Un divorcio es solo el principio
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Juicio interno
La mente de Alberto se convirtió en una sala de proyecciones averiada donde las imágenes de su traición se repetían en un bucle infinito. En la celda de paso, el olor a desinfectante barato le recordaba, irónicamente, al perfume de limpieza que Elena elegía para su oficina.
El recuerdo del "Ascenso": Se vio a sí mismo celebrando su primer millón. Recordó cómo Elena, en lugar de pedir una joya, le pidió que donara una parte a una escuela. Él se burló de ella por "sentimental" y, esa misma noche, usó ese dinero para impresionar a su socia en un casino. El remordimiento le quemó el pecho: «Ella quería construir un legado; yo solo quería comprar atención».
La imagen de la Madre de Elena: Recordó el día del funeral de su suegra. Elena estaba rota, buscando su mano para sostenerse. Él, en lugar de abrazarla, estaba revisando las cotizaciones de la bolsa en su teléfono, impaciente por irse. «Ni siquiera estuve ahí cuando ella más me necesitó, pero ella estuvo en cada uno de mis fracasos».
Esa fragmentación mental lo acompañó hasta la resolución del juicio.
El Veredicto Final
Dos semanas después, el juez dictó sentencia. Alberto compareció por videollamada desde la prisión, con el uniforme naranja que apagaba cualquier rastro de la elegancia que Elena le había dado.
—Fallo del Tribunal: Se decreta el divorcio vincular por culpa exclusiva del cónyuge Alberto. Se ordena la restitución total de los bienes gananciales desviados fraudulentamente. Debido al intento de robo agravado y fraude financiero, el señor Alberto pierde cualquier derecho a compensación económica. Asimismo, se le impone una pena de 8 años de prisión efectiva.
Al escuchar la cifra, Alberto colapsó en la silla. Sus ojos buscaron a Elena en la pantalla. Ella estaba sentada entre Dante y Viktor, como una reina flanqueada por sus torres. No había alegría en su rostro, solo una paz profunda.
El Final de Alberto
Alberto fue trasladado a una prisión estatal. Allí, el hombre que creía que el mundo le debía todo descubrió que, sin el apellido y el dinero de Elena, no era más que un número. Pasaba las noches susurrando el nombre de ella, convencido de que en cualquier momento la puerta de la celda se abriría y Elena aparecería con un contrato nuevo para "salvarlo". Su mente, incapaz de aceptar la soledad absoluta, se refugió en una psicosis donde él seguía siendo un gran empresario y Elena simplemente estaba "de viaje".
El Purgatorio de Alberto
En la celda, las paredes parecen cerrarse sobre Alberto. No es solo el encierro físico, es que su mente ha empezado a jugarle trucos crueles. Cada vez que cierra los ojos para dormir, no ve la libertad, ve el momento exacto en que Elena lo miró con asco en la biblioteca.
—Ella va a venir —susurra Alberto, rascando la pintura descascarada de la pared con la uña—. Mañana es nuestro aniversario. Ella siempre me trae ese reloj que me gusta. Vendrá vestida de azul...
Pero el recuerdo se distorsiona. En su alucinación, Elena aparece, pero no le trae un reloj; le trae las facturas de todos los hoteles donde él estuvo con su socia. En su mente, las facturas empiezan a arder y Elena se ríe con la voz de Dante.
La desesperación lo lleva a lo grotesco: Alberto empieza a escribirle cartas a Elena con un bolígrafo gastado que le cambió a otro preso por su ración de comida.
"Elena, mi cielo. Sé que esto es una de tus estrategias de inversión. Me estás dejando aquí para que 'madure', ¿verdad? Ya aprendí la lección. Dile a Dante que ya puede sacarme. Por cierto, el ruso ese... dile que no me gusta cómo te mira. Es una falta de respeto a nuestro matrimonio."
El guardia de la prisión tira las cartas a la basura apenas sale de la sección. Nadie las lee. Alberto es un fantasma gritándole a un muro de hormigón.