Anastacia Thompson lo sacrificó todo por salvar a su padre, incluso al hombre que amaba. Ella hizo lo impensable.
Años después, conoce a Edmund Carter. Él le devuelve la ilusión, la hace creer nuevamente en el amor y termina convirtiéndose en su prometido. Con él, Anastacia cree haber encontrado el amor que tanto había temido volver a sentir.
Pero ningún amor está libre de errores.
Cuando los secretos, el deseo y las heridas comienzan a poner a prueba su relación, todo aquello que Anastacia creía tener bajo control empieza a desmoronarse.
Todo cambia cuando Adrian Blake, el hermano mayor de Edmund el hombre que nunca olvidó a Anastacia, vuelve a su vida. Entre ellos existe un pasado que jamás murió una atracción que ninguno de los dos puede ignorar.
Mientras Edmund lucha por conservar el amor de la mujer que ama, Anastacia comienza a quedar atrapada entre la seguridad de un amor que conoce y el deseo prohibido de un hombre que nunca debió volver a su vida.
NovelToon tiene autorización de mila1204 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Recuerdos
Pasé las manos por la tela y observé mi reflejo durante unos segundos.
—Me encanta —dije, sin poder ocultar mi entusiasmo—. Creo que este es el indicado.
Miré nuevamente hacia el espejo.
—Entonces ya tenemos vestido
Dije emocionada Sara me miro con ternura.
Estaba acostada en la cama, mirando el techo. Edmund dormía a mi lado, completamente ajeno a la inquietud que me mantenía despierta. Cerré los ojos e intenté respirar con calma, pero mi mente se negó a descansar.
El vino de repente
Adrián.
El recuerdo apareció con una claridad que me estremeció. Podía sentirme nuevamente aquella habitación, el silencio, la cercanía de su cuerpo. Me vi a mí misma sobre su pecho, mientras ambos permanecíamos desnudos entre las sábanas. Recordé el calor de su piel bajo mis manos, su respiración y esos ojos que me observaban fijamente.
Todo parecía estar ocurriendo otra vez.
Podía sentir el peso de su cuerpo bajo el mío y la intensidad de aquel momento que durante años había intentado enterrar en algún rincón de mi memoria. No era solo una imagen. Era la sensación de estar allí nuevamente, de escuchar su respiración y sentir su piel contra la mía.
Abrí los ojos de golpe.
Me incorporé en la cama, respirando con dificultad. Tenía la frente cubierta de sudor y el corazón me latía con fuerza.
Miré a Edmund, que continuaba dormido a mi lado.
Me llevé una mano al pecho e intenté recuperar el aliento.
—¿Qué fue eso? —susurré.
Cerré los ojos unos segundos, tratando de entender por qué aquel recuerdo había regresado con tanta fuerza.
No quería pensar en el no ahora.
—¡El día llegó por fin! —dijo Sara emocionada mientras terminaba de maquillarme.
La miré a través del espejo. Ella parecía mucho más entusiasmada que yo, mientras yo permanecía un poco pensativa.
—Pero, Ana, querida, te dije que durmieras bien. Tienes unas ojeras terribles. ¿Por qué precisamente hoy?
—Perdóname. No pude dormir muy bien.
Sara dejó por un momento el maquillaje y me observó con atención.
—¿Son nervios prenupciales?
Bajé la mirada.
—No lo sé.
Una imagen apareció nuevamente en mi mente.
Adrian.
Lo vi sentado a mi lado, Sus intensos ojos azules estaban clavados en los míos y sus labios se curvaban ligeramente mientras me hablaba con aquella voz ronca que todavía podía recordar con demasiada claridad. La cercanía de su cuerpo, la forma en que me observaba y aquella sensación de estar junto a él regresaron a mi memoria en apenas unos segundos.
Parpadeé y aparté la mirada del espejo.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Sara.
—En nada.
Mentí.
No entendía por qué aquel hombre había vuelto a mi mente precisamente ese día, cuando estaba a punto de comprometerme con el hombre que amaba.
—¡El día llegó por fin! —dijo Sara emocionada mientras terminaba de maquillarme.
La miré a través del espejo. Ella parecía mucho más entusiasmada que yo, mientras yo permanecía un poco pensativa.
—Pero, Ana, querida, te dije que durmieras bien. Tienes unas ojeras terribles. ¿Por qué precisamente hoy?
—Perdóname. No pude dormir muy bien.
Sara dejó por un momento el maquillaje y me observó con atención.
—¿Son nervios prenupciales?
Bajé la mirada.
—No lo sé.
Una imagen apareció nuevamente en mi mente.
Adrian.
Lo vi sentado a mi lado, Sus intensos ojos azules estaban clavados en los míos y sus labios se curvaban ligeramente mientras me hablaba con aquella voz ronca que todavía podía recordar con demasiada claridad. La cercanía de su cuerpo, la forma en que me observaba y aquella sensación de estar junto a él regresaron a mi memoria en apenas unos segundos.
Parpadeé y aparté la mirada del espejo.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Sara.
—En nada.
Mentí.
No entendía por qué aquel hombre había vuelto a mi mente precisamente ese día, cuando estaba a punto de comprometerme con el hombre que amaba.
—Hermosa. Te ves hermosa, mi amor.
Edmund me observó de arriba abajo con una expresión de admiración.
—Gracias, mi amor.
Tomé su mano y respiré profundamente antes de entrar con él al salón.
El salón donde seria la fiesta de compromiso estaba decorada con flores blancas, pequeñas luces cálidas y mesas cuidadosamente preparadas. Varias personas conversaban mientras una música suave llenaba el lugar. Al entrar, algunas miradas se dirigieron hacia nosotros y Edmund tomo mi mano.
—¿Nerviosa? —preguntó.
—Un poco.
Le sonreí.
Sara fue la primera en acercarse.
—¡Por fin llegaron! Pensé que tendría que ir a buscarlos.
—Todo fue culpa de Anastacia —dijo Edmund mientras me guiñaba el ojo
Lo miré fingiendo indignación.
—¿Mía?
—Sí. Tuviste que revisar tu vestido unas diez veces.
Sara soltó una carcajada.
—Eso suena exactamente a lo que ella haría dos horas antes de comprometerse, no me imagino como sera la boda.
—Por favor —respondí, mientras los dos reían
Poco después, los padres de Edmund se acercaron a nosotros. Margaret me recibió con un abrazo y Robert me estrechó la mano con una sonrisa.
—Anastacia, qué hermosa estás —dijo Margaret.
—Gracias, Margaret. Ustedes también están muy elegantes.
Robert miró a su hijo y luego a mí.
—Tenemos que admitir que Edmund hizo una excelente elección.
—Papá...
Edmund soltó una pequeña risa, un poco avergonzado.
—¿Qué? Es verdad —respondió Robert—. Hace mucho que no lo veía tan feliz.
Margaret tomó mi mano con cariño.
—Y nosotros estamos muy felices de que seas tú quien esté a su lado.
La miré con una sonrisa.
—Yo también soy muy feliz con él.
Edmund pasó un brazo alrededor de mi cintura.
—Y yo tengo mucha suerte de tenerla.
—Eso ya lo sabemos —respondió Margaret—. No has dejado de hablar de ella desde que empezaron a salir.
—Mamá, no exageres.
—No estoy exagerando.
Robert rio.
—Tu madre tiene razón. Aunque debo admitir que nunca pensé que llegarías a estar tan enamorado.
Edmund negó con la cabeza.
—¿Podemos dejar de hablar de mí?
—No —respondimos Margaret y yo al mismo tiempo.
Los tres soltamos una carcajada.
Margaret me abrazó nuevamente.
—Espero que este sea apenas el comienzo de muchos momentos felices para ustedes.
La abracé con cariño.
—Eso espero yo también.
Edmund tomó mi mano una vez mas.
—Lo será.
Lo miré y sonreí. En medio de todas aquellas personas, rodeada de nuestras familias y amigos, sentí que aquella noche era exactamente como siempre había imaginado.