La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico
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EL SECRETO EN EL METAL
El conocimiento es la llave más pesada del mundo. Una vez que sabes dónde se esconde el tesoro, cada segundo que pasa sin que lo tengas en tus manos se convierte en un recordatorio de tu propia vulnerabilidad.
La mañana siguiente al viaje a la montaña, la academia El Compás de Seda amaneció envuelta en una calma tensa. Ela apenas había dormido. En su piel aún persistía el calor de los labios de Kang, un fantasma táctil que intentaba borrar concentrándose en el frío análisis de los datos.
En el sótano, la luz azul de las pantallas iluminaba el rostro de Victoria, quien escuchaba el informe de Ela con una expresión de triunfo que rozaba lo macabro.
—La caja fuerte personal en su propia oficina... —murmuró Victoria, golpeando rítmicamente la mesa con sus uñas esculpidas—. Sabía que Kang guardaba un seguro de vida contra su suegro, pero no imaginé que fuera tan estúpido como para confesártelo. El amor hace idiotas a los hombres más brillantes.
—No es estupidez, Victoria. Es desesperación —corrigió Ela, sintiendo una extraña necesidad de defender la inteligencia de Kang, aunque fuera solo por orgullo profesional—. Está acorralado. Cree que yo soy su única salida limpia.
Victoria la miró de reojo, con una ceja alzada y una sonrisa cargada de advertencia.
—No te ablandes ahora, Ela. Recuerda por qué estás usando ese rostro. El archivo que está en esa caja fuerte contiene los nombres de los que firmaron la orden para quemar la fábrica de tu padre. Contiene las pruebas de que Julián fue el ejecutor material y de que el holding Althea financió el silencio de la policía. Si consigues ese archivo, los destruimos a todos de un solo golpe.
—Lo sé —respondió Ela, con la voz firme, aunque por dentro un torbellino de emociones la sacudía—. Pero entrar a la oficina presidencial de Althea no es fácil. El edificio tiene seguridad biométrica de última generación y los hombres del patriarca vigilan los pasillos las veinticuatro horas.
—Para eso tenemos a Julián —dijo Victoria, con una risa gélida—. Él tiene credenciales de acceso de nivel medio para el ala administrativa. Y lo más importante: su ambición lo hará hacer cualquier cosa si cree que es para asegurar su maldito ascenso.
Esa misma tarde, en la mansión que compartía con Julián, Ela preparó el escenario.
Julián llegó a casa arrastrando los pies, visiblemente frustrado. Las acciones del holding seguían tambaleándose debido a los rumores de divorcio entre Kang y Patricia, y su nombramiento como director regional estaba congelado en un limbo burocrático.
—Es una injusticia, Susana —se quejó Julián, arrojando su saco sobre el sofá—. He trabajado más que nadie en esa maldita distribuidora. Si el viejo patriarca decide hundir a Kang, mi carrera se irá por el desagüe con él.
Ela se acercó por detrás, colocándole las manos sobre los hombros para darle un masaje, ocultando la repulsión que le causaba su cercanía.
—Hay una forma de asegurar tu futuro, mi amor —susurró ella al oído del hombre que había destruido su vida pasada—. Una forma en la que no dependerás de las decisiones del viejo ni de la suerte de Kang.
Julián se tensó, girándose para mirarla con los ojos abiertos por la sorpresa.
—¿De qué estás hablando?
—Ayer, mientras coordinaba unos detalles de las donaciones con la secretaria personal de Kang, escuché algo que no debía —mintió Ela con absoluta naturalidad—. Kang tiene un archivo de contingencia en su oficina. Una auditoría secreta que revela los desvíos de fondos del patriarca. Si tú consigues ese archivo antes de que el holding colapse, tendrás el control absoluto. Podrás chantajear al nuevo director o ganarte el agradecimiento eterno de la junta. Serás intocable, Julián.
Los ojos de Julián brillaron con una codicia casi animal. La idea de tener el destino de los dueños de Althea en sus manos era el sueño de toda su mediocre vida.
—¿Un archivo de contingencia? ¿En su oficina? —preguntó, con la respiración acelerada—. Pero la oficina de Kang tiene doble cerradura electrónica. Solo él y su jefa de seguridad tienen los códigos.
—Sé que la jefa de seguridad deja su tarjeta de acceso en la recepción del helipuerto durante el cambio de turno de las diez de la noche —dijo Ela, entregándole la última pieza del rompecabezas—. Solo necesitas diez minutos. Yo puedo esperarte en el auto abajo, vigilando las cámaras del perímetro desde mi tableta. Si lo hacemos juntos, nadie sospechará de ti.
Julián la miró, fascinado por la frialdad y la inteligencia de la mujer que creía tener bajo su dominio. La abrazó con fuerza, besándole la mejilla con brusquedad.
—Eres una mina de oro, Susana. Una maldita genia —siseó él—. Lo haremos mañana por la noche. Cuando el edificio esté prácticamente vacío por el mantenimiento de los servidores.
Al caer la noche, Ela se encerró en su camerino de la academia.
Sostenía en sus manos una pequeña memoria USB modificada que Victoria le había entregado, diseñada para clonar los datos de la caja fuerte digital de Kang una vez que se introdujera la llave física.
De pronto, su teléfono celular vibró. Era un número desconocido.
—¿Susana? —la voz de Kang, cansada pero extrañamente aliviada, sonó al otro lado de la línea.
—¿Kang? Te dije que no debías llamarme a este número —respondió ella, sintiendo que el corazón le daba un vuelco involuntario.
—Solo necesitaba escuchar tu voz —confesó él en un susurro. Al fondo, se escuchaba el ruido del viento y el tráfico de la ciudad; estaba fuera de su casa—. He tomado una decisión. Mañana por la noche voy a presentar formalmente la demanda de divorcio y a entregar las pruebas de la auditoría a la fiscalía. Se acabó el juego de las apariencias. Quiero que estés lista, Susana. En cuanto esto estalle, quiero que vengas conmigo.
Ela se quedó sin aliento. El suelo pareció desaparecer bajo sus pies. Mañana por la noche. El mismo momento en que ella y Julián planeaban entrar a su oficina para robar ese mismo archivo.
—Kang... es muy pronto. Tienes que tener cuidado —balbuceó ella, la máscara de frialdad agrietándose por un segundo real de preocupación.
—No tengo miedo, Susana. Por primera vez en mi vida, sé exactamente lo que quiero proteger —dijo él con una firmeza que la dejó helada—. Te veo pronto.
Al colgar el teléfono, Ela se apoyó contra la pared, con la respiración agitada. El tiempo se había agotado. Las piezas del tablero se movían a una velocidad vertiginosa y, por primera vez, Ela no estaba segura de si la trampa que había diseñado atraparía a sus enemigos... o si acabaría por aplastarla a ella y al único hombre que realmente la amaba.