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Bajo El Yugo Del Comandante

Bajo El Yugo Del Comandante

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro / Suspenso
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.

​Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.

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capitulo 11

​El fin del castigo del silencio no trajo la libertad, sino un despliegue de ostentación diseñado para quebrarla de una forma más refinada. A última hora de la tarde, la puerta de la habitación se abrió para dar paso a dos costureras de la alta sociedad de Asque y una camarera que portaba una enorme caja de madera pulida. Sin cruzar una sola palabra, abrieron el empaque y desplegaron sobre la cama con dosel un vestido de seda escarlata.

​Era una prenda deslumbrante y agresiva. El rojo intenso del tejido cortaba la sobriedad de la habitación gótica como una herida abierta. La seda caía en pliegues pesados y elegantes, con un escote ajustado que dejaba al descubierto los hombros y la clavícula, y detalles de pedrería oscura en los bordes que imitaban espinas de rosa. Junto al vestido reposaban unas zapatillas de satén a juego y una pequeña máscara de encaje negro con filigranas de oro.

​Evelyn contempló el atuendo con un nudo de aversión en la garganta. Entendía perfectamente el mensaje de William: no quería vestirla para honrarla; quería disfrazarla. El color rojo era el distintivo de la Unión, el tono del poder y de la sangre vertida bajo su mandato. Llevar ese vestido significaba ponerse su marca frente al mundo.

​Cuando las sirvientas terminaron de arreglarle el cabello castaño en un recogido elaborado que dejaba al descubierto su cuello pálido, la puerta volvió a abrirse.

​William entró vistiendo su uniforme militar de absoluta gala. La chaqueta de paño negro lucía charreteras de oro macizo, insignias condecoradas en el pecho y el cordón dorado de Comandante Supremo cruzando su torso. Su presencia era imponente, pulida y carente de cualquier rastro de la vulnerabilidad de la noche anterior. La máscara de hielo había vuelto a su sitio, impecable e impenetrable.

​Se detuvo a pocos pasos de ella. Sus ojos azules recorrieron a Evelyn con una lentitud calculada, apreciando cómo la seda escarlata resaltaba la palidez de su piel y la intensidad café de su mirada. Durante un segundo, la firmeza de sus facciones vaciló, atrapado por la belleza cruda y desafiante de la mujer que tenía enfrente.

​—Te ves tolerable —dijo él, recuperando el tono distante y frío.

​—Pintar a una prisionera no la convierte en una invitada, William —replicó ella, ajustándose la máscara de encaje negro sobre el rostro con manos que pugnaban por no temblar—. ¿Qué pretendes con esto?

​—Esta noche se celebra la recepción oficial con la aristocracia y los ministros de la Unión —explicó William, extendiéndole el brazo enguantado en cuero negro—. Han circulado rumores de que la rebelión del sector sur ha debilitado mi control. Necesito mostrarles que hasta la agitadora más problemática de la plaza ahora camina a mi lado. Vas a ser mi trofeo esta noche, Evelyn.

​Evelyn miró el brazo que él le ofrecía como si fuera una serpiente venenosa.

​—No soy tu trofeo.

​—Lo eres mientras estés bajo mi techo —sentenció él, acortando la distancia y tomando la mano de ella para colocarla a la fuerza sobre su antebrazo encajado en el paño negro del uniforme—. Sonríe si quieres, o mantén esa cara de desprecio. Me da igual. Solo asegúrate de no olvidar quién tiene el control aquí dentro.

​Él la condujo fuera de la habitación, sus pasos resonando coordinados por los pasillos de mármol del gran salón de bailes.

​Al cruzar las puertas dobles de cristal y pan de oro, el ruido de la orquesta de cuerdas y el murmullo de cientos de invitados vestidos con terciopelos, joyas y máscaras lujosas envolvieron a la pareja. El Gran Salón de Asque era una muestra grotesca de riqueza: arañas de cristal de Bohemia colgaban del techo abovedado, reflejando miles de luces sobre el suelo de mármol pulido como un espejo.

​En cuanto el heraldo anunció la entrada del Comandante Supremo, un silencio tenso recorrió el salón. Todas las miradas se posaron en la pareja. Las cuchicheos no tardaron en circular detrás de los abanicos de plumas y las máscaras doradas. La aristocracia de la ciudad reconocía el rostro de Evelyn; la boticaria que había desafiado a las patrullas, la mujer que había sido arrestada en la plaza, caminaba ahora vestida con la seda roja de la élite militar.

​Evelyn sintió las miradas cargadas de veneno y desprecio rozarle la piel. Las damas de la corte sonreían con falsedad, lanzándole comentarios audibles al pasar.

​—Miren eso... una rata de los suburbios cubierta de seda —murmuró una mujer con máscara de perlas—. El Comandante ha decidido adoptar a una salvaje.

​—Seguramente la usa para divertirse antes de mandarla a la horca —respondió su acompañante con una risita ahogada.

​Evelyn mantuvo la barbilla levantada, pero sus dedos apretaron involuntariamente la tela de la manga de William. Sintió la tensión en el brazo del Comandante; los músculos de su cuerpo se habían vuelto rígidos como el hierro.

​A mitad de la recepción, mientras William conversaba con dos ministros de finanzas sobre los presupuestos militares, un hombre de edad madura, vistiendo un traje ostentoso con el escudo del Conde de Valois, se acercó a ellos con un vaso de licor de ámbar en la mano. Su rostro estaba enrojecido por el alcohol y su sonrisa rezumaba una soberbia aristocrática insoportable.

​—Comandante —dijo el Conde, haciendo una reverencia torpe—. Mis felicitaciones por la velada. Aunque debo decir que su elección de compañía es... peculiar.

​William inclinó la cabeza un milímetro, sus ojos azules congelándose al instante.

​—Conde Valois.

​—Dígame, Comandante —continuó el hombre, dando un paso invasivo hacia Evelyn y escaneando su cuerpo con una mirada vulgar que hizo que a ella se le erizara la piel de indignación—. ¿Cuánto cuesta adiestrar a una rebelde de los barrios bajos para que no muerda? Si está a la venta cuando se canse de ella, en mis propiedades del norte siempre necesitamos sirvientas con ese tipo de... agresividad.

​El silencio que se produjo a su alrededor fue absoluto. Las conversaciones cercanas se apagaron de golpe.

​Evelyn abrió la boca para responder, lista para clavarle una réplica mordaz al aristócrata, pero William se le adelantó con una violencia contenida que paralizó a todos los presentes.

​En un solo movimiento, William dio un paso al frente, interponiendo su cuerpo masivo entre el Conde y Evelyn. Con la mano izquierda, sujetó al Conde por la solapa de su costoso traje de terciopelo, levantándolo parcialmente del suelo sin el menor esfuerzo físico, mientras que con la mano derecha tomó el vaso de licor de las manos del hombre y lo aplastó en su puño enguantado. El cristal se hizo pedazos, el líquido dorado chorreó por el cuero negro de su guante y la mezcla de bebida y astillas cayó sobre el suelo de mármol.

​El Conde dejó escapar un chillido ahogado de pánico, la borrachera desapareciendo de golpe al encontrarse a milímetros de los ojos de William, que ardían con una furia negra e incontrolable.

​—Escúchame con atención, Valois —la voz de William no se elevó, pero resonó con un peligro sordo que hizo retroceder a los invitados de las primeras filas—. Esta mujer no es una sirvienta, ni está a la venta. Esta mujer está bajo mi protección personal.

​El Comandante lo sacudió levemente, acercando el rostro del Conde al suyo.

​—Nadie la toca. Nadie le habla sin mi permiso. Y si vuelvo a escuchar una sola palabra grosera salir de tu boca hacia ella, no solo confiscárselos a tus tierras para financiar al ejército del sector sur; haré que te limpien las botas con tu propio blasón antes de encarcelarte por traición. ¿Ha quedado claro?

​—S... sí, Comandante. Por favor... —balbuceó el Conde, pálido como la cera.

​William lo soltó de golpe. El hombre cayó de rodillas sobre el mármol, respirando con dificultad y buscando a tientas la salida entre la multitud que se abría a su paso con pánico.

​William se limpió los restos de cristal y licor de su guante con un pañuelo de seda que le alcanzó un guardia, sin dar la menor muestra de alteración física. La multitud observaba la escena en un shock absoluto; el tirano de Asque, el hombre que no mostraba compasión por nadie, acababa de humillar a uno de los nobles más influyentes de la ciudad para defender el honor de una prisionera rebelde.

​William se giró hacia Evelyn. La rigidez de sus facciones se suavizó apenas una fracción al notar el desconcierto en los ojos café de ella a través de la máscara de encaje. Le ofreció el brazo limpio de nuevo.

​—Continuemos —dijo con total frialdad, como si nada hubiera ocurrido—. La música está a punto de empezar.

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Celina Espinoza
💯💯💯
Fernanda
super 👍
Celina Espinoza
👏👏👏👏💯
celimar
💯💯👏👏
celimar
excelente 💯💯💯gracias por compartir
Fernanda
👍👍👍💯
Celina Espinoza
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celimar
👏👏👏🥰🥰💯💯
Fernanda
💯💯👍👍
Celina Espinoza
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Fernanda
🤭💯
Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Fernanda
muy bien 💯
Celina Espinoza
👏👏👏💯
Fernanda
💯💯👍
Fernanda
💯👍
Claudia Torres
me encanta tu historia .....quiero ver cómo will poco a poco va siendo ante ivy q emoción 💪💝😘😘💘
celimar
👏👏
Celina Espinoza
💯💯
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