Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.
Pero un día, Cástor no aparece.
Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.
Entonces toma su lugar en la academia humana.
Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.
Es Pólux.
Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…
metérsete con el hermano de un dios es otra.
Porque Cástor podía perdonarlos.
Pólux no.
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ERES UN ESTÚPIDO IGUAL QUE TUS PADRES… Y LA CASA EMPEZÓ A CAERSE
Damián no llegó muy lejos. Al llegar a la entrada del pasillo, se detuvo de golpe, giró sobre sus talones y volvió hacia mí, con el rostro desencajado por la rabia, el miedo convertido en furia ciega porque no sabía cómo procesar lo que acababa de ocurrir.
—¿Crees que me asustas con tus cuentos y tus miradas? —gritó, escupiendo las palabras—. ¡Eres un estúpido! ¡Igual que tus padres! ¡No eres nada! ¡Nada!
Y entonces solté una risa.
No fue una risa suave. No fue una risa contenida. Fue una risa sonora, estruendosa, que brotó desde lo más profundo de mis entrañas, antigua y terrible, como el estruendo de mil truenos estallando al mismo tiempo. Rebotó contra las paredes, golpeó los techos, hizo vibrar las ventanas hasta que los cristales empezaron a crujir.
—¿Estúpido? —reí, sin dejar de reír, con una alegría helada y destructiva—. ¿Yo? ¿Me llamas estúpido tú, que levantas la mano a un dios? ¡Mira a tu alrededor, mortal! ¡Mira lo que ocurre cuando un dios se ríe!
Y entonces la casa tembló.
Primero fue un temblor leve, como si un camión pesado pasara cerca. Luego, el suelo se sacudió con violencia. Las lámparas oscilaban violentamente, chocando unas contra otras. Los cuadros se descolgaron de las paredes y cayeron al suelo con estruendo. El polvo cayó del techo en nubes grises.
—¡¿QUÉ PASA?! —gritó Elena, agarrándose del pasamanos, pálida y aterrorizada.
—¡ES UN TERREMOTO! —chilló Javier, tapándose la cabeza—. ¡SALGAN! ¡CORRAN!
Pero no era un terremoto. Era yo.
Yo seguía riendo. Una risa que crecía y crecía, alimentada por su miedo, por su incredulidad, por años de crueldad acumulada. Cada carcajada hacía que las paredes se agrietaran. Cada vez que soltaba el aire, el suelo se abría un poco más. El techo empezó a desmoronarse, grandes bloques de cemento cayendo al suelo, y entre la lluvia de escombros, yo seguía de pie, sin una sola partícula de polvo sobre mí, riendo como un loco, como algo que ya no recuerda lo que es la piedad.
—¡Mirenme! —grité entre risas, señalándolos con una mano—. ¡Miren lo que despertaron! ¡Esto es solo el comienzo! ¡Esto es nada comparado con lo que viene!
Los humanos corrían despavoridos, tropezando unos con otros, gritando, llorando, buscando una salida que parecía desaparecer entre el derrumbe. Damián estaba clavado en el sitio, mirando cómo las paredes se abrían en grietas profundas a su alrededor, sin poder creer que todo aquello fuera causado por una risa.
—¡NO! —gritó él, con la voz rota—. ¡NO ES POSIBLE! ¡DETENTE!
—¿Detenerme? —reí yo, inclinando la cabeza, mientras una viga pesada caía justo a mi lado sin tocarme—. ¿Tú me pides que me detenga? Tú que no te detuviste ante sus lágrimas… ¿crees que yo me detendré ante tu miedo?
La casa se desmoronaba a mi alrededor. El techo se vino abajo. Las paredes exteriores cedieron. Y en medio de la destrucción total, de la nube de polvo y ruido, yo seguía de pie, intacto, riendo y riendo, mientras el mundo que ellos conocían se les caía encima.
—¡CORRAN, MORTALES! —grité, con la voz que retumbaba por encima del derrumbe—. ¡CORRAN MIENTRAS PUEDEN! ¡PORQUE ESTO NO ES UNA AMENAZA! ¡ES SOLO UNA RISAS! ¡Y LA FURIA AÚN NO HA EMPEZADO!