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Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15 - El granero de las alas rotas

El encuentro de diciembre no llegó a ocurrir.

Diane encontró una cinta roja atada a la regadera antes de salir hacia el establo. Stefany nunca explicó quién había advertido la presencia del vigilante. Solo dijo que un hombre de Guillermo permaneció junto a la entrada hasta después del segundo toque y que Iván había conseguido marcharse sin ser visto.

Durante enero, las lluvias hicieron intransitables los caminos y Damaris restringió las visitas. Las cartas continuaron, pero se volvieron más breves. Iván escribía desde el puerto. Diane respondía desde una casa donde cada puerta parecía haber aprendido a escuchar.

Llegó febrero antes de que Stefany volviera a pronunciar la palabra encuentro.

—El granero viejo —dijo una tarde—. Mañana, cuando comience la tormenta.

—¿Cómo sabes que habrá tormenta?

—Mi rodilla izquierda y todos los pescadores de Santa Lucía están de acuerdo.

—Eso no responde quién vigilará los caminos.

—La lluvia.

La tormenta apareció al día siguiente poco antes de las cinco. El cielo se oscureció sobre los campos y el viento dobló los álamos hasta mostrar el reverso pálido de las hojas. Damaris se encontraba en la ciudad con Ernesto, eligiendo telas para una recepción de los Valcárcel. Los criados corrieron a cerrar ventanas y recoger ropa.

Diane salió por la puerta de la cocina llevando una capa encerada. Liberto se deslizó detrás de ella antes de que pudiera impedirlo.

—Vuelve.

El cachorro movió la cola.

—No es un paseo.

Liberto estornudó bajo la lluvia y continuó siguiéndola.

El granero viejo se alzaba al otro lado de los secaderos, abandonado desde que una viga se partió durante un incendio. El techo estaba hundido en el extremo norte y las golondrinas anidaban entre las tejas rotas. Los trabajadores lo llamaban el granero de las alas porque el viento entraba por las grietas y agitaba la paja como plumas.

Diane empujó la puerta lateral.

Iván aguardaba dentro.

Había imaginado aquel momento tantas veces que la realidad necesitó varios segundos para alcanzarla. Él estaba apoyado contra un poste, empapado, con el cabello pegado a la frente y una camisa gris oscurecida por la lluvia. Parecía más delgado. También más duro. El puerto había dejado grasa en sus uñas y una cicatriz nueva sobre la ceja.

Ninguno habló.

Liberto rompió el silencio. Corrió hacia Iván, lo olfateó y emitió un gruñido indeciso.

—¿Ese es el regalo? —preguntó Iván.

—Se llama Liberto.

—Claro que se llama así.

—No eligió quién lo trajo.

Iván bajó la mirada hacia el cachorro. Liberto olfateó su mano y decidió que no era enemigo. Lamió uno de sus dedos.

—Al menos uno de nosotros no guarda rencor —murmuró Iván.

Diane cerró la puerta.

—He esperado cuatro meses para verte y esas son tus primeras palabras.

—He escrito muchas otras.

—En papeles donde podías esconderte.

Iván se separó del poste.

—¿Crees que me he escondido? Trabajo catorce horas, pregunto por barcos y atravieso media ciudad para dejarte cartas que pueden llevarme a prisión.

—Y cuando estás enfadado, desapareces.

—Porque si escribo lo que siento, Stefany activa las cenizas.

—Quizá deberías preguntarte por qué.

El primer trueno sacudió las vigas. Polvo y fragmentos de paja cayeron desde el techo. Liberto levantó la cabeza.

Iván miró a Diane como lo había hecho junto al cuadro, antes de que las deudas, los contratos y Eduardo ocuparan el espacio entre ellos.

—No quería discutir —dijo.

—Yo tampoco.

—Entonces hemos perdido cuatro meses de práctica.

A Diane se le quebró una risa. Fue suficiente.

Iván cruzó la distancia y la abrazó.

Ella sintió primero el frío de la camisa mojada. Después el calor debajo, el olor a lluvia, madera y humo del puerto. Apoyó el rostro contra su pecho. El corazón de Iván golpeaba con la misma urgencia que la tormenta sobre el tejado.

—Pensé que no vendrías —dijo él.

—Pensé que ya te habías marchado.

—No sin ti.

Iván tomó su rostro entre las manos. Los cortes de sus dedos rozaron las mejillas de Diane. Ella vio el instante en que él dudó y cerró la distancia por ambos.

El beso no se pareció a los poemas sacrificados. No tuvo elegancia ni música. Fue torpe, contenido durante demasiado tiempo, con sabor a lluvia y a palabras que nunca cabían completas en las cartas. Diane aferró la tela de su camisa. Iván la acercó hasta que el frío dejó de existir entre sus cuerpos.

Volvieron a besarse.

Esta vez más despacio. Iván recorrió con los labios el borde de su mejilla y se detuvo junto a su cuello. Diane sintió que la piel recordaba cada lugar que él tocaba, como tierra oscura recibiendo las primeras gotas después de una sequía.

No era miedo lo que le hizo apoyar una mano sobre su pecho.

—Espera.

Iván se detuvo de inmediato.

Respiraba con dificultad. No apartó las manos de su cintura hasta que Diane dio un paso atrás.

—Lo siento.

—No te he pedido una disculpa.

—Creí que…

—Yo también quiero. Por eso necesito que esperemos.

La lluvia golpeaba el techo con miles de dedos. En el extremo roto del granero, un pájaro intentó entrar y fue expulsado por el viento.

—Cumplirás dieciocho en septiembre —dijo Iván.

—No se trata solo de la edad.

—Antes dijiste que nos iríamos entonces.

—Antes no había cincuenta y tres familias atadas a mi firma. Antes tú no estabas buscando un barco y yo no tenía hombres vigilando los establos.

—Siempre existirá una razón para esperar.

—Entonces necesitamos una razón mejor para marcharnos.

Iván se pasó una mano por el cabello mojado.

—Tengo una.

Sacó del bolsillo una figura de madera. Era un pájaro pequeño, tallado con una navaja. Un ala estaba extendida; la otra permanecía pegada al cuerpo, incompleta.

—Lo hice durante los descansos del muelle —explicó—. Pensé que terminaría el ala cuando supiera adónde volaríamos.

Diane sostuvo el pájaro en la palma.

—No puede volar así.

—Nosotros tampoco.

—Todavía.

Iván miró la figura. Diane percibió en su silencio la lucha entre la impaciencia y el deseo de creerle.

—Podríamos ir a Lisboa —dijo él—. Hay imprentas, talleres y barcos que contratan sin preguntar por apellidos. Stefany conoce a alguien que podría conseguir documentos.

—¿Con qué dinero?

—Ahorraré.

—¿Y cuando Don Guillermo reclame la deuda? ¿Cuando cierre la fábrica para castigar a mi padre?

—No podemos salvar a todos.

—No. Pero tampoco puedo llamarlo amor si para elegirte debo fingir que no existen.

La frase hirió a Iván. Diane lo vio en la forma en que apretó la boca.

—¿Y elegir a Eduardo sí los salva?

—No he elegido a Eduardo.

—Todos los jueves te ve la ciudad junto a él.

—Y todos los martes recibes mis cartas. ¿Cuál de las dos cosas es más verdadera?

Iván no respondió.

Diane cerró los dedos alrededor del pájaro.

—Cuando cumpla dieciocho, decidiremos. Pero no huiremos solo porque tengamos miedo. Necesitamos dinero, documentos, un lugar donde vivir y una forma de impedir que nuestra marcha destruya a quienes dejamos atrás.

—Eso puede tardar meses.

—Entonces tardará meses.

—El contrato no va a esperar.

—Nosotros tampoco estaremos quietos.

Iván tocó el ala incompleta del pájaro.

—Prométeme que no vas a acostumbrarte a él.

Diane pensó en Liberto, en la promesa bajo el roble y en el modo en que Eduardo había dejado la página de Lisboa dentro de un libro. Acostumbrarse no era amar. Sin embargo, comprendió que la respuesta ya no resultaba tan sencilla como meses atrás.

—Te prometo que no olvidaré lo que elegí antes de que otros firmaran por mí.

Iván aceptó la frase, aunque no era la que había pedido.

Diane levantó una mano y rozó la cicatriz de su ceja.

—No me contaste esto.

—Una polea se soltó mientras descargábamos carbón.

—Pudo golpearte el ojo.

—Pudo partirme la cabeza.

Lo dijo sin dramatismo, y por eso la imagen resultó más cruel. Diane imaginó una carta que no llegaba, un pañuelo que permanecía atado al rosal y a Stefany buscando palabras para contarle que el mar se había quedado con Iván antes de que pudiera embarcarse.

—No vuelvas a ocultarme algo así.

—Tú tampoco me cuentas todo sobre las visitas.

—No conviertas una herida en moneda de cambio.

Iván cerró los ojos cuando ella recorrió el borde de la cicatriz. La rabia abandonó por un momento sus facciones.

—Cada día en el muelle veo hombres subir a barcos sin saber si regresarán —dijo—. Por eso me cuesta escuchar que necesitamos más tiempo.

—Y por eso quiero que el tiempo que tengamos no termine en una decisión desesperada.

Iván besó la palma que aún descansaba sobre su rostro. El gesto fue más íntimo que la urgencia anterior, porque no intentaba llevarla a ninguna parte.

Liberto gruñó.

No miraba la puerta. Miraba el extremo norte, donde el techo se había hundido. Sus orejas estaban erguidas y el pelo del lomo se levantó.

—¿Qué ocurre? —susurró Diane.

Una tabla crujió fuera del granero.

Iván apagó la lámpara. La oscuridad cayó sobre ellos. Diane oyó a Liberto contener un ladrido y el roce de una falda alejándose entre la hierba mojada.

Iván miró por una grieta.

—No veo a nadie.

A cincuenta pasos, María permanecía oculta detrás del muro del secadero, con la capa pegada al cuerpo por la lluvia. Había visto el abrazo. Había visto el beso. También había visto a Diane detenerse.

El conocimiento no le produjo triunfo. Solo la certeza de que ahora su traición tenía una imagen.

Dentro del granero, Iván volvió junto a Diane.

—Debes irte.

—¿Y tú?

—Esperaré hasta que oscurezca. Saldré por el camino del río.

Diane guardó el pájaro bajo la capa. Iván apoyó la frente contra la suya. —Buscaré trabajo en un barco —confesó—. Reuniré dinero para nosotros.

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