Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.
Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.
Hasta que un día dejó de aguantar.
Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.
Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.
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Capítulo 13
Los preparativos de la boda por fin empezaron. Tal como se había hablado, todo se haría de la manera más sencilla posible.
Una tarde, volvieron a reunirse para discutir el lugar de la ceremonia. Doña Carmen era la que más hablaba desde hacía rato. Se la veía entusiasmada organizando cada detalle.
—Usemos el salón comunitario que queda cerca de la casa —propuso rápidamente, sorbiendo su té—. Así la familia no tiene que gastar de más.
Valentina se quedó callada un momento. Sabía exactamente a qué salón se refería doña Carmen. Un edificio viejo junto al campo deportivo del barrio donde vivía don Eduardo. La construcción era modesta, la pintura de las paredes ya se había descolorido en varias partes. De día hacía un calor insoportable. Si se llenaba de gente, el aire no alcanzaba.
Valentina alcanzó a imaginar otro lugar. No un salón de lujo, pero al menos un sitio un poco más cómodo para la boda que solo tendría una vez en la vida. Pero antes de que pudiera abrir la boca, doña Carmen continuó:
—Lo importante es que la ceremonia sea válida.
Don Eduardo asintió.
—Exacto. No hay que exagerar.
Valentina le lanzó una mirada breve a Andrés. Él la observaba con ternura, esbozando una sonrisa pequeña. Y otra vez el corazón de Valentina se ablandó.
—Sí, señora —respondió Valentina al fin, en voz baja.
Rodrigo, sentado a su lado, giró la cabeza de golpe. Sus ojos querían protestar. Pero Valentina negó apenas con la cabeza, dándole a entender que no alargara la situación.
Después de esa reunión, Rodrigo no paró de quejarse.
—¡Eres demasiado complaciente con esa gente!
Valentina soltó una risa corta.
—¿Y a ti por qué te molesta tanto?
—¡Pues obvio! —bufó su primo—. ¡Una boda es una vez en la vida, Valentina!
Valentina sonrió apenas.
—Se trata de formar parte de una familia. Si desde el principio les llevo la contra en todo, me van a etiquetar de nuera rebelde.
—¡Pero no te dejes pisotear!
Valentina lo miró con calma.
—No pasa nada, mientras sea tolerable.
Y en aquel momento Valentina de verdad sentía que no pasaba nada. Porque para ella, mientras pudiera vivir al lado de Andrés, toda esa sencillez era un precio menor.
Así que siguió todas las decisiones de la familia de Andrés sin chistar. Desde el salón, hasta el banquete tipo bufet, la decoración del estrado nupcial... todo fue modesto. Incluso el número de invitados se limitó para no gastar demasiado.
A pesar de que la boda fue así de sencilla, Valentina se sintió inmensamente feliz.
El día de la boda de Valentina y Andrés finalmente llegó. Desde temprano, el salón comunitario ya estaba lleno de gente. Filas de sillas de plástico se alineaban en hileras largas. En una esquina giraba un ventilador industrial tratando de espantar el calor.
La decoración era simple. Pocas flores. El estrado pequeño, la iluminación ordinaria. Algunos invitados se abanicaban con lo que tenían porque el lugar estaba sofocante.
Pero a Valentina no le importaba nada de eso. Detrás de su velo blanco sencillo, la sonrisa no se le había borrado en toda la mañana. Las manos le temblaban de los nervios. El corazón le latía con fuerza mientras esperaba sentada a que comenzara la ceremonia.
Entonces su mirada se encontró con la de Andrés. Él llevaba un traje modesto color crema. No era ostentoso, pero a los ojos de Valentina se veía guapísimo. Desde hacía rato, Andrés le sostenía la mano con firmeza, como queriendo asegurarse de que ella estaba realmente ahí, a su lado.
Cuando Andrés pronunció los votos, las lágrimas de Valentina cayeron sin aviso. El pecho se le llenó de algo que no cabía. Debería haberle dado vergüenza llorar frente a tanta gente, pero en ese instante la emoción era demasiado grande para contenerse.
Andrés volteó hacia ella con una sonrisa aliviada. Le apretó la mano más fuerte.
En ese momento, Valentina creyó de verdad que era la mujer más feliz del mundo. No le importaba que el salón fuera humilde. No le importaba que la decoración fuera corriente. No le importaba que los regalos fueran modestos. Porque en ese momento estaba convencida de que el amor entre ellos bastaba para que todo se sintiera perfecto.
Pero ahora, después de tantos años, Valentina empezaba a notar cosas que antes no se había detenido a pensar.
Detalles que en su momento pasó por alto porque estaba demasiado ocupada amando a Andrés. Detalles que ahora se le aparecían con una claridad dolorosa. Uno de ellos tenía que ver con su propia boda.
Cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de algo que le apretaba el pecho. Su boda había sido muchísimo más modesta que la de Luciana.
Cuando Luciana se casó cinco años atrás, doña Carmen se había transformado en otra persona. Se desvivió organizando todo con un entusiasmo desbordante.
—La decoración tiene que ser elegante, nada de cosas corrientes.
—La comida tiene que ser completa, con botanas y bebidas frescas.
—El vestido de novia tiene que ser bonito.
—Las invitaciones no pueden ser pocas.
Todo tenía que verse digno. Todo tenía que lucir bien ante los demás.
Y lo que más recordaba Valentina era que Andrés terminó gastando una fortuna para ayudar con la boda de su hermana. Cinco mil quinientos dólares sacados de los ahorros que eran de ambos.
En aquel momento, Valentina no protestó porque Luciana era la única hija mujer de don Eduardo. Incluso ayudó a elegir los recuerdos y a encargarse de varios detalles de la ceremonia.
En el fondo, una pregunta pequeña le había asomado: ¿por qué su propia boda no fue tratada así? Pero una vez más eligió callarse. Porque en ese entonces todavía pensaba que quizá las circunstancias habían sido diferentes.
Hasta ahora, con la boda de Gabriel en puerta.
La misma historia empezaba a repetirse.
La diferencia era que esta vez doña Carmen no podía manejar todo a su antojo. Porque la familia de Rosario resultó ser distinta. No eran una familia adinerada, pero tenían dignidad y opinión propia.
Los futuros consuegros de doña Carmen querían una fiesta animada. Querían que su hija se casara con decoro y con alegría. Aunque no fuera en un salón de eventos, la decoración tenía que ser bonita. La fiesta tenía que estar llena de gente. Y eso, en silencio, le incomodaba a doña Carmen.
Una noche, mientras discutían los preparativos, la mujer empezó a refunfuñar.
—¿Para qué hacer una fiesta tan grande? —dijo, pelando una fruta—. Lo importante es que sea legal.
El tono le salió molesto.
Don Eduardo escuchaba sin decir nada. Luciana tecleaba en su celular y de vez en cuando asentía con la cabeza.
Valentina, sentada en el sofá, bebía su té despacio. El calor del líquido le supo amargo en la lengua. Porque esa frase le resultaba terriblemente conocida. Años atrás, las mismas palabras se habían usado para ella.
Lo importante es que sea legal. No hay que gastar de más. Somos una familia sencilla.
Pero ahora se daba cuenta de que no todo el mundo estaba dispuesto a ceder como ella lo hizo en su momento. La familia de Rosario no aceptaba que los trataran sin consideración. Querían que su hija fuera valorada.
Ver eso le revolvió el corazón a Valentina. Una mezcla de envidia, tristeza, y risa amarga por su propia ingenuidad de años atrás.
Porque en aquel entonces ella ni siquiera se atrevió a pedir nada, para no convertirse en una carga para Andrés y su familia. Y precisamente por eso, todos asumieron que siempre aceptaría lo que le dieran sin quejarse.