Ella es la hija de un General, es capaz, es inteligente, Pero todos ven que ser mujer es su única debilidad.
Pero ella demostrará lo contrario.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Hermanos 2
Más tarde, Emma encontró a Ellie en su habitación.
La joven estaba sentada junto a la ventana, contemplando el jardín.
Emma llamó suavemente a la puerta.
—¿Puedo pasar?
Ellie no se volvió.
—Si vienes a burlarte de mí, puedes marcharte.
—Qué recibimiento tan cálido. Casi parece que no me quieres.
—Emma.
La capitana entró y se sentó junto a ella.
Durante unos segundos, ninguna habló.
Después Emma sonrió.
—¿Te gusta mucho?
Ellie se cubrió el rostro con las manos.
—No puedo creer que estés preguntándome esto.
—Es una pregunta perfectamente razonable.
—¡No lo es!
—Entonces responderás con facilidad.
Ellie dejó escapar un suspiro.
—No lo sé.
Emma inclinó la cabeza.
Aquella respuesta la sorprendió.
Había esperado una negación rotunda, otra protesta o, quizá, una confesión acompañada de un sonrojo.
Pero Ellie parecía genuinamente confundida.
—Antony es amable conmigo.. Me escucha. No me trata como si fuera una niña incapaz de comprender nada.
Emma sintió que una pequeña sonrisa aparecía en sus labios.
—Eso parece importante para ti.
—Lo es.
Ellie jugueteó con el borde de la tela que llevaba entre las manos.
—Sé que es mayor que yo. Y sé que Eric no lo aprobará fácilmente. Pero cuando hablamos, siento que puedo decir lo que pienso sin que alguien intente decidir por mí.
Emma guardó silencio.
Aquella frase le resultaba demasiado familiar.
No era exactamente la misma batalla que ella había librado en el ejército, pero había algo en común.
Ambas querían que las tomaran en serio.
Ambas deseaban que los demás reconocieran que podían pensar por sí mismas.
Y ambas estaban cansadas de que alguien confundiera el cariño con la necesidad de controlar sus vidas.
Emma tomó suavemente la mano de su hermana.
—No tienes que decidir nada ahora. Conócelo. Observa cómo te trata, cómo se comporta con los demás y cómo reacciona cuando no estás de acuerdo con él. No te apresures por lo que sientes, pero tampoco te avergüences de sentirlo.
Ellie la miró.
—¿De verdad piensas eso?
—Por supuesto.
—¿Y no te burlarás de mí?
Emma sonrió.
—Me burlaré un poco.
—¡Emma!
—Pero con cariño.
Ellie terminó riéndose.
Emma le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Y, si ese hombre te hace llorar, hablaré con él.
Ellie sonrió.
—¿Vas a amenazarlo?
—No. Soy una oficial respetable.
La joven la miró con desconfianza.
Emma añadió..
—Probablemente.
Las dos comenzaron a reír.
Y durante aquel breve momento, Emma sintió que había encontrado un lugar donde no necesitaba demostrar absolutamente nada.
No era la capitana Viceroy.
No era la hija de un general.
No era la mujer que había tenido que trabajar el doble para conseguir la mitad del reconocimiento.
Era simplemente Emma.
Una hermana.
Una hija.
Una mujer que, aunque disfrutaba fingiendo que podía resolverlo todo por sí misma, también necesitaba aquellos momentos de tranquilidad.
Y quizá por eso nunca le había molestado demasiado ser la hermana del medio.
A veces pasaba inadvertida.
A veces sus problemas parecían menos urgentes que los de los demás.
Pero tenía la libertad de construir su vida a su manera.
Y, por ahora, eso le bastaba.
La vida en el palacio también había cambiado.
Emma comenzó a relacionarse con personas a las que antes apenas habría tenido ocasión de conocer.
Los consejeros dejaron de verla únicamente como la capitana encargada de entrenar a lady Alana y empezaron a consultarle cuestiones relacionadas con la seguridad de los desplazamientos reales.
Los guardias de palacio se acostumbraron a verla revisar rutas, estudiar planos y señalar posibles puntos vulnerables.
Incluso algunos funcionarios administrativos habían descubierto que Emma podía mantener una conversación perfectamente civilizada siempre que nadie intentara explicarle que las mujeres debían dedicarse a asuntos más delicados.
Pero la relación que más la sorprendió fue la que desarrolló con Alana.
No eran amigas íntimas.
No compartían secretos profundos ni pasaban las tardes conversando sobre sus sentimientos.
Sin embargo, habían llegado a conocerse lo suficiente para que Emma pudiera distinguir cuándo la joven estaba cansada, cuándo algo la preocupaba y cuándo su sonrisa significaba que estaba a punto de proponer una idea extraordinariamente imprudente.
También había descubierto que Alana tenía una opinión del rey que Emma consideraba, en el mejor de los casos, excesivamente generosa.
—Su Majestad es maravilloso
declaró Alana una mañana mientras terminaba sus ejercicios.
Emma levantó la cabeza.
—¿Maravilloso?
—Sí.
—¿El rey Draco Sunderland?
Alana sonrió.
—Si..
Emma dejó las anotaciones sobre el banco.
—Lady Alana, ayer Su Majestad gritó a tres consejeros porque un informe estaba incompleto, a un secretario porque llegó cinco minutos tarde y a un guardia porque una puerta no se encontraba cerrada correctamente.
—La puerta debía estar cerrada.
—No estoy discutiendo eso.
Alana inclinó la cabeza.
—Entonces no comprendo el problema.
Emma la miró con absoluta incredulidad.
—El problema es que gritó durante casi veinte minutos.
—Estaba preocupado por la seguridad del palacio.
—Después gritó a un mago.
—Quizá el mago había cometido un error.
—¡El mago estaba intentando explicarle que el sistema de protección necesitaba una reparación!
Alana parpadeó.
—Oh.
Emma cruzó los brazos.
—Y, cuando el mago Jack terminó de explicárselo, Su Majestad le ordenó que solucionara el problema antes del mediodía.
—Eso parece razonable.
La capitana cerró los ojos.
[Señor, dame paciencia. No puedo discutir con una mujer que considera que los gritos son una forma perfectamente aceptable de comunicación administrativa.]
Alana se acercó a ella.
—Pero conmigo nunca es así.
Emma abrió los ojos.
—Exactamente.
—Siempre pregunta si estoy bien. Me recuerda que descanse. Se preocupa por mis estudios y por mi magia. Incluso cuando está ocupado, encuentra tiempo para hablar conmigo.
Emma la observó.
Alana hablaba con una ternura que no parecía fingida.
Y aquello era lo más desconcertante.
Porque Emma había visto al rey enfadarse con sus subordinados en tantas ocasiones que ya distinguía las diferentes etapas de su irritación.
Primero, el silencio.
Después, la mirada.
Finalmente, la voz.
Y, cuando Draco Sunderland alzaba la voz, incluso los hombres más experimentados del ejército parecían recordar repentinamente que tenían asuntos urgentes en otra parte.
Pero con Alana era distinto.
El rey sonreía.
Escuchaba.
Y, en ocasiones, parecía incluso disfrutar de sus conversaciones.
Emma había comenzado a sospechar que el monarca poseía dos personalidades diferentes.
Una para el resto del mundo.
Y otra exclusivamente para lady Alana Norton.
—¿Nunca lo has visto gritar?
Alana lo pensó.
—Bueno, una vez levantó bastante la voz cuando le dije que había pasado toda la noche practicando magia.
Emma la miró fijamente.
—¿Y qué hiciste?
—Le expliqué que quería mejorar.
—¿Y él?
—Me dijo que debía dormir. Es que antes de que comenzara a entrenar con usted, me desmaye porque gasté todo mi maná, entonces él se preocupa.. es tan bueno..
Emma se quedó inmóvil.
—¿Eso fue todo?
—Sí.
La capitana miró al cielo.
[Qué paciencia. A mí me habría enviado tres informes, dos reglamentos y una conferencia sobre la importancia del descanso.]
Alana soltó una risita.
—Creo que es una buena persona, capitana.
Emma la observó.
Quizá lo era.
Quizá debajo de aquella severidad había un hombre que cargaba con demasiadas responsabilidades y que había aprendido a gobernar mediante la disciplina.
O quizá simplemente tenía un punto débil muy evidente.
Y ese punto débil tenía cabello rubio, ojos celestes y una preocupante tendencia a sonreírle al rey.
Emma miró a Alana.
Después al palacio.
[Definitivamente, si esta mujer no termina siendo reina, será porque el rey ha perdido completamente el juicio.]