Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.
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Capítulo 10
Valentina no contestó.
No porque no tuviera una respuesta. Le gustaban los animales. De niña había recogido perros flacos de la calle hasta que Abuelita Carmen le prohibió traer "un alma más con pulgas" a la casa. Había llorado cuando un gato viejo del mercado murió debajo de una banca. Había pintado ajolotes, pájaros, caballos de feria.
Pero lo que estaba detrás de esa puerta no sonaba como un animal.
Sonaba como una sentencia.
El rugido volvió a llenar el sótano. El hombre atado empezó a mover la silla con desesperación, golpeando las patas contra el piso.
—No, Pakhan. Por favor. Yo hablé. Ya hablé.
Nikolái miró a Valentina.
—Los traidores siempre hablan tarde.
—No haga esto —dijo ella.
La voz le salió baja, pero firme. Eso la sorprendió. Todavía tenía miedo. Mucho. Solo que había una parte de ella, necia y mexicana hasta la médula, que no soportaba ver a alguien suplicar frente a un hombre que podía detenerlo todo con una palabra.
—¿Esto?
Nikolái hizo una seña.
Sasha, desde el lateral del sótano, abrió un mecanismo en la pared.
La puerta pesada se deslizó.
Primero salió el olor: carne cruda, pelo, encierro limpio a la fuerza.
Luego una melena dorada.
Valentina retrocedió hasta chocar con el pecho de Nikolái.
El león era enorme.
No de zoológico, no de documental visto desde un sofá. En vivo, a tres metros, el animal ocupaba el mundo entero. Sus patas tocaban el concreto sin prisa. Tenía una oreja marcada, ojos ámbar y una cadena gruesa que se arrastraba detrás de él como si fuera decoración, no control.
—Zar —dijo Nikolái.
El león giró la cabeza hacia él.
Obedeció.
Eso fue peor.
Valentina sintió que se le aflojaba el estómago.
—Está loco —susurró.
—No. Está entrenado.
—Hablaba de usted.
Nikolái no se ofendió. Casi nunca se ofendía cuando ella esperaba que lo hiciera. La observó con esa calma de vidrio, como si quisiera ver cuánto tardaba en romperse.
El prisionero empezó a llorar.
—Se lo ruego. Tengo hijos.
Valentina dio un paso hacia adelante sin pensar.
—¡Basta!
Zar volteó hacia ella.
El sótano se quedó quieto.
Sasha levantó apenas el arma. Nikolái extendió una mano y la detuvo sin mirarla.
—No te muevas —le dijo a Valentina.
Ella no podía moverse aunque quisiera.
El león la olfateó desde lejos. Sus bigotes temblaron. Sus ojos pasaron por la bufanda de Dani, por su manga húmeda, por el brazo quemado que empezaba a doler con latidos profundos.
Nikolái frunció el ceño.
—Tu brazo.
—¿Ahora le importa?
—Siempre importó.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Valentina lo miró, descolocada un segundo.
El prisionero aprovechó ese instante para gritar. Zar giró hacia él y avanzó.
Valentina vio movimiento, dientes, la silla cayendo de lado.
No vio más porque el cuerpo se le rebeló.
Se dobló hacia adelante y vomitó.
El sótano giró. El rugido se mezcló con su propio pulso, con la voz de Abuelita Carmen rezando lejos, con Estambul, con la cuerda en las muñecas, con Dani saliendo de la comisaría sin poder verla.
—Valentina.
La voz de Nikolái sonó distinta.
Demasiado cerca.
Ella intentó respirar, pero el aire no entró. Las paredes se estiraron. El piso subió.
Lo último que vio fue a Nikolái sacar la pistola.
El disparo le partió el mundo.
Después, nada.
Cuando Valentina volvió a abrir los ojos, no estaba en el sótano.
Lo supo antes de enfocar. La cama era demasiado suave. El aire olía a jabón, madera de abedul y un perfume masculino que ya empezaba a odiar con precisión. Algo tibio le cubría el cuerpo.
Intentó incorporarse.
El dolor la dobló.
—No te muevas.
Nikolái estaba de pie junto a la cama, con la camisa arremangada y el cabello menos perfecto que antes. Tenía sangre seca en los nudillos. No supo si era de él, del prisionero o de alguna cosa que prefería no imaginar.
Valentina se arrastró hacia el respaldo, buscando distancia.
—¿Dónde está?
—En mi habitación.
—El león.
—Encerrado.
—El hombre.
Nikolái no respondió.
Valentina cerró los ojos.
—Dios.
—Sokolov viene en camino —dijo él.
—No necesito a su doctor. Necesito salir de aquí.
—Necesitas que te revisen el brazo.
Valentina abrió los ojos, furiosa.
—Me llevaste a un sótano con jaulas y un león, ¿y te preocupa mi brazo?
—Sí.
La sencillez le dio náusea otra vez.
—Eres imposible.
—Eso dicen.
—Deje de contestar eso.
Nikolái tomó una toalla húmeda de un recipiente sobre la mesa de noche. Se acercó. Valentina se tensó de inmediato.
Él se detuvo.
Fue pequeño, casi nada, pero se detuvo.
—Sudabas frío —dijo.
—Qué observador.
—Te voy a limpiar la cara.
—No.
—Valentina.
—Dije que no.
Nikolái miró la toalla como si fuera un arma nueva cuyo uso no terminaba de entender. Luego la dobló con torpeza y se la ofreció.
—Hazlo tú.
Valentina lo miró.
No confiaba en él. No iba a confiar en él. Pero tomó la toalla porque tenía la boca amarga, el cuello húmedo y un orgullo que no alcanzaba para rechazar agua limpia.
Se limpió la cara con la mano temblorosa.
Un golpe de cólico le arrancó el aire.
Nikolái se inclinó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No mientas.
—Estoy menstruando, ¿quiere un informe médico con dibujitos?
Por primera vez, Nikolái pareció verdaderamente perdido.
La puerta se abrió y entró un hombre de cabello oscuro con maletín médico. Andréi Sokolov tenía ojeras de alguien acostumbrado a ser llamado a horas indecentes y el rostro prudente de quien sabía no preguntar demasiado en esa casa.
—Pakhan.
—Revísala.
Sokolov se acercó a la cama.
—Señorita Solís, soy médico. Necesito ver su brazo y tomarle la presión. ¿Me permite?
Valentina agradeció el `usted` como si fuera una manta.
—Sí.
Nikolái dio un paso hacia la cama.
Valentina se encogió.
Sokolov lo notó. También Nikolái.
Durante un segundo, la habitación se quedó dura.
—Espere afuera —dijo Sokolov con una calma suicida.
Valentina miró al doctor, luego a Nikolái.
Nadie en esa casa parecía decirle a Nikolái lo que tenía que hacer.
Nikolái sostuvo la mirada del médico.
—No.
—Entonces al menos aléjese dos pasos. Está alterando a la paciente.
Valentina casi soltó una risa histérica.
Paciente.
No prisionera. No printsessa. Paciente.
Nikolái retrocedió dos pasos.
Sokolov revisó la quemadura, limpió la piel y aplicó una pomada fría que hizo que Valentina apretara los dientes. Después le tomó la presión, le revisó las pupilas y le hizo preguntas sencillas: nombre, edad, fecha aproximada, dolor del uno al diez.
—Shock, agotamiento, cólicos severos y quemadura superficial con zonas de segundo grado leve —dictaminó—. Necesita descanso, líquidos, analgésico y que nadie la exponga a más estrés.
Dijo lo último mirando a Nikolái.
—¿Por qué sigue quejándose de dolor? —preguntó él.
Sokolov parpadeó una vez.
—Porque tiene dolor.
—Ya le pusiste pomada.
—La pomada no cura los cólicos menstruales, Pakhan.
Valentina se tapó los ojos con la mano sana.
—Mátenme.
—No —dijo Nikolái.
Lo dijo tan en serio que Sokolov fingió acomodar el maletín.
—Además de analgésico, necesita calor local —añadió el médico—. Una bolsa térmica, té, comida ligera. Y productos de higiene.
Nikolái lo miró.
—¿Qué productos?
Sokolov abrió la boca. La cerró. Miró a Valentina como pidiendo permiso para existir en esa conversación.
Valentina se cubrió la cara con la mano sana.
—Toallas. Tampones. Cosas que medio planeta usa cada mes.
—Borís puede comprar.
—Borís no va a comprarme tampones.
—Entonces Sasha.
—Tampoco.
—Yelena.
Valentina bajó la mano.
—Prefiero usar hojas de árbol.
Sokolov tosió.
Nikolái no entendió la mitad del problema, pero sí entendió el rechazo.
—Katya —decidió.
—¿Quién es Katya?
—Mi hermana.
—¿Tiene una hermana y aun así sabe tan poco de mujeres?
Sokolov cerró el maletín con demasiada rapidez.
—Voy a dejar indicaciones por escrito.
Cuando el médico salió, Nikolái hizo otra llamada. Habló en ruso, corto, seco. Valentina solo entendió su propio nombre y una pausa larga al otro lado de la línea. Luego él añadió algo que hizo que la persona al teléfono soltara una carcajada tan fuerte que Valentina la oyó desde la cama.
Nikolái colgó con el ceño apretado.
—Katya vendrá mañana.
—¿Se rió de usted?
—No.
Valentina lo miró.
—Se rió muchísimo de usted.
—Duerme.
La orden no tuvo el mismo filo de siempre. Sonó más bien como el intento torpe de cerrar una conversación que acababa de perder.
Aun así, no se fue. Salió al baño, abrió cajones con ruido de hombre que jamás había buscado nada doméstico y regresó con una bolsa térmica demasiado llena. La envolvió en una toalla y la dejó sobre la cama, lejos de tocarle el vientre.
—Sokolov dijo calor.
Valentina la tomó con cautela. Estaba a buena temperatura.
Eso la molestó más que si hubiera estado hirviendo.
—Gracias —dijo, porque Abuelita Carmen la había criado con modales incluso para agradecerle a un criminal.
Nikolái pareció no saber qué hacer con esa palabra.
Después del medicamento, el cuerpo de Valentina empezó a rendirse. No quería dormir. Dormir en la habitación de Nikolái Vólkov era una estupidez. Pero el cansancio le pesaba en los huesos, y cada vez que intentaba mantener los ojos abiertos, el techo se movía.
Nikolái permaneció al otro lado de la habitación.
No la tocó.
No se fue.
La última vez que Valentina lo vio antes de hundirse otra vez, estaba sentado en un sillón junto a la cama, inclinado hacia adelante, con los codos sobre las rodillas y una manta doblada en el regazo como si no supiera dónde ponerla.
Al amanecer, abrió los ojos.
Lo primero que vio fue a Nikolái dormido en el sillón, la camisa arrugada, la mandíbula sombreada por cansancio y sangre seca todavía en los nudillos.
La manta estaba sobre ella.