Blanca lo dio todo por el hombre que amaba y por la amiga que consideraba una hermana. Su recompensa fue una cama de hospital, una traición susurrada al oído y una muerte que ellos mismos apuraron para quedarse con todo.
Pero el destino le devuelve algo que casi nadie recibe: una segunda oportunidad.
Blanca despierta diez años en el pasado, joven, sana y con un arma que sus enemigos jamás sospecharán: sabe exactamente cómo termina cada historia. Sabe quién miente, quién engaña y quién caerá primero. Esta vez no será la esposa ingenua ni la amiga bondadosa. Esta vez, ella mueve las piezas.
Con una sonrisa dulce y un plan letal, empieza a tejer la caída de quienes la destruyeron… y en el camino se cruza con Vittorio Moretti, el poderoso dueño de la empresa, un hombre acostumbrado a mandar que, por primera vez, encuentra a alguien capaz de ponerlo de rodillas.
Venganza servida en bandeja, secretos que estallan como bombas y una pasión que arde tan fuerte como el odio. Blanca aprendió por las malas que el amor ciego mata. Ahora va a demostrar que una mujer con el corazón roto y la mente afilada es lo más peligroso que existe.
Porque quien siembra vientos… recoge tempestades. Y esta vez, la tormenta lleva su nombre.
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Capítulo 15: La Llegada de la Reina
El salón donde se celebraba la fiesta de la empresa estaba lleno, animado y ruidoso. Mesas puestas con manteles blancos, gente conversando, copas tintineando. Frank estaba sentado a la cabecera de una de las mesas, mirando el reloj de pulsera con impaciencia, mientras Lucia, a su lado, se lucía con un vestido corto y escotado, toda sonriente, pero con los ojos atentos a la puerta.
—¿Dónde está Blanca? Ya es hora de empezar —se quejó Frank, jugueteando con el celular.
—Debe de estar por llegar, amor... digo, ¡colega! —Lucia rió sin gracia, mientras mandaba rápido un mensaje: «Amiga, ¿dónde estás? ¡Ya está todo el mundo aquí! 😱».
Esperaba que Blanca apareciera con aquel vestido horrible, toda desgarbada, para poder reírse y decir que había sido un "malentendido". Pero el tiempo pasaba y nada.
De repente, la puerta principal del salón se abrió.
El viento pareció cambiar de dirección. El silencio cayó sobre el lugar de a poco, como en una película. Primero dejaron de hablar los que estaban más cerca, después los demás, hasta que el sonido de voces y cubiertos cesó por completo.
Lucia levantó los ojos para ver qué había pasado, y su sonrisa se le congeló en la cara.
Blanca estaba ahí, parada en la entrada.
No entró corriendo, no entró avergonzada. Caminó despacio, con la postura erguida, el tacón golpeando firme en el piso de mármol, resonando por todo el salón.
El vestido color vino le abrazaba el cuerpo con una elegancia de dar envidia, marcando cada curva sin ser vulgar. El cabello suelto, con movimiento y brillo, le caía sobre los hombros, y el maquillaje realzaba aún más aquellos ojos que ahora brillaban con inteligencia y poder. El labial rojo daba el toque final de reina.
Estaba... deslumbrante. Irreconocible.
El sonido de un tenedor cayendo en un plato rompió el silencio, y después otro, y varios más. Todos habían dejado de comer, dejado de hablar, solo para mirarla a ella.
—Dios mío... ¿quién es esa? —susurró alguien.
—¡Es Blanca! ¡La de Marketing! ¡Vaya transformación!
Lucia se quedó sentada, con las manos apretadas debajo de la mesa, la cara poniéndose roja como un pimiento, primero de la impresión, después de pura rabia y envidia. El vestido caro que había comprado para destacar parecía ahora una ropa cualquiera al lado de la clase de Blanca. El plan de hacerla pasar vergüenza había salido terriblemente mal.
—¿Quién es ella...? —murmuró Frank, con la boca abierta, los ojos vidriosos, sin poder parpadear. Parecía haber visto una aparición. La novia que él creía simple y sosa estaba ahí, pareciendo una modelo internacional, mucho más mujer que cualquier otra que hubiera visto. Sintió un nudo en el estómago, unas ganas súbitas de ir hasta ella, pero las piernas parecían habérsele pegado a la silla.
Pero quien sintió el impacto más fuerte fue Vittorio Moretti.
El CEO estaba en la mesa principal, de pie, dando un discurso de forma discreta, cuando las palabras se le murieron en la garganta. Giró la cabeza y vio a Blanca entrando.
El corazón le dio un latido tan fuerte que le dolió en el pecho. La recordaba borracha, recordaba el beso, la recordaba de uniforme... pero nada, absolutamente nada, se comparaba a esto.
Ella caminaba como si todo el salón le perteneciera. La luz parecía seguirla. Vittorio se quedó parado, inmóvil, sosteniendo la copa de vino en el aire, sin reacción alguna. Sus ojos oscuros recorrieron cada detalle del vestido, del rostro, del andar de ella, y una sensación de posesión y orgullo se apoderó de él.
Esta mujer..., pensó, sintiendo que le faltaba el aire. Esta mujer es mía. Sé que lo es.
Blanca se detuvo en el centro del salón, sintiendo todas las miradas sobre ella. Sintió la mirada de odio de Lucia, la mirada de arrepentimiento y deseo de Frank, y la mirada intensa, hambrienta y admirada de Vittorio.
Esbozó una sonrisa lenta, confiada, y alzó la copa que le ofreció un mesero, como quien brinda por su propia victoria.
—Buenas tardes a todos —dijo, con la voz dulce pero firme, cortando el silencio—. Espero no haber llegado tarde... pero a veces vale la pena esperar para ver empezar el espectáculo, ¿no es cierto?
Caminó con gracia hasta la mesa, dejando atrás un rastro de perfume caro y de puro poder. El juego había cambiado, y ahora todos sabían quién mandaba de verdad en esa historia.