Durante tres años, Renata fue la esposa perfecta: dulce, callada y obediente. Se casó con Adrián por la última voluntad de su abuelo y se aferró a la ilusión de que, algún día, ese matrimonio frío se llenaría de amor. Aguantó los desprecios de su suegra, las burlas de la amante que vivía bajo su mismo techo y la indiferencia de un marido que nunca la miró de verdad. Hasta que, la misma noche en que iba a darle la noticia más feliz de su vida, todo se derrumbó de la manera más cruel.
La Renata mansa murió esa noche. La que volvió del hospital es otra mujer: elegante, gélida e implacable. Ya no suplica. Ahora cobra.
Con una fortuna oculta, un aliado tan letal como devoto y una paciencia de hielo, Renata empieza a desmontar, pieza por pieza, el mundo de quienes la humillaron. Pero mientras la venganza avanza, un hombre que la ha protegido en silencio durante años comienza a derretir la coraza que ella juró no volver a bajar jamás.
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Capítulo 3. El aborto
—Ugh...
Un gemido apagado se escapó de los labios pálidos de Renata mientras sus párpados se abrían despacio. El olor penetrante a medicamentos le atravesó de golpe el olfato. El pitido constante del monitor cardíaco le rebotaba en los oídos.
Renata gimió débilmente y se llevó la mano a la cabeza, envuelta en un grueso vendaje. Le palpitaba con un dolor punzante, como si acabaran de golpearla con un mazo de hierro. Y no solo la cabeza: todas las articulaciones del cuerpo le dolían como si se las hubieran hecho añicos.
—Gracias a Dios que despertó, señora.
Una voz suave hizo que Renata girara la cabeza con enorme esfuerzo. Un hombre de mediana edad, con la bata blanca típica de los médicos, estaba de pie junto a su cama, sonriendo aliviado mientras revisaba la vía del suero y las notas médicas que tenía en la mano.
—¿Dónde... estoy?
—Está en la UCI, señora. Acaba de pasar la fase crítica —respondió el médico con tono tranquilizador. Luego sacó una pequeña linterna para examinarle las pupilas—. ¿Puede decirme cómo se llama? ¿O el nombre de algún familiar al que podamos avisar? Desde que unos vecinos la trajeron, no encontramos ningún bolso, teléfono ni documento de identidad cerca de usted.
Renata guardó silencio. Sus ojos se clavaron en el techo blanco con una mirada vacía.
—¿Mi nombre? ¿Cómo me llamo?
Intentó escarbar en su memoria. Pero cada vez que se esforzaba por recordar, la cabeza le latía con más violencia, como si se la atravesaran mil agujas. Empezó a respirar con dificultad.
—No lo sé —musitó con los labios temblando—. Me duele muchísimo la cabeza.
—Tranquila, señora. Respire hondo. Intente recordar el rostro de alguien. Cualquiera. Sus padres, o su esposo, quizás —la guio el médico con paciencia.
La palabra esposo desató de pronto un destello afilado en la mente de Renata. Como un casete estropeado reproducido a la fuerza, los recuerdos irrumpieron sin piedad, desgarrándole la cordura.
Pero no fueron recuerdos dulces los que llegaron.
Vio la espalda de un hombre de hombros firmes que se alejaba de ella. Lo vio rodear con infinita ternura la cintura de una mujer de vestido blanco, ignorándola a ella, que suplicaba detrás.
«¡Priscila me necesita más que tú!».
«¡Qué diferencia con esta parásita que solo vino a colgarse del título de esposa!».
Renata ahogó un grito. Apretó la sábana del hospital con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Las lágrimas se le desbordaron al instante, empapándole las mejillas cubiertas de rasguños.
—Adrián... —siseó entre sollozos que partían el alma—. Mi esposo... Adrián...
El médico tomó enseguida su pluma y su libreta.
—¿Adrián? Bien, ¿recuerda su número de teléfono o la dirección de su casa, para que podamos avisarle de inmediato al señor Adrián?
—¿Para qué? —gritó Renata de repente—. ¿Para qué llamarlo? ¡A él no le importo! Está ocupado con esa mujer. ¡Mi esposo me engaña con otra! ¡Me desechó!
El pecho de Renata subía y bajaba con rapidez. El dolor físico de la cabeza no era nada comparado con el golpe invisible que le destrozaba el corazón. Por extraño que pareciera, no recordaba en absoluto cómo había terminado en esa cama de hospital. Ni siquiera recordaba la pequeña vida que llevaba dentro, ni el accidente mortal. Lo único que le quedaba intacto en la memoria era el recuerdo amargo de la traición de su marido.
Al ver a su paciente al borde de la histeria y el monitor cardíaco sonando de forma irregular, el médico le sujetó los hombros con suavidad.
—Cálmese, señora, tranquilícese. Por favor, no fuerce tanto la memoria —dijo con firmeza, pero lleno de empatía—. El fuerte golpe en la cabeza durante el atropello le provocó un trauma muy grave en el cerebro.
Renata lo miró con ojos temblorosos y extraviados.
—¿Atropello? ¿Un accidente?
—Sí. La embistió un auto a gran velocidad, señora. Además, sufre una amnesia parcial. Perdió gran parte de su memoria reciente a causa del impacto. Estuvo cuatro días en coma en esta sala. Y en todo ese tiempo, ni un solo familiar ni su esposo vinieron a buscarla.
El corazón le dio un vuelco.
El mundo de Renata pareció dejar de girar. Sintió como si le arrancaran el aire de los pulmones a la fuerza. Cuatro días. Cuatro días enteros jugándose la vida al borde de la muerte, sola, sin identidad, ¿y su marido ni siquiera se había preocupado por averiguar dónde estaba?
Una risa amarga y quebrada se le escapó de los labios, mezclada con las lágrimas que seguían cayéndole a raudales.
El médico soltó un largo suspiro y la miró con una tristeza profunda en los ojos. Cerró despacio su libreta.
—Y hay algo más que usted debe saber... —La voz del médico se volvió grave, como si le costara seguir.
Renata lo miró fijamente.
—¿Qué más? ¿La herida de la cabeza es grave?
—No es por su cabeza. —El médico tragó saliva con dificultad—. Es por el bebé que llevaba en el vientre. Con enorme pesar, debo decirle esto. Sufrió un aborto. El violento impacto del choque se llevó a su bebé, que aún era muy frágil.
Fue como un rayo de millones de voltios que le cayera justo en la boca del estómago. Renata se quedó petrificada. El tiempo pareció detenerse. El aire a su alrededor se evaporó por completo, ahogándola, sin dejarla respirar.
—¿Un... un bebé?
En el preciso instante en que su palma rozó la piel del vientre, un recuerdo que había permanecido bajo llave estalló de golpe en su cabeza.
Una prueba de embarazo con dos líneas rojas... una cajita forrada con un lazo azul... un par de calcetincitos de bebé...
Los fragmentos de recuerdos giraban vertiginosos como un torbellino.
¡Renata lo recordaba todo ahora! Recordaba haber estado sentada, sola y muerta de frío, en aquel restaurante hasta bien entrada la noche, con tal de darle la sorpresa a su marido. Recordaba haber abrazado el bolso con fuerza en medio de la calle, antes de que aquel auto negro despiadado embistiera su cuerpo sin la menor compasión.
—No... mi bebé... —gimió Renata con un llanto desgarrador. Se apretó el vientre con tanta fuerza que las uñas se le clavaron bajo la bata del hospital—. ¡Mi hijo!
Lágrimas de sangre le corrían por el rostro maltrecho. Su mundo entero se había hecho pedazos. La única esperanza a la que se aferraba para sobrevivir en aquella casa infierno le había sido arrebatada de la manera más cruel.
¿Y Adrián? ¡Ese canalla seguro estaba riéndose y abrazando a Priscila por encima de su sufrimiento! ¡Ni siquiera se había molestado en buscarla mientras ella agonizaba sobre el asfalto helado junto al hijo de ambos!
Renata gritó con todas sus fuerzas en su interior. Las uñas se le hundieron en la sábana. Su tristeza y su desesperación fueron evaporándose poco a poco, reemplazadas por un fuego de rabia que consumió hasta las últimas cenizas de su inocencia.
Su amor por Adrián murió en ese preciso segundo, enterrado junto al hijo que no llegó a ver el mundo.
¡No volveré a llorar nunca más! A todos ustedes, los que me desecharon, me torturaron y me hicieron perder a mi hijo, se los juro: ¡me las van a pagar todas!, sentenció Renata para sus adentros, con una mirada que ahora se había vuelto oscura.
ahora por favor, que no vaya a quedar con el marido cuando esté se arrepienta y empiece a pedir perdón y bla bla bla