Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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La bastarda que nadie vio venir
Y es aquí…
precisamente aquí… donde mi nombre comienza a tomar forma.
Sin invitación.
Sin corona.
Sin derecho alguno a reclamar un lugar en la historia.
Y, sin embargo… con sangre real ardiendo en mis venas.
Verán…
El primer rey de Liria fue un hombre generoso con el vino…
y aún más generoso con el amor mal entregado.
De uno de aquellos deslices nació mi madre.
Una princesa que jamás fue nombrada como tal.
Una hija relegada al olvido.
Un susurro que el palacio decidió sepultar.
Creció como si no existiera.
Y como si el destino hallara deleite en repetir sus propias tragedias, mi madre se enamoró de un hombre que prometía eternidades… y cumplió con desaparecer.
Yo fui el resultado de aquella ilusión rota.
Cuando yo tenía cinco años, la enfermedad la venció.
Antes de exhalar su último aliento, reunió el orgullo que aún le quedaba y buscó a su hermano… el actual rey de Liria.
Le pidió que me reconociera.
Que me protegiera.
Él no lo hizo.
En su lugar, me confió al cuidado del conde Alaric de Raventhal, con la intención de que creciera en la sombra… como servidumbre, no como sangre.
Fue su forma más pulcra de borrarme.
Mas la esposa del conde —la gentil y resuelta condesa Maelys— decidió alterar aquel designio sin pronunciarlo jamás en voz alta.
Ante la corte yo era solo “la niña acogida”.
Dentro de esas paredes… yo era familia.
Fue ella quien me enseñó a pulsar el clavicordio sin errar una nota, a bordar sin herir mis dedos, a caminar con la espalda erguida y la mirada serena, a administrar un hogar como si algún día fuese mío.
El conde Alaric, por su parte, era un hombre de silencios prolongados y palabras escasas.
Jamás me llamó hija.
Pero velaba por mí como si cada sombra del mundo pudiera amenazarme.
Y en ese gesto contenido… había más verdad que en cualquier juramento.
Alaric servía al rey y se encargaba de instruir a su hijo, Frédéric.
Yo tenía diez años cuando me atreví a cruzar el umbral del patio de armas.
—Yo también quiero aprender —dije, sin pedir permiso.
La condesa contuvo el aliento.
El conde me observó… como se observa a un soldado antes de decidir su destino.
—Que lo intente —ordenó.
Y así empezó.
Primero la espada.
Después el arco.
Y finalmente… mis fieles dagas.
Frédéric, tres años mayor que yo, hallaba diversión en subestimarme.
Yo hallaba placer en vencerlo.
Fue entonces cuando comprendí algo esencial:
Así aprendí que no necesito levantar la voz para hacer temblar a nadie.
Hace algunos años, la condesa Maelys partió de este mundo.
Y su ausencia dejó un vacío tan profundo que aún hoy la casa parece crujir bajo su recuerdo.
Ella fue la primera en llamarme hija… sin exigir sangre ni condición alguna.
Desde entonces, comprendí mi verdad.
No poseo trono.
No llevo un apellido legítimo.
Pero sostengo acero en mis manos…
y fuego en la mirada.
Y eso…
en ocasiones, pesa más que una corona.