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Cien Años Para Encontrarte

Cien Años Para Encontrarte

Status: En proceso
Genre:Maldición / Amor eterno / Reencuentro
Popularitas:860
Nilai: 5
nombre de autor: (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。

Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.

NovelToon tiene autorización de (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Perdiendo el Control

Días después de aquel acuerdo en el taller, Charlotte y Elara caminaban juntas bajo el sol de la mañana hacia la joyería de la esquina. Elara cargaba su libreta de notas y su cinta métrica, tratando de sacudirse los nervios de tener que atender a un cliente que su propia jefa había descrito como un hombre «ermitaño».

Mientras tanto, en el piso superior del establecimiento, la situación era completamente distinta. Gideon acababa de colgarle el teléfono a Beltrán, quien seguía en una junta eterna en el otro extremo de la ciudad. Ese día, la cabeza parecía estallarle; sentía una presión insoportable detrás de los ojos.

Sin tocar, sin pedir permiso y rompiendo el estricto protocolo de privacidad del lugar, la puerta de su oficina se abrió de golpe.

Charlotte entró con paso firme, como si el lugar le perteneciera por completo, decidida a darle la sorpresa a su "hermano".

Elara, en cambio, se quedó un paso atrás, esperando en el pasillo a ser anunciada formalmente, completamente ajena al torbellino de mal humor que estaba a punto de desatarse dentro de esa habitación.

Gideon ni siquiera la miró. Se limitó a masajear las sienes, con la mandíbula tensa.

—¿No deberías estar en tu prueba de vestuario? —escupió él, sin ocultar el fastidio en su voz.

—Ab... hermano, te traigo a la modista. Es extraordinaria, vino a tomarte las medid...

—Charlie, lárgate. No es un buen momento —la cortó en seco.

—Pero solo serán cinco minutos, Gideon, si tan solo la dejas...

—¡Dije que no! Ya tengo mi sastre personal y no necesito que nadie me tome nada —bramó con una voz ronca, cargada de una furia contenida—. ¡Sal de aquí ahora mismo!

—Ella es una profesional, y...

—¡Me importa un demonio quién sea! —explotó Gideon, poniéndose de pie de golpe y golpeando el escritorio con la palma de la mano—. ¡Mira, Charlie, ya estoy hasta el cuello de tus intromisiones! ¡No me interesa esa modista, ni ella, ni ninguna otra maldita mujer sobre la faz de esta Tierra! ¿Te queda lo suficientemente claro o te lo tengo que deletrear? ¡Sácala de aquí!

Gideon continuó regañando a Charlotte con una severidad implacable.

Afuera, justo al otro lado de la puerta que había quedado entornada, Elara se quedó completamente de piedra. Las palabras de aquel hombre la golpearon como una bofetada helada, tiñéndole las mejillas de una mezcla de humillación y rabia. Tragó saliva y dio media vuelta; no necesitaba que nadie la echara, ella misma se marchaba de ese lugar. Pero antes de alcanzar las puertas de la salida, Francis la frenó al ver su rostro desencajado.

—Señorita, ¿se encuentra bien? ¿Pasó algo con el señor Huxley?

Elara forzó una sonrisa, conteniendo la respiración para que no se le quebrara la voz ante el hombre.

—Eh... Señor, por favor... ¿Podría decirle a la señorita Huxley que tuve una emergencia y tuve que retirarme? Gracias.

Sin esperar una respuesta, Elara empujó las puertas saliendo a la calle con desesperación, deseando que la tierra la tragara y jurándose a sí misma que jamás volvería a poner un pie en esa maldita joyería.

Pocos segundos después, Charlotte salió apresurada al pasillo, pero Elara ya había desaparecido. Frustrada, regresó a la oficina y clavó la mirada en su abuelo.

—Abuelo... No tenías por qué ser tan cruel.

—Charlotte, no sigas —respondió él, volviendo a sentarse y pasándose una mano por el rostro.

—Estamos solos, y para que lo sepas, no estaba jugando a la casamentera. Solo quería obsequiarte un traje de buena calidad —declaró Charlotte, cruzándose de brazos con indignación—. Lamento mucho haberte molestado.

Gideon soltó un largo suspiro. El remordimiento comenzó a asentarse en su pecho al darse cuenta de que se había excedido de mala manera. Él no era un hombre dado a perder los estribos ni a gritar. Pero últimamente, el dolor de cabeza y el cansancio por las constantes pesadillas lo tenían al límite de sus fuerzas.

—Supongo que deberé disculparme con ella más adelante —admitió Gideon en un murmullo cansado.

Charlotte lo miró de arriba abajo, frunciendo el ceño con extrañeza.

—Más te vale. Y dime una cosa... ¿desde cuándo tu vocabulario se volvió tan vulgar? Tú no eres así.

Gideon guardó silencio. Su nieta tenía razón: él siempre había sido un caballero serio, y de una educación rigurosa heredada de otra época. Aquella pérdida de control solo demostraba que algo dentro de él se estaba quebrando.

...

Al regresar al taller, Elara entró directa a su cubículo sin mediar palabra con nadie. Quería enterrar lo ocurrido en la joyería bajo capas de trabajo, así que tomó los patrones y se dispuso a cortar. Sin embargo, mientras más intentaba concentrarse en las costuras, más trabajo le costaba dominar sus propias manos. Los dedos le temblaban, primero se le resbalaron las tijeras, golpeando el suelo con un chasquido, al intentar marcar un dobladillo, la tiza se le partió en dos por aplicar demasiada fuerza; y, por si fuera poco, las telas de seda parecían resbalarse del mostrador por sí solas ante su torpeza.

Mila, que la observaba desde hacía unos minutos, notó los movimientos bruscos y el rostro visiblemente molesto de su amiga. Dejando a un lado lo que estaba haciendo, se acercó con cautela a su cubículo para averiguar qué demonios había sucedido en esa bendita joyería.

—¿Estás bien, Eli? —preguntó Mila con suavidad, apoyándose en la entrada del cubículo.

—Sí, no te preocupes —respondió Elara sin levantar la vista, barriendo con brusquedad los trozos de la tiza rota sobre la mesa.

—Voy por café.

Mila se dio media vuelta de inmediato y caminó por el pasillo hasta la máquina expendedora. Tomó dos tazas humeantes y regresó al cubículo a los pocos minutos, dejando una de ellas cerca de la mano de su amiga.

Elara jamás se quejaba de sus clientes. Poseía una paciencia de oro y una ética intachable; nunca ponía mala cara en el taller, ni siquiera cuando le tocaba lidiar con personas sumamente caprichosas. Sin embargo, el desplante de esa mañana había sobrepasado su límite. Elara tomó la taza de café, miró a Mila a los ojos y abrió la boca, dispuesta a desahogarse. Pero antes de que pudiera pronunciar la primera palabra, la silueta de Diora apareció en el pasillo, buscándola con la mirada.

Se acercó a ellas con una sonrisa radiante, desbordando el entusiasmo que la caracterizaba cada vez que cerraba un trato con clientes distinguidos.

—¡Elara, querida! Dime, ¿cómo te fue con el hermano de Charlotte? ¿Pudiste tomarle las medidas básicas para el diseño? —preguntó, juntando las manos con emoción.

Elara sintió que el estómago se le comprimía por completo. Se vio obligada a tragar su orgullo a toda prisa e inventar una excusa convincente que protegiera su profesionalismo.

—Señora Diora, yo... —comenzó, forzando la voz para que sonara lo más natural posible—. En realidad surgió un imprevisto de última hora. Y me vi en la necesidad de retirarme antes de poder verlo.

Diora parpadeó, desconcertada por la respuesta. Sin embargo, al mirar de reojo a Mila, que seguía estática sosteniendo su taza de café, y notar la rigidez en los hombros de Elara, la dueña del estudio percibió de inmediato el pesado ambiente que flotaba en el aire. Su sonrisa se desvaneció un poco, reemplazada por una mirada analítica.

—¿Están seguras de que no pasó nada con la familia Huxley? —preguntó Diora con tono serio, cruzándose de brazos—. Noto mucha tensión entre ustedes dos.

Elara sostuvo la mirada de su jefa y asintió con una firmeza que no sentía en absoluto.

—Está todo bien, señora Diora. De verdad, no se preocupe por nada.

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