Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
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Capítulo 13
Cap 13: El Hermano Inútil y La Ficha Del Juego
—Necesito que le hagas llegar una invitación a Felipe. —Val no levantó la vista del cuaderno de tapas oscuras mientras hablaba, la pluma moviéndose con trazos firmes—. Algo casual. Que parezca que viene de un conocido suyo, no de mí.
Sofía se acercó, secándose las manos en el delantal, la curiosidad asomando en sus cejas fruncidas.
—¿Qué clase de invitación?
—Una mesa de juego. Apuestas altas, jugadores nuevos, ganancias fáciles al principio. —Val cerró el cuaderno con un chasquido seco—. Felipe siempre ha creído que el mundo le debe algo por ser el hijo que nadie mira. Eso lo vuelve predecible.
Sofía se quedó callada un momento, sopesando las palabras.
—¿Vas tras Felipe ahora? Pensé que tu blanco era Doña Milagros.
—Doña Milagros es difícil de atacar de frente. —Val se levantó, caminando hacia la ventana con las manos entrelazadas a la espalda—. Felipe no. Es débil, perezoso y siempre ha vivido a la sombra de su hermano. Ese tipo de hombre siempre tiene una grieta.
—El juego.
—El juego. —Val sonrió, un gesto pequeño, casi invisible—. Habla con El Coyote. Dile que prepare la mesa para dentro de tres días.
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El Coyote recibió a Felipe Ríos en un salón discreto a las afueras de Ciudad Capital, con paredes forradas de terciopelo rojo y el aire cargado de humo de tabaco fino. Las primeras rondas fueron generosas. Felipe ganó tres manos seguidas, sintió el calor familiar del triunfo subirle por el pecho, y pidió otra ronda de bebida con la voz ya un poco más alta de lo necesario.
—Esto es demasiado fácil —le dijo a uno de los jugadores, un hombre de bigote entrecano que en realidad trabajaba para El Coyote—. No sé por qué mi hermano nunca me trajo a estos lugares antes.
—Su hermano siempre fue demasiado serio para disfrutar la vida, joven Felipe. —El hombre le sirvió otra copa—. Usted, en cambio, tiene buen ojo para las cartas.
Felipe se creyó cada palabra.
Volvió tres noches más, cada vez con apuestas más altas, cada vez más convencido de que su suerte era un don especial que el destino finalmente le reconocía. Y entonces, en la cuarta noche, la suerte se apagó de golpe.
Perdió una mano. Luego otra. Luego una tercera que se llevó consigo casi todo el dinero que llevaba encima.
—Puede seguir jugando a crédito, joven Ríos. —El Coyote en persona se sentó frente a él esa noche, la voz suave, casi paternal—. Es una casa de confianza. Nadie tiene que enterarse de nada hasta que usted decida pagarlo.
Felipe, con el orgullo herido y el alcohol nublándole el juicio, aceptó.
Para cuando amaneció, debía una cantidad que jamás podría reunir con su propio bolsillo.
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—Madre, necesito plata. —Felipe se retorcía las manos frente a Doña Milagros en el despacho privado, los ojos evitando los de ella—. Es... es un asunto delicado. No puedo hablar de los detalles.
—¿Delicado? —Doña Milagros dejó su pluma sobre el escritorio, la mirada afilándose—. Felipe, no me hagas perder la paciencia.
—Son oficiales de la Guardia Real. —La mentira le salió atropellada, mal construida, pero Felipe la sostuvo con la desesperación de quien no tiene otra salida—. Descubrieron algo sobre... sobre nuestros negocios de territorio. Dicen que si no reciben una compensación, van a abrir una investigación formal. Sobre ti, madre. Sobre cómo administras los fondos de la manada.
El rostro de Doña Milagros perdió el color por un instante.
—¿Cuánto?
Felipe le dio una cifra que la hizo cerrar los ojos.
—Es una locura.
—Madre, por favor. —Felipe se arrodilló, algo que no había hecho desde niño—. Si esto sale a la luz, no solo te afecta a ti. Afecta a toda la manada. Yo puedo arreglarlo, pero necesito el dinero ahora, antes de que decidan hacerlo público.
Doña Milagros, que llevaba tres años sepultando sus propios crímenes bajo capas de mentiras cada vez más elaboradas, no tardó en encontrar la lógica retorcida que necesitaba para creerle a su hijo. El miedo a ser descubierta pesaba más que cualquier duda sobre la historia de Felipe.
Esa misma noche, sacó de su tesoro privado —el mismo que había ido llenando poco a poco con lo robado a Val y a la manada— la primera suma destinada a "los oficiales de la Guardia Real".
Felipe la recibió con las manos temblando de alivio, no de vergüenza.
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Desde la sombra de un ciprés al otro lado del patio, Val observó a Felipe salir del despacho de su madre con el rostro pálido y una bolsa de monedas oculta bajo el abrigo.
No sonrió del todo. Apenas el borde de los labios se le curvó, un gesto que cualquiera que no la conociera habría confundido con indiferencia.
Dentro de ella, su loba enseñó los colmillos en un gesto silencioso de aprobación.
"Una piedra a la vez", pensó Val, mientras se alejaba hacia el Ala de Orquídeas antes de que alguien notara su presencia. "Doña Milagros robó demasiado. Ahora va a empezar a perderlo."
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Al llegar a su habitación, el aroma dulce de las flores de luna la recibió como cada noche desde hacía semanas. Pero esta vez, entre los tallos pálidos, algo brillaba de forma distinta.
Val se acercó despacio y encontró un pequeño broche de plata, tallado con la forma exacta de una media luna creciente. La misma forma, el mismo diseño, que Val había visto una sola vez, prendido al cuello del abrigo de Damián la noche del funeral de Abuela Elena.
No había nota esta vez. No hacía falta.
Val tomó el broche entre los dedos y pasó el pulgar sobre la curva pulida del metal. La plata estaba tibia.
Esto ya no era solo protección. Una flor podía ser un gesto anónimo. Un frasco de antídoto podía ser precaución. Pero un broche con el sello de la casa Montero, dejado directamente en su ventana, era una declaración.
Era un mensaje claro.
Dentro de su pecho, su loba interior volvió a susurrar, suave y persistente: "Compañero."
—Después —murmuró Val en voz alta, cerrando la mano alrededor del broche—. De los sentimientos me ocupo después.
Su loba no estuvo de acuerdo. Val, como llevaba haciendo desde hacía semanas, decidió ignorarla.
se jodió esto
por fin ya era hora