Él dijo que era la peor novela que había leído.
El universo decidió convertirlo en protagonista.
Johan Libert tenía una misión sencilla: entrar en una novela, demostrar que la historia era absurda y salir victorioso.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de criticar públicamente una historia por ser “incoherente”, Johan despierta en un mundo donde existen alfas, betas y omegas.
Y descubre algo todavía peor.
Él es un omega.
Para regresar a su mundo deberá cumplir una condición completamente ridícula: conquistar al hombre que el sistema ha elegido como su pareja destinada.
Un alfa frío. Poderoso. Terriblemente atractivo.
Y, para desgracia de Johan…
completamente obsesionado con él.
—¡Esto no tiene sentido! —grita Johan.
El sistema responde:
[Corrección detectada.]
[El protagonista acaba de enamorarse.]
—¡YO NO ME ESTOY ENAMORANDO!
[Negación registrada.]
[Nivel de enamoramiento: 87 %.]
Ahora Johan tendrá que sobrevivir a un romance que jamás pidió.
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Lo que se interpone, desaparece
La camioneta frenó en medio del bosque, lejos de todo. Lo bajaron a empujones, cayendo de rodillas sobre la tierra húmeda y fría. Jessica estaba allí, de pie, con una pistola en la mano y una sonrisa cruel.
—Aquí termina todo —dijo ella, acercándose—. Adrián no vendrá. No le importas lo suficiente. Eres solo un juguete, un omega más. Y cuando sepa que desapareciste… volverá conmigo.
Johan se puso de pie despacio, con las manos atadas, el corazón golpeándole el pecho.
—Te equivocas. Él no es tuyo.
—¡Cállate! —gritó ella, alzando el arma—. ¡Adiós, putito!
En ese instante, un coche se detuvo detrás de ellos. Adrián bajó, impecable, sin una sola arruga en su ropa. Su rostro era impasible, frío como el hielo. No corrió. No gritó. Caminó despacio, con paso firme, como si estuviera llegando a una reunión de negocios.
Jessica sonrió, triunfante.
—¡Adrián! ¡Llegaste! ¡Lo tengo aquí! Ya lo voy a terminar, y…
Él la miró. No a ella. Ni a Johan. Miró el paisaje, aburrido.
—¿Terminar qué? —su voz fue plana, sin emoción.
—¡A él! —señaló a Johan con el arma—. ¡Lo voy a matar! ¡Acaso no te importa nada de lo que tenemos, de lo que somos! ¡Acaso no te importa él?
Adrián soltó una risa seca, sin humor.
—¿Él? —Miró a Johan un instante, como si lo viera por primera vez—. Un omega va, otro omega toma su lugar. No es tan difícil de reemplazar. Tú lo sabes bien.
Johan sintió que el aire se le escapaba del cuerpo. Lo miró, esperando que dijera algo, que lo mirara de verdad. Pero los ojos de Adrián estaban vacíos.
Jessica frunció el ceño, confundida.
—¿Qué… qué dices? ¿No lo vas a salvar? ¿No te importa?
—¿Debería? —Se encogió de hombros, indiferente—. Tú te creíste más importante de lo que eras. Él también. Los dos pensaron que podían cambiar las reglas. Quien se interpone en mi camino… desaparece. Es simple.
—¡No! —gritó ella, perdiendo el control—. ¡Yo soy tu prometida! ¡Nosotros tenemos un vínculo! ¡Tú me debes!
—Te debo nada —la cortó él, helado—. Tú te creíste dueña de mi tiempo. Te equivocaste. Y ahora… pagas el precio.
Hizo una señal a los guardias. Dos hombres aparecieron entre los árboles, tomaron a Jessica por los brazos antes de que pudiera reaccionar. Ella forcejeó, gritó, apuntó con el arma, pero le quitaron el arma con facilidad.
—¡No! ¡Suéltame! ¡Adrián, no me hagas esto! ¡Te destruiré! ¡Le diré a todo el mundo quién eres! —gritó ella, aterrorizada.
Adrián se acercó a ella, inclinándose hasta su oído, con una calma que daba miedo.
—Tú querías ser importante. Pues lo serás. Entréguenla al viejo Cadius —dijo, sin levantar la voz—. Ese viejo necesita una mujer fuerte en su cama. Y tú… pareces muy entusiasta. Seguro que lo harás muy feliz.
—¡NO! ¡POR FAVOR! ¡NO! —Jessica palideció, luchando con todas sus fuerzas—. ¡MATA ME ANTES! ¡CUALQUIER COSA MENOS ESO!
—Tú elegiste jugar —respondió él, enderezándose y dándole la espalda—. Ahora acepta las consecuencias.
Se la llevaron, sus gritos desvaneciéndose entre los árboles. Adrián no se giró. No mostró ni un ápice de remordimiento.
Entonces se giró hacia Johan, que seguía de pie, atado, temblando, con el alma hecha pedazos. Se acercó despacio, lo tomó por la barbilla con brusquedad, sin ternura, sin calidez. Solo posesión.
—Y tú… —murmuró, escaneándolo con la mirada—. Crees que por ser mi omega tienes derecho a esperar cosas de mí. ¿Crees que mereces que te salve?
—Yo… no… —susurró Johan, sin voz.
—No esperes nada que no te dé —lo soltó de golpe, casi haciéndolo caer—. Te quiero aquí. Me gustas. Eres útil. Pero no te confundas. Yo tomo lo que quiero. Lo que se interpone… desaparece. ¿Quedó claro?
Johan asintió, con la garganta cerrada.
—Claro.
—Bien. —Le cortó las cuerdas de un tajo seco—. Vamos. No tengo todo el día.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el coche, sin esperarlo. Johan se frotó las muñecas, sintiendo el frío de la soledad más pesado que antes. Lo siguió, sabiendo una verdad que le dolía más que cualquier golpe: no era amado. Era poseído. Y eso era todo lo que obtendría.
[⚠️ VÍNCULO: 100% — COMPLETO.]
[NO HAY DECLARACIÓN DE AMOR. NO HAY CAMBIO.]
[Tu lugar es a su lado… pero nunca en su corazón.]
Subió al coche. Adrián no lo miró. Arrancó, dejando atrás el bosque, los gritos de Jessica, y cualquier esperanza de que él fuera diferente. El motor rugió, y con él, la certeza fría: él no cambiaría. Y él no lo salvaría. Porque Adrián Valmont no salva. Solo posee.