Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.
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Capítulo 5
Capítulo 5
Noche en el escritorio
El sábado por la noche, Valentina preparó una estrategia.
La estrategia consistía en abrir tres libros sobre el escritorio, colocar dos marcadores cerca de su mano, fingir que estudiaba con una concentración heroica y esperar a que Sebastián apareciera.
No era una estrategia muy sofisticada.
Pero el diario había sido claro.
"Pedirle que me ayude a estudiar hasta tarde y quedarme dormida en su escritorio."
Valentina miró el reloj. Las diez y veinte.
Sebastián no apareció.
A las diez y cuarenta, subrayó el mismo párrafo tres veces.
A las once, bostezó tan fuerte que casi se le salió una lágrima.
A las once y quince, la puerta de la biblioteca se abrió.
Sebastián entró con una bandeja. Traía fruta cortada, galletas saladas y un vaso de agua con miel. Se detuvo al verla sentada con la espalda muy recta y los ojos demasiado abiertos.
—¿Qué haces despierta?
Valentina agarró un marcador al azar.
—Estudio.
Él miró la página.
—Estás leyendo el índice.
—Es una parte importante del libro.
—Valentina.
—Estoy avanzando a mi ritmo.
Sebastián dejó la bandeja sobre la mesa y le quitó el marcador con una paciencia que parecía peligrosa.
—Tu ritmo está peleado con el sueño.
—No tengo sueño.
Un bostezo la traicionó de inmediato.
La esquina de la boca de Sebastián se movió.
Valentina señaló la bandeja para desviar la atención.
—¿Siempre haces esto?
—¿Traerte comida cuando estudias?
—Sí.
Él se sentó en el sillón junto al escritorio, no frente a ella.
—Cuando te acuerdas de comer, no.
—Entonces casi siempre.
—Casi siempre.
La naturalidad de la respuesta le hizo bajar la mirada.
Sebastián abrió una laptop sobre sus rodillas.
—Estudia media hora más. Después te acompaño a tu cuarto.
Valentina intentó leer.
De verdad lo intentó.
Pero la habitación se volvió demasiado silenciosa y Sebastián demasiado visible. La luz de la lámpara le marcaba el perfil: la nariz recta, las pestañas absurdamente largas para un hombre tan serio, la línea firme de la boca. Tenía el ceño apenas fruncido frente a un correo, pero cada pocos minutos miraba hacia ella para revisar si seguía despierta.
Valentina apoyó la mejilla sobre el brazo.
Solo un segundo.
Abrió un ojo.
Sebastián escribía con rapidez. En la pantalla había columnas, cifras, párrafos de contrato. Su mundo parecía enorme, lleno de dinero, decisiones y personas esperando una orden. Y aun así, estaba allí, sentado en la biblioteca a medianoche porque ella había decidido estudiar el índice de un libro.
"Dios mío, ¿cómo puede ser tan guapo?"
El pensamiento la golpeó sin permiso.
Valentina cerró el ojo de inmediato, avergonzada de sí misma.
No era solo el diario. No podía ser solo el diario.
El diario decía que ella lo quería. Pero lo que sentía al mirarlo ahora no venía de una página. Venía del modo en que él bajaba la voz cuando le hablaba. Del vaso de leche intacto que tal vez no se había tomado, pero sí había aceptado. De las manos que sabían cuándo sostenerla y cuándo soltarla.
Se quedó dormida de verdad.
Sebastián notó el cambio en su respiración.
Cerró la laptop.
Durante un rato no se movió. La miró dormir sobre el escritorio, con un marcador azul atrapado entre los dedos y una hoja pegada a la mejilla. Tenía la boca ligeramente abierta. Una línea de cabello le cubría un ojo.
—Eres un desastre —murmuró.
Pero su voz no tuvo reproche.
Le puso su saco sobre los hombros y se quedó en el sillón, revisando documentos desde el celular con el brillo al mínimo. Cada vez que ella se movía, levantaba la vista.
A la una de la madrugada, Valentina hizo un ruido incómodo. La posición debía estarle lastimando el cuello.
Sebastián se levantó.
—Vamos, mi niña.
La tomó en brazos.
Valentina despertó a medias, pero no abrió los ojos. Reconoció el calor antes que la realidad. El pecho de Sebastián estaba cerca de su cara. Su corazón latía firme, cerca de su oído.
Ella apretó los dedos en el cuello de su camisa.
Sebastián se detuvo.
—¿Estás despierta?
Valentina no contestó.
No porque quisiera engañarlo.
Bueno, quizá un poco.
Él siguió caminando.
La dejó sobre la cama con el mismo cuidado de siempre. Cuando se inclinó para acomodar la manta, los dedos de Valentina, medio dormidos y medio culpables, no soltaron su camisa.
Sebastián bajó la mirada.
Ella oyó su respiración. Un segundo más pesada. Después sus dedos pasaron por su cabello, desde la frente hasta la sien, tan despacio que el cuerpo entero de Valentina pareció recordar algo que la mente no tenía.
Quiso abrir los ojos.
No pudo.
O no quiso.
Sebastián retiró la mano.
—Descansa.
La puerta se cerró.
Valentina abrió los ojos en la oscuridad.
Tenía el corazón desbocado.
Al día siguiente, domingo, salió al jardín con una libreta de dibujo que Nana Carmen había encontrado en una repisa.
—Dibujabas mucho antes —le dijo la nana.
—¿Era buena?
—Cuando no te distraías mirando a quien no debías, sí.
Valentina levantó la vista.
—¿A quién miraba?
Nana Carmen se quedó callada un poco más de lo necesario.
—A la vida, niña. Tú siempre mirabas demasiado la vida.
Valentina entrecerró los ojos, pero no insistió. Se sentó bajo la bugambilia y empezó a dibujar sin pensar.
Primero fueron líneas torpes.
Luego una muñeca.
Después dedos largos.
Cuando se dio cuenta, había dibujado una mano masculina, grande, con nudillos marcados y una vena leve cruzando el dorso.
La mano de Sebastián.
Nana Carmen pasó detrás de ella con una canasta de ropa limpia. Vio el dibujo y suspiró.
—Ay, niña...
—¿Qué?
—Nada.
—Todos dicen nada en esta casa cuando quieren decir mucho.
La nana sonrió con tristeza.
—Entonces aprende a escuchar los nadas.
Desde la ventana de la biblioteca, Sebastián observaba.
Daniel llamó dos veces. El celular vibró sobre el escritorio. Sebastián no contestó.
Valentina inclinó la cabeza sobre la libreta y escribió debajo del dibujo:
"Las manos que me sostienen."
Al volver a su cuarto, buscó el diario para comparar la frase con aquella página de las manos grandes. Entre dos hojas encontró algo que no había visto antes: una fotografía vieja, doblada por una esquina.
La abrió con cuidado.
Dos figuras caminaban por El Malecón, de espaldas. La imagen estaba borrosa. Ella llevaba el cabello suelto. El chico a su lado usaba una chamarra oscura.
Podía ser Sebastián.
También podía ser Nico.
Valentina acercó la foto a la luz.
El corazón le dio un golpe seco.
No se quedó sentada. Bajó con la foto escondida dentro de la libreta y fue hasta el recibidor, donde colgaban algunos abrigos de uso diario. La chamarra oscura de Sebastián estaba allí, impecable, con el mismo corte recto y el mismo cuello alto.
Valentina rozó la manga con dos dedos.
—¿Buscas algo, niña? —preguntó Nana Carmen desde el pasillo.
Valentina cerró la libreta contra el pecho.
—Solo... quería saber si esto me sonaba.
Nana Carmen miró la chamarra. Luego miró la libreta.
—A veces las cosas suenan aunque no digan nada.
Eso no ayudó.
Ayudó menos cuando Valentina pasó por la sala y vio sobre el piano una fotografía antigua de Nico con una chamarra casi idéntica.
La de la foto del diario se parecía a una que Sebastián tenía en el armario del recibidor.
Y también a una que había visto, esa misma mañana, en una foto antigua de Nico sobre el piano de la sala familiar.
La verdad estaba ahí, a unos centímetros de sus dedos.
Pero la cara del muchacho no se veía.