Valentina Buenavista está a punto de casarse con el amor de su vida cuando un hombre de su pasado lo destruye todo. Adrián Altamira —heredero de un imperio empresarial y su enemigo jurado desde la preparatoria— manda a destrozar la boda entera.
Pero eso es solo el principio.
Cuando la empresa de su padre queda al borde de la ruina, Valentina descubre que Adrián fue quien orquestó la caída. Y ahora le ofrece un trato imposible: casarse con él a cambio de salvar el Grupo Buenavista.
Atrapada entre la rabia y la desesperación, Valentina acepta. Lo que no esperaba era que vivir bajo el mismo techo que su peor enemigo despertara algo que no puede —ni quiere— controlar.
Adrián es arrogante, posesivo y exasperante. También es el único que la defiende cuando nadie más lo hace. A medida que las provocaciones se convierten en roces y los roces en besos que la dejan sin aliento, Valentina empieza a preguntarse si realmente lo odia... o si siempre lo ha sentido de otra manera.
Pero hay secretos mucho más oscuros detrás de este matrimonio. Emiliano, el hombre al que Valentina amó durante años, esconde un pasado manchado de sangre. Y la verdad, cuando salga a la luz, lo cambiará todo.
NovelToon tiene autorización de DF_14 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7
Valentina estaba muerta de nervios. Adrián se erguía frente a ella, con ambos brazos apoyados en la puerta, bloqueándole cualquier movimiento. La distancia entre ellos era casi inexistente.
—¿Qué es lo que quieres...?
Las palabras se le murieron en la boca al encontrarse con esa mirada aterradora. Como si fuera a devorarla viva. Tragó saliva una y otra vez.
—Puedo hacer que la empresa de tu padre se recupere, pero con una condición: tienes que casarte conmigo —dijo Adrián, con frialdad glacial.
Valentina se quedó de piedra. ¿Había escuchado bien? Sin que viniera a cuento, el hombre que más detestaba en el mundo le estaba proponiendo matrimonio, así, de la nada.
Y lo que la dejaba aún más perpleja era que, en toda su vida, jamás había visto a alguien proponer matrimonio de una forma tan descabellada. En lugar de flores, anillo o algún gesto romántico, Adrián le ofrecía una amenaza.
¿Qué mujer en su sano juicio aceptaría una propuesta así?
Valentina soltó una risa incrédula.
—¿Casarme? ¿Qué clase de broma es esta? Después de siete años sin vernos, ¿de pronto apareces y me pides que me case contigo? ¿Crees que el matrimonio es un juego?
Adrián respondió con total ligereza:
—Ya nos conocemos de antes. ¿Qué más hay que pensar?
—Sí, nos conocemos, pero como enemigos. No pienso vivir bajo el mismo techo que un tipo tan insoportable como tú —replicó Valentina, exasperada.
No podía ni imaginarse compartiendo casa con él. En la preparatoria ya peleaban casi a diario. ¿Y si tuvieran que convivir? Sería una pesadilla espantosa.
Adrián mantuvo su gesto helado.
—Bien. Entonces no esperes que ayude al Grupo Buenavista.
Valentina se irritó todavía más.
—¿Qué es lo que pretendes? ¿Por qué de repente vuelves a meterte en mi vida?
Adrián se negó a responder la pregunta. En cambio, le lanzó un ultimátum:
—Te doy tres días. Si en tres días no tomas una decisión, olvídate de que ayude al Grupo Buenavista.
Valentina no se amilanó.
—Te aseguro que en menos de tres días conseguiré un nuevo inversionista para el Grupo Buenavista. Así que no te molestes en esperar a que vuelva. Y te garantizo que hoy es la última vez que nos vemos.
Añadió con aplomo:
—Ya sé que Adrián Altamira es famosísimo y que medio mundo se muere por él. Pero yo no soy como esas mujeres que caen rendidas a tus pies. No tengo el menor interés en casarme con alguien tan insufrible como tú.
Además, Valentina sentía que ya tenía a Emiliano, un hombre bueno y atento. De trato gentil y dulce, todo lo contrario a Adrián, tan soberbio, frío y arrogante.
Lejos de desanimarse, Adrián pareció tomarlo como un reto. Dio un paso más, acortando la distancia entre sus cuerpos.
—¿Segura de que no te intereso?
El rostro de Valentina se tiñó de rojo por los nervios, sobre todo al sentir el aliento tibio de él rozándole directamente la cara.
Tenía que admitirlo: Adrián era tremendamente guapo. Pero qué lástima que su personalidad fuera todo lo opuesto.
—C-claro que estoy segura —respondió, con la voz entrecortada.
Se apresuró a despedirse:
—Ahora me tengo que ir.
Pero le resultó imposible liberarse; Adrián la retenía con firmeza.
—En ese caso, te aseguro que después de esto no vas a poder dejar de pensar en mí —dijo él.
Los nervios la desbordaron.
—¿Q-qué quieres decir...?
La frase se le congeló en los labios y los ojos se le abrieron como platos cuando Adrián, sin previo aviso, inclinó el rostro y posó sus labios sobre los de ella. El corazón le dio un vuelco tan violento que sintió que se le salía del pecho.