Charlotte Callahan, una brillante científica investigadora, desaparece sin dejar rastro durante una expedición. Lo que debía ser una misión de rutina termina convirtiéndose en el mayor descubrimiento de su vida... y en el más peligroso.
Despertar en un mundo desconocido, donde la naturaleza desafía toda lógica y criaturas imposibles habitan cada rincón, obliga a Charlotte a hacer lo único que sabe hacer: observar, analizar y sobrevivir. Armada únicamente con su conocimiento, una mochila llena de instrumentos científicos y una inquebrantable curiosidad, comienza a documentar cada hallazgo mientras busca desesperadamente una forma de regresar a casa.
Pero cuanto más se adentra en aquel mundo salvaje, más difícil resulta explicar lo que sus propios ojos contemplan... y aún más difícil ignorar al enigmático hombre de alas de fuego que parece observar cada uno de sus pasos desde las alturas.
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UNA ANOMALÍA EXTRAÑA
Prólogo
El viento soplaba con fuerza sobre la cresta de la montaña, arrastrando consigo el olor húmedo de la tierra recién removida. A lo lejos, el sonido de las aves se mezclaba con el golpeteo metálico de los instrumentos científicos.
La doctora Charlotte Callahan se arrodilló frente a una formación rocosa que sobresalía del suelo como una antigua cicatriz en la montaña. Con delicadeza tomó una pequeña muestra mineral y la guardó dentro de un tubo de ensayo perfectamente etiquetado.
—Interesante... —murmuró mientras observaba los cristales bajo la luz del sol.
Sacó de su mochila un medidor electromagnético portátil.
Un pitido.
Después otro.
La aguja comenzó a oscilar.
Charlotte frunció el ceño.
—Eso no puede ser...
Alejó el aparato unos pasos.
La aguja volvió a estabilizarse.
Regresó junto a la roca.
El pitido se hizo más intenso.
Su mente científica descartó de inmediato las explicaciones más simples. No había líneas de alta tensión, ni instalaciones eléctricas, ni ninguna fuente conocida que justificara aquella lectura.
Con curiosidad, pasó la palma de la mano sobre la superficie de la roca.
Una ligera vibración recorrió la piedra.
Retrocedió un paso.
—¿Qué...?
El aire pareció doblarse frente a ella.
Como si el paisaje estuviera siendo visto a través de una cortina de agua, la luz comenzó a distorsionarse.
Charlotte levantó lentamente la vista.
Los árboles, las montañas, el cielo.
Todo parecía ondular alrededor de aquella formación mineral.
El medidor comenzó a emitir un pitido continuo.
Más fuerte.
Más fuerte.
Más fuerte.
Entonces ocurrió.
Un destello cegador envolvió el lugar.
Charlotte sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Intentó aferrarse a una roca.
No había nada.
Solo una fuerza invisible que la arrastraba hacia un vacío imposible.
Su último pensamiento fue una sola palabra.
—Increíble...
Y el mundo desapareció.
El impacto contra el suelo no se sintió como una caída, sino como si la realidad misma hubiera colapsado sobre ella.
Charlotte abrió los ojos, ahogada por un aire extrañamente denso, saturado de oxígeno y de un perfume floral tan penetrante que le hizo picar la garganta. No había dolor, solo una vibración que aún le recorría las extremidades. Se incorporó sobre sus rodillas y, en lugar de mirar al cielo buscando una explicación, sus ojos cayeron de inmediato en la vegetación que rodeaba sus manos.
Frente a ella se desplegaba una especie de helecho con nervaduras de un azul cobalto fosforescente. Acercó los dedos con fascinación, acariciando la textura aterciopelada de los pétalos.
—Estructura geométrica no euclidiana... vasculatura hiperdesarrollada —murmuró para sí misma, con la pupila dilatada por la curiosidad científica—. Si la pigmentación responde a una concentración tan alta de minerales alcalinos, la fotosíntesis aquí debe operar en una longitud de onda completamente distinta...
Un crujido seco rompió la calma del bosque.
Charlotte congeló sus movimientos. A solo unos metros entre la maleza, el follaje se abrió. La criatura que emergió no era un oso ni un puma de los que solía cuidarse en sus expediciones de montaña; era un depredador corregido y aumentado, una bestia cuadrúpeda de proporciones gigantescas, con una masa muscular grotesca y colmillos que duplicaban a los de cualquier sabueso terrestre.
El instinto de conservación tomó el control sin desplazar a la razón. Charlotte no gritó. No maldijo. Su mente procesó la amenaza a una velocidad ejecutiva. Sabiendo que sus fuerzas eran nulas contra semejante anatomía, echó mano a su equipo de montaña. Llevaba encima el kit completo de exploración.
Lentamente, sacó de su cinturón un silbato de alta frecuencia para caninos salvajes y ajustó el aire en sus pulmones. Sopló con fuerza. Para el oído humano el sonido fue casi imperceptible, pero para la bestia representó una descarga sónica insoportable. El depredador sacudió la cabeza con violencia, soltó un aullido de desorientación y huyó en picada hacia la espesura.
Por si acaso, Charlotte ya tenía en la otra mano el spray repelente de pimienta de alta densidad para osos, lista para rociar cualquier ataque frontal.
—Auditivamente hiper-sensibles... excelente dato —se dijo, aunque el pulso le latía en los oídos.
Sabía que el efecto del silbato era temporal y que el aire cargado de su propio olor orgánico la convertía en un faro para cualquier cazador de la zona. Necesitaba un refugio, y lo necesitaba ya. Quería desesperadamente abrir su mochila, sacar su bitácora y empezar a redactar páginas enteras sobre la flora y la fauna, pero la supervivencia precedía a la ciencia.
Rastreando el terreno con rapidez, encontró un lecho de fango acre cerca de un pantano. Sin dudarlo un segundo, comenzó a untarse capas de lodo denso sobre la ropa, los brazos y el cuello. El barro no solo neutralizó su firma térmica corporal frente al clima tropical, sino que selló por completo su aroma humano.
Mientras avanzaba sigilosa buscando una cueva, se topó con los restos óseos de una criatura ancestral. Entre las costillas descompuestas yacía un enorme cráneo con prominentes cuernos y mandíbulas amenazantes. Charlotte se detuvo a estudiarlo.
Su mente conectó los puntos al instante. Recordó sus lecturas sobre antropología y las tácticas de defensa en la sabana africana: trajes ceremoniales de voluminosa fibra vegetal, máscaras intimidantes y lanzas que no buscaban pelear, sino alterar la percepción visual de los leones y hienas para proyectar un tamaño falso y peligroso.
—Si no puedo ser más fuerte que ellos... seré la criatura a la que no quieran acercarse —razonó con una leve sonrisa.
Para la tercera semana, tras asentarse en la cueva tras la pared rocosa, Charlotte ya había materializado la idea. Tejió un voluminoso traje de fibras vegetales, adaptó el pesado cráneo sobre su cabeza y añadió semillas secas que sonaban a hueco al andar. El experimento fue un triunfo absoluto: las bestias locales preferían dar un rodeo antes que enfrentarse a ese extraño "espíritu" territorial.
Hoy, al cumplirse exactamente sesenta días de su llegada —el día sesenta en su bitácora—, el refugio de piedra se ha transformado en un laboratorio improvisado. Sobre la mesa descansan su microscopio portátil, sus tubos de ensayo y sus anotaciones meticulosas. Charlotte Callahan no sobrevivió por suerte; sobrevivió porque convirtió el miedo en conocimiento.
CAPÍTULO 1
LA BÚSQUEDA TERMINA
La lluvia golpeaba con suavidad el cristal de la ventana.
Aranza Stirling permanecía de pie frente a ella, sosteniendo una taza de café que hacía varios minutos había dejado de despedir vapor.
Afuera, el cielo gris envolvía la ciudad en una melancolía silenciosa, como si incluso el clima se negara a aceptar lo inevitable.
Sobre el escritorio descansaban varias fotografías.
En una aparecía una mujer de cabello castaño, sonrisa serena y una bata de laboratorio impecablemente blanca.
En otra, la misma mujer sostenía un casco de exploración mientras posaba frente a una enorme formación rocosa durante una expedición científica.
Charlotte Callahan.
Su hermana mayor.
Ari tomó una de las fotografías entre sus manos.
Un viejo recuerdo de ella y su hermana en la montaña, muchas de las lecciones que ella había aprendido habían sido dadas por su hermana.
Habían pasado casi tres meses desde su desaparición.
Tres meses de búsquedas.
Tres meses de conferencias de prensa.
Tres meses de esperanzas que se apagaban poco a poco.
Equipos de rescate.
Helicópteros.
Perros rastreadores.
Drones de reconocimiento.
Nada.
Ni una mochila, ni un instrumento, ni una sola huella.
Como si la tierra hubiera decidido tragarse a Charlotte sin dejar el menor rastro de su existencia.
El sonido de una notificación interrumpió el silencio.
Ari giró lentamente hacia la computadora.
Un nuevo correo acababa de llegar.
Remitente:
Instituto Nacional de Investigación Geológica.
Sintió un vuelco en el estómago.
No necesitó abrir el mensaje para imaginar su contenido.
Aun así, respiró hondo y presionó el cursor.
"Después de agotar todos los recursos disponibles y siguiendo las recomendaciones de las autoridades correspondientes, el Instituto informa la suspensión definitiva de las labores de búsqueda de la doctora Charlotte Callahan..."
No pudo continuar.
Las letras comenzaron a desdibujarse frente a sus ojos.
Aquel no era un simple comunicado administrativo.
Era la forma elegante de decirle a una familia que debía dejar de esperar.
Que aceptara la ausencia.
Que aprendiera a vivir sin Charlotte.
—No... —susurró con la voz quebrada.
Dejó caer la cabeza entre las manos.
Charlotte no era una persona imprudente.
Planeaba cada expedición hasta el último detalle.
Revisaba sus mapas una y otra vez.
Llevaba equipo de supervivencia, un botiquín completo, radio de emergencia y balizas de localización.
Siempre decía que la naturaleza debía respetarse, nunca subestimarse.
Una mujer así no desaparecía sin dejar absolutamente nada.
El teléfono comenzó a sonar.
En la pantalla apareció una palabra que hizo que el corazón de Ari se encogiera.
Mamá.
Contestó de inmediato.
—¿Bueno?
Del otro lado solo se escuchó una respiración temblorosa.
—¿Ari...?
—Sí, mamá.
Hubo unos segundos de silencio.
—El instituto acaba de llamarme.
Ari cerró lentamente los ojos.
—Lo sé...
La voz de su madre sonaba agotada.
No era el cansancio de una mala noche.
Era el de una mujer que llevaba meses sosteniéndose para no derrumbarse.
—Dicen que... ya no seguirán buscándola.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambas.
Ninguna encontraba el valor para romper aquel silencio.
Finalmente, su madre habló de nuevo.
—Esta tarde vendrán algunos familiares... quieren acompañarnos.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Dicen que deberíamos hacer una ceremonia... aunque sea simbólica.
Ari sintió que un nudo le cerraba la garganta.
—Todavía no puedo llamarlo despedida...
—Yo tampoco, mamá.
Las dos permanecieron unos segundos sin hablar.
No hacía falta.
Las lágrimas decían todo aquello que ninguna era capaz de expresar.
—¿Vendrás?
—Claro que sí.
—Te espero, hija.
Cuando la llamada terminó, el silencio volvió a llenar la habitación.
Ari dejó el teléfono sobre la cama.
Sus ojos recorrieron lentamente cada rincón del cuarto hasta detenerse en una vieja mochila de senderismo apoyada junto al armario.
La misma mochila que utilizaba desde que era scout.
La brújula seguía colgando de uno de los cierres.
La cuerda permanecía perfectamente enrollada.
La linterna.
La cantimplora.
El pequeño botiquín.
Todo seguía exactamente en el mismo lugar.
Lista para partir.
Ari caminó lentamente hasta ella.
Pasó la mano sobre la tela desgastada.
Después volvió la vista hacia la fotografía de Charlotte.
La sostuvo con fuerza entre sus dedos.
—No me importa lo que digan los demás...
Su voz apenas fue un susurro.
—No me importa que hayan cerrado el caso.
Respiró profundamente.
Sus ojos, aún húmedos, comenzaron a llenarse de una determinación que no había sentido en semanas.
—Yo voy a encontrarte, Charlotte.
Aunque tenga que recorrer el mismo sendero.
Aunque nadie más crea que sigues viva.
Aunque tenga que hacerlo completamente sola.
Porque tú jamás habrías dejado de buscarme.
Y yo tampoco voy a dejar de buscarte.–
La lluvia continuaba cayendo del otro lado de la ventana.
Pero, por primera vez desde la desaparición de su hermana, Ari sintió que su camino comenzaba a tomar una dirección.
La búsqueda oficial había terminado.
La suya...
Apenas estaba por comenzar...
\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*
Arrancamos con esta nueva y emocionante historia espero que les guste tanto como las anteriores ha sido un reto con estos personajes pero lo he disfrutado demasiado.
Es importante que les diga que aunque los capítulos corren de manera simultánea se desarrollan en dos líneas de tiempo diferentes.
y pues ya saben lo que siempre les digo dejen sus comentarios sus apreciaciones, 👍⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️🎁✅️
Seguimos leyéndonos ya saben que hago este trabajo con mucho cariño.
Su querida escritora:
Ángel Morel y su pluma mágica🪶✍️
no te podías esperar unos días mas🤭
te queremos autora🥰🥰
un maratón 💘💘👏👏☺️☺️
que emoción 💘 bueno...será que la va a reclamar?🥰
cómo que el mushasho la puso nerviosa🤭🥰
Supongo que la marca hace sentir al compañero las emociones de tristeza, alegría o peligro? porque no lo veo como una simple marca
jajajaja si el no se quema con su fuego❤️🔥 nosotras si🤭🤭
creí que fluirian como el agua
bueno...si es que funciona, no lo tendrá tan fácil este lobito🤭