Amanda fue regalada a la familia Smirnov para saldar las deudas de su padre, Vladimir Smirnov el patriarca intenta entregarla a su hijo para por fin tener un nieto, pero no todo sale como lo esperaban: un romance apasionado y el secreto del heredero de la familia.
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Capítulo 16: Confesiones en la penumbra
La única luz que iluminaba el estudio provenía de los restos de leña en la chimenea, proyecciones de sombras danzantes sobre las paredes cubiertas de libros. El sonido de la lluvia repiqueteando contra los ventanales creaba una atmósfera de absoluto aislamiento.
Alek permanecía recostado en el sofá de cuero, con la corbata aflojada, el primer botón de la camisa abierto y los ojos fijos en el techo. Amanda estaba sentada a su lado, sosteniendo una toalla húmeda con la que le limpiaba suavemente el sudor de la frente y el cuello.
—Deberías ir a dormir a tu cama, Alek —dijo ella con voz suave—. Mañana vas a tener un dolor de cabeza espantoso.
—No quiero ir a la cama —murmuró Alek. Su voz no era la del jefe dominante, sino un susurro quebradizo—. Si voy a la cama... empiezo a pensar. Y no quiero pensar.
Amanda se detuvo por un segundo. La curiosidad y el afecto profundo que sentía por él le oprimieron el corazón.
—¿En qué piensas cuando estás solo, Alek? —preguntó.
Alek soltó una risotada amarga, sin alegría. Se giró hacia ella, apoyando el codo en el respaldo del sofá y mirando el rostro delicado de Amanda.
—En la trampa que es mi vida —dijo él, mezclando palabras en ruso y español—. Todo el mundo piensa que ser Aleksandr Smirnov es una bendición. Tengo dinero para comprar ciudades, tengo poder, hombres que mataría por una orden mía... Y mi padre... mi padre cree que el único problema en mi vida es que soy un terco que no quiere darle un nieto.
Amanda lo escuchaba en absoluto silencio, midiendo cada una de sus palabras. Sabía que esta era la oportunidad para entender las grietas en la armadura del hombre que la había fascinado desde el primer instante.
—Tu padre solo quiere ver la dinastía continuada —comentó Amanda con prudencia—. Aunque sus métodos sean desastrosos.
—¡Mis métodos no son el problema! —exclamó Alek con un chispazo de rabia frustrada, golpeando el cuero del sofá—. El problema soy yo, Amanda. Yo soy el fallo en la ecuación.
—¿A qué te refieres?
Alek la miró fijamente. Sus ojos azul verdoso brillaban con un dolor tan profundo y visceral que Amanda sintió un nudo en la garganta.
—¿Nunca te has preguntado por qué un hombre de veintiocho años, con todo el poder y la posición que tengo, no tiene una esposa? ¿Por qué no tengo una amante oficial? ¿Por qué mi padre tiene que arrastrar mujeres a esta casa como si fuera un mercado de ganado?
Amanda trago saliva.
—Pensé... pensé que simplemente no habías encontrado a la persona adecuada. O que estabas demasiado enfocado en los negocios.
Alek se pasó las manos por el rostro, dejando escapar un suspiro que pareció arrancarle el alma.
—Ojalá fuera eso —dijo en un susurro cargado de vergüenza y confesión—. Ojalá fuera tan simple como una cuestión de agenda. La verdad es mucho más patética, Amanda. Mucho más humillante para el gran heredero Smirnov.
Alek se incorporó un poco, acercándose a ella. El olor a vodka y a su masculinidad abrasadora llenó el espacio entre los dos.
—Te lo voy a decir porque el vodka me está matando el orgullo esta noche —murmuró él, mirándola directamente a los ojos—. Te lo voy a decir porque eres la única persona en esta maldita casa que no me mira con miedo ni con avaricia.