Sofía lleva treinta años interpretando un papel: la mujer perfecta, eficiente, inquebrantable. Editora de textos, vive puliendo las palabras de otros mientras las suyas se pudren en un cajón. Cuando una humillación pública en su trabajo la obliga a enfrentar su fragilidad, comienza un viaje hacia el centro de sí misma. Entre la memoria de una niña que dibujaba espirales, el eco de su madre que también supo fingir, y la escritura de su propia historia, Sofía descubre que ser auténtica no es un destino, sino una decisión cotidiana. Una novela sobre máscaras, miedos y el acto rebelde de mostrarse.
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Capítulo 5: El eco de las palabras no dichas
Sofía llegó a la oficina al día siguiente con el cuaderno en el bolso y una sensación extraña en el pecho. No sabía cómo llamarla. Esperanza, quizá. O miedo. O la mezcla de ambas cosas que sentía cuando algo empezaba a cambiar sin que ella pudiera controlarlo.
El primer correo que abrió al sentarse fue de Darío.
"Sofía, he leído tu informe sobre la novela de García. Quiero que nos veamos esta tarde para hablar de ello."
Sofía sintió el corazón en la garganta. No sabía si era buena o mala noticia. Darío no había dado ninguna pista en el correo. Solo esa frase seca y profesional que tanto se parecía a las que ella misma escribía.
"No pienses en ello", se dijo. "Haz tu trabajo. Después veremos."
Pero era imposible no pensar. La mañana se alargó en una sucesión de páginas corregidas y correos respondidos que Sofía apenas recordaba haber hecho. Su mente estaba en otra parte. En la novela de García. En las palabras que había escrito. En la niña de las alas de colores que la miraba cada mañana desde la mesilla de noche.
A las doce, Carla apareció en su escritorio con dos tazas de café.
—Tienes cara de haber dormido mal —dijo, dejando una de las tazas frente a ella—. O de estar pensando demasiado.
—Las dos cosas —admitió Sofía, aceptando el café con una sonrisa agradecida—. Darío quiere verme esta tarde. Por lo del informe de García.
Carla abrió los ojos con sorpresa.
—¿Y no te ha dicho nada más?
—Solo que quiere hablar.
Carla guardó silencio durante unos segundos, y luego sonrió con astucia.
—Eso es bueno. Si no le hubiera gustado, te lo habría dicho por correo. Pero quiere hablar contigo en persona. Eso significa que le has llamado la atención.
Sofía no estaba tan segura, pero agradeció el optimismo de su amiga.
—¿Y si es para decirme que ha rechazado mi propuesta? —preguntó.
—Entonces habrás intentado algo —respondió Carla sin dudar—. Y eso ya es más de lo que hacías antes.
Sofía la miró durante un largo momento. Carla siempre había sido su apoyo silencioso, la única que parecía ver más allá de la Máscara. Pero nunca la había animado tan abiertamente a romperla.
—¿Qué te ha pasado, Sofía? —preguntó Carla, como si hubiera leído su pensamiento—. Desde el lunes eres diferente.
Sofía dudó. ¿Debía contarle lo del taller de escritura? ¿Lo de las lágrimas con su hermana? ¿Lo del dibujo que había encontrado en una caja olvidada?
—Estoy intentando... —empezó, y luego se detuvo—. No sé. Ser yo misma, supongo.
Carla sonrió, y en sus ojos brillaba una luz que Sofía no recordaba haber visto antes.
—Me alegra oír eso —dijo—. Llevaba años esperando que dijeras algo así.
Y sin añadir nada más, se fue a su escritorio, dejando a Sofía con el café en las manos y la pregunta flotando en el aire: ¿cuánto tiempo había estado esperando Carla que Sofía se atreviera a ser ella misma?
La tarde llegó demasiado rápido. Sofía pasó la hora del almuerzo en la cafetería de la editorial, sin probar bocado, repasando mentalmente lo que le diría a Darío. Tenía que estar preparada para cualquier escenario. Para el sí, para el no, para el "lo pensaré".
Pero cuando llamó a la puerta del despacho de Darío a las cuatro en punto, todas las palabras que había preparado se desvanecieron.
—Pasa —dijo la voz del editor jefe.
Sofía entró y se sentó en la misma silla de la vez anterior. Darío la miraba con una expresión que no conseguía descifrar.
—He leído tu informe —dijo, jugando con un bolígrafo entre los dedos—. Y tengo que decirte que me ha sorprendido.
—¿En qué sentido? —preguntó Sofía, sintiendo que su voz sonaba más tensa de lo que quería.
—En el sentido de que nunca habías mostrado tanto interés por un manuscrito —respondió Darío—. Normalmente, eres eficiente y precisa. Pero esto... esto tenía pasión. Y no sabía que tuvieras pasión por nada que no fuera la corrección gramatical.
Sofía no supo si eso era un cumplido o un reproche. Decidió tomarlo como lo primero.
—Es una novela que me ha llegado —dijo, y esta vez su voz sonó más firme—. Creo que tiene algo importante que decir. Y creo que merece la oportunidad de ser leída.
Darío asintió lentamente. Luego, dejó el bolígrafo sobre la mesa y se reclinó en su silla.
—El departamento de ventas no está de acuerdo. Creen que es demasiado triste, demasiado lenta, demasiado... incómoda.
Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Pero no hay espacio para historias así? —preguntó, y su voz temblaba ligeramente—. ¿Historias que no sean fáciles, que no se vendan como caramelos, que hablen de lo que duele?
Darío la miró durante un largo momento. Luego, para sorpresa de Sofía, sonrió.
—Esa es la pregunta que deberías hacerle al departamento de ventas —dijo—. No a mí.
Sofía parpadeó, confundida.
—¿Qué quiere decir?
—Que he hablado con ellos —explicó Darío—. Les he dicho que una de mis editoras defiende esta novela con uñas y dientes. Y que si quieren rechazarla, tendrán que escuchar por qué.
Sofía sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—¿Quiere decir que...?
—Que he programado una reunión para el viernes —dijo Darío—. Tú, yo, el departamento de ventas y la directora editorial. Vas a defender la novela delante de ellos. Si los convences, publicamos. Si no, no.
Sofía sintió un mareo. Defender la novela delante de todo el equipo. Hablar en público. Exponer su opinión. Era la cosa más aterradora que podía imaginar.
—Pero yo no sé... —empezó, pero Darío la interrumpió.
—Claro que sabes. Has escrito un informe brillante. Sabes de lo que hablas. Solo tienes que confiar en ti misma.
Sofía abrió la boca para protestar, pero las palabras no salieron. Darío se levantó, dando por terminada la reunión.
—Piensa en ello —dijo—. Y pase lo que pase, recuerda que has hecho algo que nunca habías hecho antes: luchar por algo en lo que crees.
Sofía salió del despacho con las piernas temblorosas y el corazón en un puño. Carla la estaba esperando en el pasillo, con una sonrisa nerviosa en los labios.
—¿Qué ha pasado?
Sofía respiró hondo y dijo:
—Tengo que defender la novela en una reunión el viernes. Delante de todo el equipo.
Carla abrió los ojos con sorpresa.
—¿Y vas a hacerlo?
Sofía dudó. Su primera reacción fue decir "no puedo". Pero luego recordó el taller de escritura. Recordó las palabras que había escrito. Recordó a la niña de las alas de colores.
—Sí —dijo, y esta vez su voz no tembló—. Voy a hacerlo.
Carla soltó una exclamación de alegría y la abrazó con fuerza. Sofía se quedó inmóvil unos segundos, sin saber cómo reaccionar. No estaba acostumbrada a los abrazos. No estaba acostumbrada a que alguien la animara.
Pero poco a poco, sintió que sus brazos se elevaban y devolvían el abrazo. Fue torpe, descoordinado, pero fue real.
—Esa es mi amiga —dijo Carla cuando se separaron—. La que llevaba años escondida.
Sofía sonrió. Era una sonrisa tímida, pero auténtica.
—No sé si podré —admitió—. Pero voy a intentarlo.
—Eso es lo único que importa —dijo Carla—. Intentarlo.
Esa noche, Sofía se sentó frente a su ordenador con el manuscrito de la novela de García abierto. No para corregirlo. Para leerlo. De verdad. Sin los ojos de la editora, sino los de la lectora.
"El jardín de las mariposas muertas", leyó en la portada.
Y mientras las páginas pasaban ante sus ojos, Sofía se fue sumergiendo en la historia. Una mujer que perdía a su hija. Un dolor que no sabía cómo nombrar. Un camino hacia la aceptación que no era bonito ni poético, sino áspero y real.
Cuando llegó al final, tres horas después, Sofía tenía lágrimas en los ojos.
No era perfecta. Tenía fallos. Pero era honesta. Era valiente. Era el tipo de historia que ella misma necesitaba leer.
Cogió su cuaderno y empezó a escribir notas para la defensa del viernes. No quería un discurso perfecto. Quería ser sincera. Quería que los demás sintieran lo que ella había sentido al leerla.
"Esta novela no es un producto", escribió. "Es un testimonio. Es una mano tendida a quienes han perdido algo y no saben cómo seguir adelante. Y si no la publicamos, estamos diciéndoles que su dolor no merece ser contado."
Cuando terminó de escribir, ya era medianoche. Sofía se estiró en la silla y miró por la ventana. Madrid seguía iluminada, ajena a su pequeño drama personal, ajena a la batalla que estaba librando dentro de sí misma.
En la mesilla de noche, la niña de las alas de colores la miraba con su sonrisa eterna.
—El viernes voy a hablar —le dijo Sofía en voz baja—. Voy a decir lo que pienso. Sin esconderme.
La niña no respondió, pero Sofía supo que, si pudiera, estaría orgullosa.
Apagó la luz y se acostó. No sabía lo que pasaría el viernes. No sabía si conseguiría convencer al equipo editorial. Pero sabía que, por primera vez en su vida, iba a intentarlo.
Y eso, pensó mientras cerraba los ojos, ya era un triunfo.