Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.
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Un hombre demasiado amable
El martes por la mañana, Aria llegó a la empresa con un café en una mano y una carpeta llena de documentos en la otra.
Había dormido mejor que la noche anterior y estaba decidida a no permitir que Dante Vassari volviera a distraerla con sus preguntas absurdas.
Por desgracia, el destino parecía tener un sentido del humor cuestionable.
—¡Aria!
Ella se giró y encontró a Mateo Ferrer, uno de los analistas del departamento financiero, acercándose con una sonrisa.
Mateo tenía veintiocho años, era simpático y poseía una facilidad irritante para hacer que todo pareciera menos complicado.
—Buenos días —saludó ella—. ¿Qué rompiste esta vez?
—¿Por qué asumís que rompí algo?
—Porque la última vez que me saludaste así, necesitabas que te ayudara con un informe.
Mateo se llevó una mano al pecho, fingiendo estar herido.
—Me ofende que pienses eso de mí.
—¿Me equivoco?
—No. Pero esperaba que tardaras un poco más en descubrirlo.
Aria soltó una carcajada.
Desde el otro extremo del vestíbulo, Dante Vassari observó la escena mientras uno de sus asistentes le hablaba sobre una reunión.
No escuchó una sola palabra de lo que le estaban diciendo.
Aria estaba riéndose.
Con otro hombre.
Y, por alguna razón que no tenía ninguna intención de examinar, aquello le molestó.
—Señor Vassari, ¿me está escuchando?
Dante apartó la mirada de inmediato.
—Continúa.
Su asistente retomó la explicación, aunque Dante ya había perdido el hilo.
Su lobo estaba inquieto.
¿Quién es él?
—Un empleado —pensó Dante, irritado.
Está haciéndola reír.
—Tiene ojos. Puede ver que es graciosa.
El lobo gruñó dentro de él.
Dante apretó la mandíbula.
Aquello era ridículo.
Aria no era suya. Ni siquiera era su amiga.
Era una empleada que tenía la costumbre de contradecirlo, cuestionar sus decisiones y sonreír como si no existiera un solo hombre en el mundo capaz de intimidarla.
No había ninguna razón para que le importara con quién hablaba.
Absolutamente ninguna.
—Señor Vassari —insistió su asistente.
—Cancela la reunión de las diez.
—¿La de los inversores italianos?
Dante lo miró.
—¿Acabo de decir otra cosa?
—No, señor.
El asistente desapareció rápidamente.
Dante volvió a mirar hacia el vestíbulo.
Aria ya no estaba allí.
Y eso, inexplicablemente, empeoró su humor.
...⸻...
A media mañana, Aria estaba revisando unos documentos cuando Mateo apareció junto a su escritorio.
—Necesito hacerte una pregunta importante.
Ella no apartó la vista de la pantalla.
—Si es sobre el informe, la respuesta es que tenés que revisar las cifras antes de enviármelo.
—No es sobre el informe.
Aria levantó la cabeza.
Mateo sonrió, esta vez con cierta timidez.
—¿Te gustaría cenar conmigo el viernes?
Ella parpadeó.
—¿Una cena?
—Sí. Ya sabés, dos personas, comida, conversación… Espero que no necesitemos una presentación de PowerPoint para entendernos.
Aria se rio.
Mateo era agradable. Le gustaba hablar con él y, además, parecía ser una de las pocas personas de aquella empresa que no vivía aterrorizada por su jefe.
—Está bien —respondió—. Me gustaría.
—Perfecto. Paso a buscarte a las ocho.
—Todavía no te di mi dirección.
—Cierto. Primer error de la cita. Voy a tener que mejorar.
Mateo se despidió con una sonrisa y regresó a su departamento.
Aria volvió a sus documentos, sin advertir que alguien había presenciado toda la conversación desde la puerta del despacho contiguo.
Dante estaba inmóvil.
—¿Necesita algo, señor? —preguntó su secretaria.
—No.
—¿Desea que le traiga el informe de la señorita Moretti?
—Tampoco.
Su secretaria dudó un instante.
—¿Se encuentra bien?
Dante giró lentamente la cabeza hacia ella.
—¿Por qué no habría de estarlo?
—Por nada, señor.
La mujer se marchó.
Dante entró en su despacho y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
—Es una cena —murmuró.
Su lobo no respondió.
—Una cena no significa nada.
Silencio.
—Y no me importa.
El lobo soltó un gruñido que sonó sospechosamente parecido a una carcajada.
Dante se quitó el saco y lo arrojó sobre el respaldo de la silla.
Aquello iba a ser una semana muy larga.
...⸻...
Esa noche, Aria estaba cenando con sus padres cuando recibió un mensaje de su madre.
La mujer estaba sentada frente a ella, así que Aria levantó la mirada, confundida.
—¿Por qué me escribís si estás acá?
—Leé primero —respondió su madre.
Aria desbloqueó el teléfono.
«Hija, quería preguntarte algo. ¿Cómo te estás llevando con tu jefe? ¿Te hace preguntas sobre tu vida personal?»
Frunció el ceño.
—¿Qué clase de pregunta es esta?
Su padre dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Una pregunta normal.
—¿Desde cuándo les interesa tanto mi jefe?
Su madre intercambió una mirada fugaz con su padre.
Fue apenas un segundo, pero Aria lo notó.
—Desde que nos contaste que trabajabas para un hombre tan poderoso —respondió ella—. Solo queremos que tengas cuidado.
—Mamá, trabajo en una empresa. No estoy viviendo en una película de espías.
Su madre intentó sonreír.
—Lo sabemos, cariño.
Aria volvió a mirar el mensaje y escribió una respuesta.
«Estoy bien. Dante es complicado, pero no me ha hecho nada. ¿Por qué me preguntan esto?»
Su madre leyó el mensaje en su propio teléfono y tardó demasiado en responder.
Finalmente, llegó otro.
«Solo prométenos que no hablarás demasiado de tu infancia con él. Hay cosas que es mejor dejar en el pasado.»
La sonrisa de Aria desapareció.
—¿Qué pasó en mi infancia que yo no sepa?
Su padre se levantó para recoger los platos.
—Nada que deba preocuparte ahora.
—¿Cómo que nada? Acabás de decirme que no hable de mi pasado con mi jefe.
—Aria, por favor —intervino su madre—. No queremos discutir.
Ella miró a ambos, buscando una explicación que no llegó.
Había preguntas sobre su infancia que llevaba años sin hacerse. Siempre había aceptado que su memoria era incompleta después de aquel accidente, pero nunca había imaginado que sus padres pudieran estar ocultándole algo deliberadamente.
—Está bien —dijo finalmente, aunque no estaba convencida—. No voy a hablar de mi infancia con él.
Su madre soltó el aire que parecía haber estado conteniendo.
Y ese pequeño gesto fue suficiente para que Aria empezara a sospechar.
Porque, por primera vez, tuvo la sensación de que sus padres no solo querían protegerla de algo.
Parecía que también estaban intentando evitar que descubriera algo.
Algo relacionado con su pasado.
Y quizá con Dante Vassari.