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Lo Difícil De Amarte

Lo Difícil De Amarte

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Escuela
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: neversaynever

Uno, al enamorarse, cree que será fácil y será correspondido con el tiempo, pero nadie te dice que puede ser la persona más cruel de quien quieres que te enamores, o la equivocada. ❤️‍

Y así es como casi le pasó a Alison, quien sin darse cuenta...

Prohibido el plagio. ✅

NovelToon tiene autorización de neversaynever para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La raspadura y la payana.

Matías tenía la mirada clavada, inmóvil, sin apartarse ni un instante de mí; su brazo izquierdo estaba apoyado sobre la rodilla, el derecho levantado con la mano tocándose la frente, y tenía las piernas flexionadas. Benjamín mantenía los ojos fijos y quietos, como si nada pudiera hacerlos moverse de ahí mientras me miraba; su mano y brazo izquierdo estaban sobre la pierna, y el brazo derecho doblado, con la palma apoyada en la frente, también con las piernas flexionadas. Los dos me observaban, como esperando que me pusiera a llorar.

Volteé el rostro y miré a mi hermana Jonás por última vez. Ella me mira un momento; luego voltea el rostro hacia Lizbeth: tiene las cejas ligeramente inclinadas, la mirada fija y la boca cerrada.

—Deja de reírte ya —le dice con voz firme.

Al escuchar eso, Lizbeth se calla de golpe, con la risa cortada en seco.

No lloré: solo me incorporé del suelo y me mantuve firme, con los brazos y manos pegados al cuerpo y las piernas juntas.

Mi hermana Jonás se levantó de un salto y vino apurada hacia mí; su amiga Lizbeth venía detrás, siguiéndola en silencio.

Al tenerla frente a mí, veo que tiene las cejas juntas y una arruga marcada en medio de la frente; sus ojos reflejan seriedad, me mira con atención y tiene los labios cerrados con firmeza. Después de un momento, abre los labios y me pregunta:

—¿Te duele? —se detiene al ver que sangraba mi rodilla raspada.

No dije nada; al notarlo, su expresión cambió por completo: todo el rostro se le puso rígido y sombrío, cejas fruncidas, mirada oscura y cortante, nariz ligeramente arrugada y boca cerrada con fuerza. Estaba enojada.

—¿Para qué juegas así? —me reprochó.

Es más que obvio que sí me dolía, pero no era para tanto; lo más sorprendente fue que, al caer de frente, no me hice ningún rasguño en la cara, solo uno pequeño en el hombro. Mi rodilla no quedó en el mejor estado, a decir verdad. Veo cómo Lizbeth baja la mirada hacia mi golpe, avergonzada.

Belén mira a Jonás, que está parada frente a mí: tiene el brazo y la mano izquierda al costado del cuerpo, el derecho doblado tocándome suavemente el antebrazo, y las piernas y pies ligeramente separados. Luego mira a mí, parada a su lado: tengo ambos brazos y manos al costado del cuerpo, las piernas juntas, aunque el pie izquierdo apoya solo sobre la punta, a diferencia del otro.

Abro los labios y le pregunto:

—¿A ti te dolería? Porque yo, en tu lugar, ya habría llorado.

Jonás niega con la cabeza: su expresión es serena, mantiene la vista fija y profunda, parpadea despacio y, con la cabeza ligeramente inclinada, clava la mirada en mi rostro.

—No es el dolor lo que me preocupa —dice bajito—, sino que te hagas daño de verdad.

Duda un instante, luego abre los labios y mira a Belén:

—¿Tenés agua? —le pregunta.

—Sí, enseguida la traigo —responde ella y sale corriendo un momento.

—Está bien —dice Jonás al verla irse. Yo me doy media vuelta y empiezo a caminar hacia la puerta de la casa.

Me detengo ante la hoja que quedó entreabierta; levanto el brazo y, con los dedos de la mano derecha, empujo la puerta para abrirla del todo. Doy un paso y otro más, hasta entrar al comedor y esperar.

Unos momentos después Belén regresa, sosteniendo entre ambas manos un vaso de vidrio con agua fresca. Se detiene frente a Jonás, extiende el brazo y dice:

—Aquí está el agua que pediste.

—Es para Alison; dásela a ella —le indica mi hermana.

Belén no dice nada, solo me ofrece el vaso; lo tomo con cuidado y escucho que me indica:

—Pon un poco en la mano para limpiarte bien la herida.

Hago lo que me dice, luego le devuelvo el vaso a Jonás y le pido:

—¿Me podés echar un poco más? —Ella acepta y llena de nuevo mi mano.

En cuanto tengo el agua, la llevo con suavidad a la rodilla para limpiar la raspadura. Belén mira a Lizbeth y pregunta:

—¿Tienen algo para cubrir la herida? Una curita o una gasa, por lo menos.

Lizbeth solo niega con la cabeza y contesta bajito:

—Creo que no hay nada.

Al oírlo, me pierdo un momento en mis pensamientos: no vale la pena complicarse por algo tan chico. Luego reacciono y digo:

—No se molesten, está bien así.

Jonás levanta el brazo sosteniendo el vaso ya vacío. Lizbeth lo toma, lo aprieta entre los dedos y lo observa un instante, antes de alzar la vista hacia mí:

—Yo lo llevo adentro —avisa.

Me doy la vuelta y empiezo a caminar de nuevo; Belén va a mi lado, acompañándome en silencio. Veo que baja la cabeza y mira de reojo mi herida, preocupada. Avanzo unos pasos y se me ocurre algo: me inclino, recojo algunas piedras lisas del suelo y las guardo en la mano.

—¿Para qué son? —me pregunta Belén.

—Para jugar a la payana y no aburrirme —le respondo con una media sonrisa.

Seguimos hasta donde yo estaba sentada antes, cerca de la puerta doble, un poco alejada del resto. Me siento en el suelo y ella se sienta a mi izquierda:

—¿Jugamos? —me propone. Asiento y dejo las piedras en el suelo, listas para empezar.

Era un juego antiguo, conocido por todos en el barrio: lanzaba una piedra al aire y, rápido, recogía las que estaban lejos; con el mismo movimiento tomaba las más cercanas y las juntaba en la mano antes de que cayera la que había lanzado. Jugamos unos minutos, hasta que de repente se acerca Átlas. Y en ese momento me vino todo a la mente:

Recuerdo: En la secundaria, ese día, se abrían las actividades de Juegos Didácticos. Él avanzó hacia mí: era alto, llevaba una campera gruesa de algodón rústico y capucha negra que le cubría parte del rostro. De pronto se dio vuelta y me miró con ojos color verde agua; lo observé bien: tenía granos en la cara y una pequeña hendidura en el mentón. En ese instante pensé en Elena Sara Weber: chica de quince años, alta y delgada, con cabello rizado castaño oscuro, piel morena clara, cejas arqueadas y ojos encapuchados marrón oscuro con pestañas largas, nariz respingona y labios de grosor medio, con hoyuelos en ambas mejillas. Ella se había burlado de mí llamándome "Atley", que era el apodo que le ponían a Átlas.

Fin del recuerdo.

Átlas se sienta frente a nosotras y pregunta con voz tranquila:

—¿Puedo jugar con ustedes?.

—Sí, claro —responde Belén sin dudar. Yo solo bajo la vista hacia mi rodilla y veo que sigue sangrando.

Él finge no notarlo, aunque alcanzo a ver su mirada rápida antes de dirigirla a las piedras que Belén lanza al suelo. El aire empieza a llenarse de ese olor a sangre: desagradable, con un toque dulce y pesado. Me alejo un poco más, separándome de ambos.

Átlas pierde el turno al no alcanzar una piedra a tiempo; luego me toca a mí: las recojo, las tiro, tomo una y la lanzo al aire, pero se me cae una y pierdo también. Le llega el turno a Belén, pero antes de que empiece apareció Lizbeth. Al escuchar pasos, las tres giramos: Átlas, Belén y yo, todos mirando hacia ella.

Está parada a mi lado, mirando hacia abajo: cejas levemente alzadas, ojos abiertos y brillantes, mirada fija, labios entrecerrados, brazos y manos al costado, piernas juntas. Parpadea, y al cabo de unos segundos dice:

—Alison, levántate; tengo que decirte algo.

Antes de ponerme de pie, escucho a Átlas preguntar con tono burlón:

—¿Qué tal estuvo la caída? —Lo miro bien: tiene los ojos entrecerrados, expresión de desprecio, labios curvados en una media sonrisa al burlarse de mí.

Le sostengo la mirada sin moverme: mi semblante es serio, cejas firmes pero relajadas, vista recta y tranquila, boca cerrada en línea recta, sin rastro de enojo ni de responder a su burla. Él baja la vista hacia mi rodilla sangrante, hace una mueca y se tapa la nariz con el brazo.

Me doy la vuelta despacio y me alejo de todos, mirando mi herida por última vez antes de irme.

^^^ Continuará❤️...^^^

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