Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.
Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.
Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.
Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.
Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.
Esta vez, la historia terminará de otra manera.
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La cabeza que no estaba escrita
Los tres días cayeron pesados, helados, sin que nadie supiera qué camino tomaría Lord Kael. Elara no habló de sueños, no habló de visiones. No dio explicaciones sobre cómo sabía lo que sabía. Desde la noche en que recordó cada detalle de la trama original, no había descansado: había recopilado cartas, comparado fechas, revisado contabilidades, seguido movimientos. Sabía exactamente dónde estaba la verdad escondida.
Cuando el sol se tiñó de rojo sobre las torres, Valerius entró en el salón del trono, escoltado por soldados imperiales. Su sonrisa era la de quien ya cuenta la victoria.
—El plazo termina —dijo, golpeando el pergamino con el dedo—. Entregad a Rian. O todo el clan será declarado traidor.
Lord Kael se puso de pie, con el rostro desgarrado por el conflicto. Dio un paso hacia su hijo, y por un instante pareció que el destino se cumpliría tal como estaba escrito. Pero entonces Elara habló. No con voz de súplica, ni de miedo. Con voz fría, medida, cargada de una certeza que heló la sangre de todos.
—No entregaremos al inocente —dijo, avanzando hasta el centro de la sala—. Porque el verdadero traidor no es él. Es el hombre que lleva años vendiéndonos, que orquestó cada mentira, que empujó a mi padre a esta decisión para quedarse con el poder cuando todos nosotros hubiéramos desaparecido.
Se giró lentamente hacia Brenan. El anciano retrocedió, pero su postura se tensó, revelando más de lo que hubiera querido.
—Tú —dijo ella, señalándolo sin vacilar—. Tú organizaste la emboscada del Valle Oscuro. Tú escribiste las cartas que el Imperio usó como prueba falsa contra Rian. Tú sembraste el miedo y la división en el consejo, convenciéndonos de que rendirnos era la única opción. Todo formaba parte de un plan: eliminarnos a nosotros, entregar la fortaleza, y ser nombrado señor de este clan por el Emperador.
—¡Es absurdo! —gritó Brenan, con voz quebrada—. ¡Una muchacha no puede inventar tales acusaciones sin una sola prueba! ¡Está loca!
—¿Sin pruebas? —Elara sacó varios pergaminos de su manto y los dejó caer sobre la mesa del consejo con un golpe seco—. Aquí están tus propias cuentas. Las monedas de oro imperial que recibiste, registradas con la fecha exacta de cada pago. Aquí, la carta que enviaste al Imperio detallando la ruta que tomaría Rian. Y aquí, tu última misiva, fechada ayer por la noche: «Entregad al hijo mayor y el resto caerá solo. Yo tomaré el mando.»
El silencio cayó sobre la sala como una losa. Nadie se movió. Brenan miró los papeles, y su rostro se descompuso por completo. Eran suyos. Su letra, su sello, su firma. No había negación posible.
—¿Cómo… cómo conseguiste esto? —balbuceó, pálido como la muerte.
—Porque sabía exactamente dónde buscar —respondió ella, sin explicar más. No dijo de dónde venía su conocimiento. No mencionó libros ni futuros. Solo lo miró a los ojos, fría, implacable—. Conocía cada paso que darías. Cada mentira que dirías. Cada crimen que cometerías. Y te seguí la pista hasta el final.
Brenan cayó de rodillas, olvidando su orgullo, suplicando con voz aguda:
—¡Piedad! ¡Soy anciano! ¡Me equivoqué! ¡Os lo ruego, perdonadme!
Los guardias se acercaron y lo tomaron de los brazos, arrastrándolo hacia la salida. Gritó, suplicó, prometió lealtad… pero Elara no se movió. No cambió su expresión. Lo miró con ojos duros, sin rastro de compasión, como quien observa algo sucio que se lleva para siempre. No dijo una palabra. No mostró ni un atisbo de duda. Ese silencio, esa frialdad absoluta, pesó más que cualquier sentencia.
Cuando se lo llevaron y las puertas se cerraron, Elara giró la cabeza lentamente hacia los miembros del consejo. Todos la miraban de forma distinta. Ya no era la chica dulce, la hermana pequeña, la que hablaba de sueños. Había algo nuevo en ella: una autoridad que no venía de nacimiento, sino de saber. De ver más allá. De controlar cada pieza del tablero antes de que nadie se diera cuenta. Y esa mirada… esa mirada les dio miedo.
Valerius, pálido y furioso, dio un paso atrás.
—Esto… esto no cambia nada —dijo, intentando recuperar su arrogancia—. El Imperio exige…
—Recibirás lo que se te debe —lo cortó ella, con voz cortante como el acero—. Una cabeza, tal como exigiste. Pero no será la de un inocente. Será la del traidor que tu propio bando pagó para destruirnos. Llévasela al Emperador. Y dile que el Clan Licano no entrega a los suyos. Entrega a los que nos traicionan. Y que si quiere venir por nosotros… que venga. Sabrá que aquí ya no hay sumisos. Hay quienes saben jugar su juego mejor que él.
Valerius la miró un instante más, vio en esos ojos fríos algo que no esperaba encontrar, y salió sin decir una palabra.
Lord Kael se acercó a su hija. Quiso hablar, quiso darle las gracias, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. La miraba con respeto, pero también con cautela. Ya no era su niña. Era algo más grande, más fuerte, más temible.
—¿Cómo lo supiste? —preguntó Rian, en voz baja, solo para ella—. ¿Cómo sabías cada detalle, cada movimiento, antes de que ocurriera?
Elara lo miró, y por un instante la frialdad se suavizó, solo un poco.
—No importa cómo lo supe —dijo—. Importa que lo evitamos. Que estás vivo. Que el clan sigue unido. Eso es lo único que importa ahora.
Pero en el fondo, todos sabían que algo había cambiado para siempre. La muchacha que conocían ya no existía. La que estaba frente a ellos veía lo que nadie más veía. Sabía lo que vendría antes de que ocurriera. Y esa clase de poder… inspiraba más que respeto. Inspiraba temor.
Fuera, la nieve seguía cayendo, pesada y eterna. El invierno eterno no se había detenido. El Imperio no perdonaría esta afrenta. La guerra estaba ahí, al otro lado de la frontera, preparándose para golpear con toda su fuerza. Pero dentro de la fortaleza, nadie dudaba ya. Porque sabían que, pase lo que pase, ella ya lo había visto antes. Y esa certeza, aunque aterradora, era su mayor fortaleza.