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Me casé con el papá de mi ex

Me casé con el papá de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:776
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13: El principio de nuestro secreto

—¿Te avergüenzo?

Le salió raro. Más ronco de lo que quería, con un temblor al final que no pudo planchar. Ximena levantó la cara de las rodillas.

—¿Qué? No. —Se enderezó en el sillón—. Leo, no es eso.

—Entonces qué es.

Ella se quedó mirando la toalla que le colgaba de los hombros. Tardó en contestar.

—Es el departamento. Un piso entero de gente que no tiene nada mejor que hacer que opinar. —Levantó un dedo—. Si esto se sabe, el lunes soy la profesora que se consiguió un millonario. —Otro dedo—. La interesada. La que brincó del hijo al papá. —Otro—. Y si esto se acaba…

—No se va a acabar.

—Si esto se acaba —repitió ella, más bajo—, voy a ser el chiste de ese pasillo hasta que me jubile. —Bajó la mano—. No te puedo prometer hasta dónde vamos a llegar, Leo. No quiero mentirte.

Leonardo se acercó por el sillón hasta alcanzarle la mano. La tenía helada. Se la envolvió entre las dos suyas, todavía húmedas.

—No necesito que me prometas el futuro. —Le frotó los nudillos con el pulgar—. Me hiciste sentir que alguien me puede querer otra vez. Con eso tengo para empezar.

Ella lo miró mucho rato. Luego asintió.

—Con una condición —dijo él.

—¿Cuál?

—Cuando estemos solos, siempre Leo.

A ella se le escapó una sonrisa torcida.

—Eso es fácil.

Él se inclinó y le dio un beso en la frente. Uno solo, muy ligero, casi sin tocarla.

—Este es el principio de nuestro secreto.

Bajó cerca de la una. El saco seguía mojado y se lo echó al hombro. Don Chema estaba en el carro con el motor prendido y la calefacción al máximo; no había dormido.

—¿A la casa, señor?

—A la casa.

—Sí, señor.

Por el retrovisor, don Chema le vio la camisa pegada al cuerpo, el pelo revuelto, la cara. No dijo nada. Subió un grado más la calefacción.

El domingo a mediodía, Leonardo volvió a Higuera. Ella le abrió con un delantal y una cuchara de palo.

—Siéntate. Y no opines.

Estaba haciendo caldo. En la misma olla grande, con el mismo orden: primero el pollo, luego la cebolla, la zanahoria, el apio. Lo había aprendido de oído, del ruido de aquella madrugada, o del sabor. Él no se sentó.

Se paró detrás de ella y le rodeó la cintura con los brazos, y ella se quedó quieta un segundo y siguió moviendo la cuchara.

—Eres el lugar al que regreso —le dijo al oído.

—Pues vente seguido y te cocino.

Comieron en la mesa chica, con las rodillas chocando por debajo. Al despedirse, ya en la puerta, él extendió la mano abierta.

—Dame una llave.

—¿Perdón?

—Por si un día te desmayas corrigiendo tesis.

Ximena puso los ojos en blanco con todo el cuerpo. Luego fue al cajón de la cocina, sacó una llave suelta con un llaverito de Frida Kahlo despintado y se la dejó en la palma.

—Es de emergencia. No es para que te aparezcas cuando quieras.

—Claro que no.

El martes a las ocho de la mañana entró al salón 14 del Departamento de Historia con una gorra azul marino bien calada. En la puerta había una hoja para oyentes externos. Escribió L. Escandón con letra de molde y se sentó en la última fila, junto a la ventana.

Había veintitantos estudiantes. Ximena llegó a las 7:58 con una pila de fotocopias, levantó la vista, lo encontró, y se le trabó la primera palabra un cuarto de segundo. Nadie más lo notó.

Habló una hora y media sobre retratos de monjas coronadas. Cuando algo la entusiasmaba se ponía la pluma entre los dientes, mordía el capuchón y seguía hablando alrededor de ella, y los estudiantes ya ni lo veían. Leonardo sí lo vio. Contó cuatro veces.

Se fue antes de que prendieran las luces. El jueves volvió. Luego se volvió costumbre.

El viernes ella grababa un programa. Se lo había dicho de pasada, con fastidio, porque le tocaba maquillaje. Leonardo marcó a Andrés desde la oficina.

—¿Conoces a alguien en Tinta y Voz?

Silencio del otro lado.

—¿Tinta y Voz? ¿El programa cultural? ¿Tú?

—¿Conoces o no?

—Conozco a la productora. —Otra pausa, larga—. Ya. No pregunto nada. Te consigo el control.

El estudio estaba en el norte, por Santo Tomás, en un edificio que olía a café recalentado. Leonardo se sentó en la cabina, detrás de dos técnicos, con unos audífonos prestados y un monitor enfrente. El tema del programa era lo lento en tiempos rápidos.

Ximena estaba en un sillón de terciopelo, con más maquillaje del que usaba nunca y las manos quietas en el regazo. La conductora le preguntó si no le parecía nostálgico defender la lentitud.

—Vamos tan rápido que hasta la tristeza la queremos en videos de tres segundos —dijo ella, mirando a la cámara sin miedo—. Y la belleza nunca ha sido comida rápida.

Uno de los técnicos murmuró algo de aprobación. Leonardo sacó el celular, abrió las notas y escribió una línea:

Quiero ir despacio contigo.

La guardó sin título.

Cuando terminaron, la esperó en el pasillo de atrás, entre cables y un perchero con sacos ajenos. Ella salió quitándose un arete, lo vio y se detuvo en seco.

Él le extendió un vaso de papel.

—Té de canela. Pasaba por aquí.

Ximena miró hacia los dos lados del pasillo.

—Si alguien te ve —dijo en voz muy baja—, mañana sales en las columnas de chismes.

—Que publiquen. No me importa.

Ella agarró el vaso. Sus dedos se tocaron sobre el cartón caliente, un segundo, y ella se fue por el pasillo sin voltear, con el vaso en las dos manos.

Esas noches ella le llamaba mientras calificaba. Él la oía desde la cama, con la lámpara prendida, y casi no hablaba. Ella hablaba de todo.

—El año pasado, en París, me quedé parada frente al aparador de Chloé como siete minutos. Una bolsa café, nada del otro mundo. Me dije: cuando tenga mi plaza definitiva, me la regalo. Para que me cueste.

Otra noche:

—Andy y yo fuimos a Antara y me probé una tote de piel. Me la colgué, me vi en el espejo y la regresé. Demasiado para una profesora.

Otra:

—Una colega trae una pulsera de trébol, muy delgadita. Se la vi en la junta y pensé: esa me quedaría con mi tono de piel. Qué tontería, ¿no? Estaba en una junta de planes de estudio pensando en una pulsera.

—No es tontería —dijo él.

Ella siguió hablando de otra cosa. Él se quedó mirando el techo, repitiendo en la cabeza: café, siete minutos. Piel, demasiado. Trébol, su tono de piel.

El viernes a las diez de la noche le vibró el celular sobre el buró. No era llamada. Era un mensaje, y lo leyó dos veces antes de soltarlo:

Domingo. Barro Vivo. No se admiten excusas de junta.

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