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Mi exmarido no sabía que tuve a sus gemelos

Mi exmarido no sabía que tuve a sus gemelos

Status: Terminada
Genre:CEO / Madre soltera / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: StudioVM

Hace cuatro años, Isabella firmó los papeles del divorcio, empacó su vida en una sola maleta y se marchó de la casa de los Valença sin decirle a Leonardo lo único que habría cambiado todo.

Ahora tiene dos hijos, una carrera que levantó desde cero y la costumbre de no esperar nada de nadie.

Hasta que un proyecto de trabajo la obliga a cruzarse otra vez con su exmarido. Él sigue siendo el heredero que lo controla todo, y ella, la única que sabe lo que él ignora.

Entre juntas, reglas inquebrantables y niños que ven más de lo que deberían, Isabella tendrá que decidir si una segunda oportunidad es una trampa o la primera elección que de verdad hace por sí misma.

NovelToon tiene autorización de StudioVM para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

DOS CORAZONES

—¿Gemelos?

La doctora me sonrió.

—Dos.

Miré la pantalla. Luego a ella. Luego a Rafael.

—¿Dos?

—Isabella —dijo mi hermano, con una voz extrañamente tranquila—. Creo que "gemelos" normalmente significa dos.

—Cállate.

La doctora se rio. Yo no. Todavía estaba tratando de respirar.

En la pantalla, esas formas diminutas no parecían bebés. Parecían manchas. Demasiado pequeñas. Demasiado imposibles. Y, aun así, eran míos.

Dos.

Me llevé la mano a la boca.

—¿Están bien?

La pregunta salió antes que cualquier otra.

—Por lo que alcanzamos a ver ahora, sí. Todavía es pronto, así que vamos a darles seguimiento.

—Ellos.

La palabra se me escapó. La doctora asintió.

—Ellos.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Había entrado a ese consultorio intentando aceptar la existencia de un bebé. Salía con dos. Dos hijos. Dos corazones. Y un padre que no sabía de ninguno.

La doctora me hizo algunas preguntas más. Fechas. Síntomas. Medicamentos. Cuando preguntó por el padre, el cuerpo entero se me puso rígido.

—¿Él lo sabe?

Miré a Rafael. Desvió la vista, dejándome la respuesta a mí.

—Todavía no.

La doctora solo asintió. Sin juzgar. Se lo agradecí.

Cuando terminó la consulta, Rafael cargaba una carpeta pequeña con los estudios como si fuera un documento de Estado.

Entramos al elevador. Yo seguía sosteniendo la imagen del ultrasonido.

—Dos.

Rafael lo repitió.

Lo miré.

—¿Cuántas veces vas a decirlo?

—Estoy procesando.

—Imagínate yo.

Las puertas se cerraron. Guardó silencio unos segundos.

—¿Vas a contárselo hoy a Leonardo?

La felicidad recién nacida dentro de mí se contrajo.

—Sí.

Rafael arqueó una ceja.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Sin huir?

—Sin huir.

—¿Sin "necesito pensarlo"?

—Rafa.

—Solo confirmo.

Volví a mirar la foto.

—Tiene derecho a saberlo.

—Lo tiene.

—Y no voy a usar esto para intentar salvar el matrimonio.

—Perfecto.

—Pero se lo voy a decir.

Rafael asintió.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No.

—¿Segura?

—Esa conversación es mía.

—Si dice alguna tontería...

—Te llamo.

—Si respira alguna tontería...

—Eres insoportable.

—Y estoy disponible.

Sonreí.

De camino al departamento, le pedí a Rafael que me dejara sola un rato. Se quejó. Yo insistí. Cuando por fin se fue a trabajar, puse el ultrasonido sobre la mesa. Al lado, dejé la prueba.

Dos líneas. Dos manchas. Dos hijos.

Tomé el celular. El nombre de Leonardo parecía más difícil de tocar de lo que debería. Llamé.

Timbró una vez. Dos. Tres.

—¿Isabella?

Su voz me apretó el pecho.

—Hola.

Silencio.

—¿Pasó algo?

—No.

Casi me río. Había pasado todo.

—Necesito hablar contigo.

Del otro lado, Leonardo se quedó callado.

—¿Sobre ayer?

—Sobre otra cosa.

—Dime.

Miré el ultrasonido.

—Por teléfono no.

Más silencio.

—Está bien.

—¿Estás en la oficina?

—Sí.

—¿Puedo ir?

Tardó solo un segundo.

—Puedes.

—En una hora.

—Aquí estaré.

Colgué antes de que se me acabara el valor.

Me quedé sentada unos minutos. Después me levanté. Me bañé. Me cambié de ropa. Metí la imagen del ultrasonido en la bolsa.

Esta vez no había cajita bonita. No había cena. No había vino. Quizá era mejor así.

En el elevador del edificio, me tembló la mano.

—Solo vas a decírselo.

Se lo dije a mi reflejo.

—Nada más.

No iba a pedirle que volviera. No iba a usar a los bebés. No iba a llorar. Solo iba a decir la verdad.

El carro me dejó frente a la sede del Grupo Valença poco antes de las dos.

Había entrado a ese edificio decenas de veces. Como esposa de Leonardo. Como la señora Valença. Como la mujer a quien todos reconocían. Ese día, por primera vez, me sentí una extraña.

La recepcionista me saludó con una sonrisa nerviosa.

—Señora Valença.

Casi la corregí.

Todavía no. Técnicamente, aún lo era.

—El señor Leonardo la está esperando.

Asentí.

Entré al elevador privado. Treinta y seis pisos. Tiempo suficiente para arrepentirme unas diez veces.

Cuando se abrieron las puertas, la asistente de Leonardo se puso de pie.

—Señora Isabella.

—¿Está?

Su expresión cambió. Poco. Pero cambió.

—Sí.

—¿Puedo pasar?

—Un momento, por favor.

Tomó el teléfono. Me extrañó. Leonardo había dicho que me estaría esperando.

—¿Hay algún problema?

—No. Es solo que está en una junta.

—¿Con quién?

La asistente dudó.

Bastó para que algo se me helara por dentro.

Entonces oí una risa. Femenina. Suave. Llegaba desde su oficina. Una voz que no conocía, pero supe de inmediato de quién era.

Bianca.

El corazón empezó a latirme demasiado rápido.

—Señora Isabella...

No respondí.

Se abrió la puerta de la oficina de Leonardo.

Apareció él primero. Sin saco. Con las mangas dobladas. Igual que estaba en casa la noche anterior.

Detrás, una mujer salió sonriendo. Hermosa. Elegante. Cabello claro, perfectamente recogido. Llevaba una carpeta. Y parecía demasiado cómoda en ese lugar.

Leonardo me vio. La sonrisa que no estaba en su rostro desapareció de todos modos.

—Isabella.

Bianca siguió su mirada. Entonces me reconoció. Lo vi. Quizá por fotos. Quizá por historias. Quizá porque ya sabía exactamente quién era yo.

—Debes de ser Isabella.

Su voz era suave. Educada. Casi la odié más por eso.

Mi mano se cerró alrededor de la bolsa. El ultrasonido estaba ahí dentro. Dos corazones. Dos hijos. Y el hombre que debía saberlo estaba de pie junto a la mujer por quien había acabado con nuestro matrimonio.

—Sí.

Mi voz salió firme.

Leonardo dio un paso hacia mí.

—Llegaste temprano.

—Terminé antes.

—Pasa.

Se hizo a un lado. Miré la oficina. Luego a Bianca. Ella sonrió.

—Yo ya me iba.

Leonardo no la tocó. No hubo beso. Nada. Aun así, algo dentro de mí se derrumbó.

Esa mujer había regresado hacía poco más de un mes. Y ya estaba dentro de su oficina. Un día después de la petición de divorcio.

Yo había ido hasta ahí para darle a Leonardo la noticia de que iba a ser padre. Pero, en ese instante, lo único que pude pensar fue:

Él ya está siguiendo adelante.

Y yo todavía estoy tratando de averiguar cómo sobrevivir al ayer.

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