Daniel siempre decía que su superpoder era encontrarle el chiste a cualquier tragedia. Si se quemaba la cena, era "una oportunidad para probar el carbón gourmet". Si llovía a cántaros y se inundaba la calle, "un parque acuático gratuito". Sonreír era fácil. Era su escudo, su forma de mantener el mundo a una distancia segura donde nadie pudiera ver lo que realmente guardaba en el pecho
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Capítulo 17: El arte del disimulo
A Daniel las manos le temblaban tanto que temía rebanarse un dedo con el cúter. El eco de los pasos de Martín todavía retumbaba en el suelo de concreto del taller, pero el verdadero terremoto estaba ocurriendo dentro de su pecho.
Había estado a un milímetro de besar a Alex sobre el restirador, a plena luz del día, en un salón donde cualquiera de la facultad de Arquitectura pudo haber entrado.
«Maldición, Alex... de verdad me vas a matar», pensó Daniel, clavando la mirada en el cartón como si su vida dependiera de encontrar un error en el plano de Estructuras.
—¡Qué onda, muchachos! —exclamó Martín, dejando caer su pesada mochila sobre la mesa de al lado con un golpe seco que hizo saltar un par de escalímetros—. De verdad, el distribuidor vial estaba colapsado. Si no apruebo esta entrega, le voy a echar la culpa al departamento de tránsito. Oigan, ¿están bien? Tienen una cara rara.
Daniel sintió que se le congelaba la sangre. Forzó a sus músculos a relajarse, activando su escudo protector a la velocidad de la luz. Se giró hacia Martín con su sonrisa más ruidosa y dramática, aunque sentía las orejas tan calientes que estaba seguro de que brillaban en la oscuridad.
—¿Cara rara? Por favor, Martín, esta es la cara del genio incomprendido antes de la entrega final —soltó Daniel, soltando una carcajada ligera para disimular la agitación de su respiración
—. Lo que pasa es que Alex estaba intentando convencerme de que use pegamento blanco en vez de silicón líquido para los perfiles. Casi nos agarramos a golpes por tus crímenes contra el diseño arquitectónico, ¿verdad, Al?
Daniel miró de reojo a Alex, suplicándole con la mirada que le siguiera la corriente. Alex seguía apoyado contra el borde de la mesa, completamente relajado, mirándolo con esos ojos oscuros cargados de una diversión felina que a Daniel le resultaba tan irresistible como exasperante.
—Sí, Martín. Daniel se pone muy sensible cuando se trata de maquetas —respondió Alex con total tranquilidad, cruzándose de brazos—. Pero ya lo controlé. No te preocupes.
—Vaya, menos mal —dijo Martín, sacando sus planos sin notar el espeso magnetismo que todavía flotaba en el aire—. Porque si se pelean ustedes, ¿quién me va a pasar los cálculos de las vigas? Anda, Dani, revisa esto antes de que venga el profesor.
Daniel se volvió hacia la mesa de Martín, fingiendo concentrarse en los planos de su compañero, pero la verdad era que no podía registrar una sola línea de cimentación. El juego de Alex lo había dejado completamente desarmado.
Sabía que mientras estuvieran en la universidad con Martín al lado, tendría que mantener la fachada de siempre, pero el roce invisible que Alex mantenía con la punta de su zapato bajo la mesa le recordaba que la tregua duraría muy poco
Había pasado una semana desde el caótico encuentro en el taller de maquetas, y las cosas entre ellos se habían convertido en un delicioso y silencioso estira y afloja.
Daniel seguía intentando mantener cierta distancia cuando estaban en público, refugiándose en su papel de mejor amigo protector. Pero Alex se había propuesto derribar esa barrera por completo. Y hoy, la oportunidad perfecta se presentó en el peor —o mejor— momento posible.