Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.
Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.
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Conspiración en la acera: el peor despertar de Noah
La suave claridad del sol de la mañana se filtraba perezosamente a través de los ventanales del departamento, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire y el desorden glorioso en el que habíamos convertido la habitación.
Abrí los ojos lentamente, sintiendo el peso cálido de un brazo pesado cruzado sobre mi cintura. El olor a sábanas limpias, a su loción amaderada y a piel sudada impregnaba el ambiente. Giré un poco la cabeza con cuidado para no despertarlo, encontrándome de golpe con el rostro de Axel. Dormido lucía completamente distinto a esa fachada de chico malo e insolente que solía pasear por la ciudad; tenía el ceño relajado, los labios ligeramente entreabiertos y un mechón oscuro revuelto sobre la frente.
Vaya, al final la bestia sí descansaba, pensé con una sonrisa burlona y de absoluta suficiencia pintada en los labios, recordando cada segundo de la noche anterior. No había quedado ni un solo ápice de duda de que lo nuestro nada tenía que ver con un simple desquite o un berrinche por su ex; la intensidad con la que me había hecho suya horas antes había sido una prueba contundente, voraz y sin filtros.
Decidí no quedarme quieta esperando a que abriera los ojos. Con sigilo, comencé a deslizarme fuera de la cama, pero antes de que pudiera separar del todo las piernas, una mano firme tiró de mí hacia atrás con una fuerza perezosa, pegándome de nuevo a su cuerpo desnudo con una agilidad sorprendente.
—¿A dónde crees que vas tan temprano, reina? —roncó su voz, profunda y cargada de gravilla matutina contra mi nuca, mientras su aliento cálido me erizaba la piel.
—A rescatar mi dignidad, si es que todavía me queda alguna después de tus abusos de anoche —le contesté con una risita traviesa, girándome dentro de su agarre para quedar cara a cara con él, apoyando una mano sobre su pecho firme—. Además, tengo una vida, negocios que atender y, por si lo olvidas, un auto aparcado frente a un club que probablemente ya tenga tres multas acumuladas.
Axel abrió lentamente los ojos, esos pozos oscuros brillando con una chispa de picardía y diversión que borraba cualquier rastro del drama de la noche anterior. Deslizó sus dedos por mi hombro desnudo, trazando círculos perezosos con las yemas mientras una sonrisa torcida curvaba su boca.
—¿Tu auto? Por favor. Si quieres te compro uno nuevo hoy mismo solo para no escucharte quejarte de las multas —bromeó, inclinándose para darme un beso rápido pero cargado de intención en los labios—. Y sobre tu «vida», que conste que fuiste tú la intensa que me persiguió hasta el bar más feo de la ciudad. Yo solo estaba bebiendo en paz hasta que decidiste arruinar mi soledad.
—¿Arruinar tu soledad? Por favor, Axel, me debes una estatua de oro por salvarte de hacer el ridículo autocompadeciéndote con un vaso de licor baratijo —le reté, dándole un suave empujón en el pecho para liberarme por fin de las sábanas y ponerme de pie.
Caminé por la habitación recogiendo mi ropa esparcida por el suelo con total naturalidad, sin importarme que sus ojos me siguieran a cada paso, devorándome con una avidez inconfundible. Vestirme con el mismo conjunto de la noche anterior no era lo ideal, pero el aura de absoluta victoria que me rodeaba compensaba cualquier detalle superficial.
Cuando salí a la cocina del departamento dispuesta a prepararme un buen café para despabilarme por completo, lo encontré recargado en el marco de la puerta, con unos pantalones de chándal grises mal subidos, el torso completamente desnudo y los brazos cruzados, observándome con una mezcla de fascinación y diversión.
—Dime una cosa, Natalia —comenzó diciendo con tono juguetón, mientras se acercaba a la cafetera para ayudarme—. ¿Siempre eres una fuerza de la naturaleza dispuesta a arrasar con todo lo que se cruza en tu camino, o soy yo el único afortunado que tiene que lidiar con esta versión indomable?
—Solo con los que creen que pueden jugar conmigo y salir ilesos, cachorro —le respondí guiñándole un ojo, mientras aceptaba la taza humeante que me tendía.
Dimos el primer sorbo en un silencio cómodo, de esos que no necesitan explicaciones ni falsas promesas. Sabía perfectamente que afuera el mundo seguía girando, que mi investigación secreta sobre la muerte de mis padres seguía latente y que las llamadas amenazantes de la madrugada anterior tarde o temprano volverían a tocar a mi puerta. Pero en ese preciso instante, rodeada por el caos controlado de su departamento y con la certeza de haberle ganado otra partida al destino, supe que ningún enemigo invisible iba a robarnos el terreno que acabábamos de conquistar.
La taza de café humeante apenas llevaba la mitad de su contenido cuando decidí que era hora de poner fin a mi tregua doméstica. Dejé la taza sobre la isla de la cocina, me alisé la falda arrugada del vestido de la noche anterior y me giré hacia Axel con una sonrisa decidida en los labios.
—Bueno, cachorro, fue un placer comprobar que sobrevives a las crisis con estilo, pero tengo que moverme —le dije, señalando con la cabeza la puerta principal—. Mi auto sigue esperando multas en el estacionamiento de un bar de mala muerte y mis hermanos empezarán a sospechar si aparezco vestida de fiesta un domingo por la mañana.
Axel, que estaba apoyado contra la barra observándome con una mezcla de diversión y descaro, se apartó perezosamente de su sitio y caminó hacia mí con pasos lentos y deliberados. Antes de que pudiera dar un paso más hacia la salida, se plantó justo frente a la puerta, cruzando los brazos sobre su pecho desnudo y bloqueando por completo el camino con su imponente presencia.
—No tan rápido, reina —respondió con una sonrisa torcida, esa misma arrogancia magnética brillando en sus ojos color avellana—. Nadie ha dicho que tengas permiso de huir tan temprano.
Arrugué el ceño, intentando mantener una fachada de fingida indignación, aunque por dentro la idea de ceder ante su juego me tentaba muchísimo más de lo que admitiría en voz alta.
—¿Estás loco? Te acabo de decir que tengo obligaciones, Axel. Quítate de la puerta antes de que decida usar la fuerza —le reté, dando un pasito al frente hasta quedar prácticamente rozando su piel.
—Inténtalo a ver si puedes —murmuró con voz ronca, bajando la mirada hacia mis labios con una intensidad que hizo que se me cortara la respiración al instante—. No te vas a ir a ninguna parte, Natalia. Al menos no todavía. Tenemos asuntos pendientes en la cama que quedaron a medias antes de que amaneciera.
Antes de que pudiera replicar o soltarle alguna de mis acostumbradas respuestas sarcásticas, su mano firme se deslizó por mi nuca, atrayéndome hacia él con una urgencia repentina, y estrelló sus labios contra los míos en un beso hambriento que barrió de un solo golpe cualquier excusa lógica que tuviera en la cabeza.
Mis manos, que segundos antes pretendían empujarlo, terminaron enredándose en su cabello, tirando de él mientras me dejaba arrastrar de regreso hacia la habitación. Las sábanas, que ya estaban revueltas, volvieron a convertirse en el escenario de un torbellino caótico y febril donde el tiempo perdió todo significado. No hubo espacio para la prisa ni para las despedidas; cada caricia era una provocación y cada roce reafirmaba que, en ese departamento, las reglas del juego las dictaban nuestras ganas incontrolables.
Horas más tarde, con la energía física al límite y el cuerpo relajado por completo, el vapor comenzó a empañar los cristales del baño principal.
Terminamos bajo la ducha abierta, dejando que el agua tibia cayera a torrentes sobre nuestros cuerpos cansados. Estar juntos bajo el chorro constante tenía una intimidad diferente, más pausada pero igual de intensa. Axel me abrazaba por la espalda, pegando su pecho contra mi columna mientras sus manos mojadas recorrían mis caderas con una posesión suave, y yo dejaba caer la cabeza contra su hombro, disfrutando del sonido del agua y de la calidez de su piel. Me giré despacio entre sus brazos para enfrentarlo, y allí, bajo la cortina de agua, volvimos a perdernos en besos lentos y profundos, saboreando el momento sin prisas, hasta que el calor del baño empezó a disiparse.
Ya entrada la tarde, con el cielo teñido de tonos anaranjados y grises propios del atardecer, por fin logré ponerme en pie de marcha. Me había arreglado el cabello con un moño despeinado y me había puesto nuevamente la ropa de la noche anterior, sintiéndome extrañamente ligera a pesar del cansancio.
Axel me acompañó hasta la entrada del edificio, ya vestido con una camiseta negra y una chaqueta ligera, sosteniendo las llaves de su moto en una mano y las mías del auto en la otra.
—Está bien, te dejaré ir bajo protesta —dijo con una media sonrisa socarrona, dándome un último beso rápido en la comisura de los labios—. Pero ni creas que vas a caminar sola al bar a buscar tu coche. Yo me encargo de llevarte a casa y luego voy hasta allá y conduzco tu auto hasta la puerta de tu casa.
Lo miré con una ceja alzada, evaluando la propuesta con una mezcla de diversión y coqueteo.
—¿Y quién te dijo que acepto chófer personal, cachorro? —le pregunté cruzándome de brazos.
—Nadie, te lo estoy imponiendo —respondió guiñándole un ojo con absoluta seguridad, abriendo la puerta para dar paso—. Vamos, reina, no hagamos esperar más a tus hermanos.
El rugido de la motocicleta de Axel resonó en la entrada de la mansión, seguido de cerca por el motor de mi auto. Al bajarme y ver a Noah cruzado de brazos en el porche con cara de pocos amigos, supe que el drama familiar estaba servido. Axel se quitó el casco con total tranquilidad y le dedicó una sonrisa cínica, mientras Noah nos fulminaba con la mirada al notar mi ropa y el evidente desorden.
—¿Se puede saber dónde demonios estabas, Natalia? —estalló Noah, señalándonos con furia—. ¡Y tú, Axel! ¡Más te vale una buena excusa antes de que te rompa la cara por andar metiéndote con mi hermana menor!