la cartera y el sabor de su boca todavía en la suya.

"Cuando decidas que ya no quieres tener miedo, llámame."

La lluvia le lavó las lágrimas antes de que llegara a la puerta.

1
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que miedo
Jujerny Del Valle Farfan cuica
es una mujer sin voluntad propia
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que rabia con Valentina
Jujerny Del Valle Farfan cuica
Huy q miedo
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ya era hora 🥺
Jujerny Del Valle Farfan cuica
fuera de lo común me encanta 👏
Jujerny Del Valle Farfan cuica
siempre fue esto lo q quiso el pelambres este 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que le pasa a esta mujer tanto miedo le tiene a Nicolás y no se va
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá consiga aliados q la ayuden a salir de ese horror 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá consiga aliados q la ayuden a salir de ese horror 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que terror vive Valentina!
Jujerny Del Valle Farfan cuica
no soy vip y no lo voy a ser aunque quiera soy de Venezuela 🥺
Jujerny Del Valle Farfan cuica
interesante
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá Damián pueda sacarla d allí
Jujerny Del Valle Farfan cuica
por que tanto encierro es abrumador 🥺
Luz Silvero
x lo q entendí, si no entendí mal
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Gaby N
Tanto poder tiene Nicolás?
Xq el banana de Damián no hace nada?
Gaby N
Xq le dice "Cruza"?
Pdll Dsrth
🥰Esta novela diferente al principio casi dejo de leerla pero ya le fui tomando el hilo un buen final
Graciela Saiz
todo el mundo la manipula a esta mujer ,!
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