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La Debilidad Del Mafioso

La Debilidad Del Mafioso

Status: En proceso
Genre:Madre soltera / Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Dane Benitez

Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige

Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"

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CAPITULO 11

Incluso basta una sola mirada para hacerte caer en la tentación, y un beso para empujarte al abismo de la pasión.

Dasha

Son cerca de las doce cuando el médico me deja saber que ya puedo llevarme a Kiara. Azrael está en la habitación, pero sus ojos permanecen fijos en lo que se observa desde la ventana, perdido en algún pensamiento oscuro. Por otro lado, Kael se ha quedado profundamente dormido en el sillón.

El médico se despide, dejándonos solos nuevamente.

—Ya podemos irnos —le digo a Azrael. Él se gira hacia mí con lentitud.

—Perfecto.

Sus ojos se encuentran con los míos y siento una sacudida eléctrica que me recorre la columna. Me doy la vuelta de inmediato para tomar a Kiara entre mis brazos.

—¿Podrías ayudarme pasando a Kael, por favor? —le pido, señalando a mi pequeño.

—¿De verdad crees que dejaré que cargues sola a los niños hasta el auto? —espeta con seriedad, arqueando una ceja.

—Puedo hacerlo.

—Aunque puedas, no lo permitiré. No soy tan patán —suelta de forma tajante.

No digo nada. Me limito a tomar mi abrigo mientras él levanta a Kael con una naturalidad asombrosa y se lo echa al hombro como si no pesara nada. Salgo seguida de él, caminando por el pasillo hasta la salida. Al llegar afuera, la brisa fresca de la noche nos sacude, despejándome un poco el aturdimiento.

El deportivo de Azrael no está por ningún lado; en su lugar hay una camioneta negra, imponente, que parece una bestia agazapada en la oscuridad. Las puertas traseras se abren mediante un comando de voz y me quedo atónita al ver dos sillas para niños perfectamente instaladas en el asiento.

Él acomoda a Kael y abrocha el cinturón antes de volver a mi lado y tomar a Kiara con delicadeza para hacer lo mismo. Cierra las puertas y abre la del copiloto para que yo suba. Nuestros ojos se encuentran por una fracción de segundo y me es imposible no fijarme en sus labios, gruesos y apretados, justo antes de que cierre la puerta tras de mí.

Se pone al volante y saca el vehículo del estacionamiento. Conduce hacia mi casa con una seguridad pasmosa, como si fuera una ruta que recorriera todos los días. Miro de reojo a los niños antes de recostarme en el asiento, dejando escapar un suspiro de cansancio.

—Ya está bien, Dasha —suelta él sin apartar la vista del frente—. No te preocupes más.

—Si algo les pasa, me muero —confieso con sinceridad. Ellos son lo único que me queda ya.

—Nada les pasará. Ni a ellos, ni a ti —asegura con una firmeza que me hace querer creerle.

No respondo. Cierro los ojos, pero en mi cabeza no hay nada más que la imagen de la persona que conduce a mi lado, sintiendo su mirada fija sobre mí en cada semáforo.

Al llegar a casa, se estaciona en el garaje. Antes de que yo pueda reaccionar, él ya ha abierto mi puerta. Me ayuda a bajar posando sus manos en mis caderas; el contacto me quema, haciendo que la piel me arda bajo su toque.

—Cuidado —dice a escasos centímetros de mi cara, su voz es un susurro peligroso.

Abre las puertas traseras y baja a Kiara primero, entregándomela con cuidado antes de tomar a Kael. Entramos en mi casa y el calor del hogar nos recibe. Con el pie, aparto con cuidado un carro de juguete de Kael y me dirijo hacia las escaleras, sintiendo los pasos pesados y seguros de Azrael detrás de mí.

En mi habitación, deposito a Kiara sobre la cama y luego recibo a Kael para acomodarlo al otro lado. Les quito los zapatos y los arropo con ternura. Beso sus frentes y finalmente me enderezo para mirar a Azrael, quien me observa recostado en el marco de la puerta con las manos en los bolsillos.

Salimos de la habitación y bajamos a la sala en silencio.

—Una vez más, gracias, Azrael.

Él no dice nada. Se gira y observa todo a su alrededor con curiosidad; sus ojos recaen sobre la pequeña casa de juguetes a un lado y la pista de carreras armada en medio de la sala.

—Oh, disculpa el desorden —digo apresurándome a recoger lo que hay tirado—. Es solo que aún no organizo su cuarto de juegos.

—¿Qué ocurrió con la madre de los niños? —pregunta de repente.

Si fuese alguien más, me limitaría a darle una respuesta corta, pero con él siento una libertad extraña, a pesar de que apenas lo conozco. Le señalo el sofá y él me sigue. Tomamos asiento uno frente al otro. Dejo salir un largo suspiro antes de iniciar.

—Murió hace dos semanas —la daga que llevo en el pecho desde entonces se retuerce—. Era mi mejor amiga, mi hermana. Estaba enferma del corazón y un infarto fulminante se la llevó.

Sus ojos oscuros se clavan en los míos, analizándome.

—¿Dónde está el padre de los niños?

—No lo sé. Desapareció de la vida de Sienna en cuanto supo que estaba embarazada. Jamás quiso a los niños —confieso con amargura—. Ella era madre soltera y yo la ayudaba con todo; por eso ahora soy lo único que tienen.

—El niño dijo que ahora tiene tu apellido.

—Sí. Sienna me los dejó. Ahora, legalmente, soy su madre.

—Ella debió confiar mucho en ti —suelta él con voz grave.

Aparto la vista cuando siento la humedad crecer en mis ojos. El nudo en mi garganta se vuelve insoportable.

—Sí, lo hacía... pero ya le he fallado —digo con la voz quebrada—. Mira a donde fue a parar Kiara hoy solo por no verme. No debí dejarlos solos y...

En un parpadeo, lo tengo agachado delante de mí. Sus pulgares, rudos pero cuidadosos, limpian las lágrimas que resbalan por mis mejillas.

—Creo que no pueden tener más suerte que tenerte a ti, Dasha —habla mientras me alza la barbilla para que lo mire a los ojos.

—A veces dudo de eso. Dudo de si podré con todo esto.

—Primer error, Dasha. No puedes dudar de ti jamás —sentencia—. Duda del mundo entero, pero nunca de ti misma.

No sé qué me pasa, pero el peso de las últimas semanas me vence. No puedo evitar lanzarme hacia él y abrazarlo con desesperación. Sus brazos me rodean con una fuerza asombrosa, protegiéndome. No puedo contener el llanto; la pérdida de Sienna y el miedo acumulado estallan en su pecho.

—Tengo miedo, Azrael... miedo a fallarle a ella —lloro como una niña pequeña—. Miedo a fallarles a ellos y que en algún momento los pierda.

Siento sus manos acariciando mi espalda mientras susurra algo que no logro entender, pero que me calma. Todo se vuelve silencioso, mi respiración se va tranquilizando mientras sigo refugiada en los brazos del último hombre que pensé que me ofrecería consuelo.

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         Narrador omnisciente

Los rayos del sol de la recién iniciada mañana comenzaron a filtrarse por las rendijas de las persianas, dibujando líneas doradas sobre la alfombra de la sala. El silencio en la casa era absoluto, roto únicamente por el tictac rítmico de un reloj de pared y la respiración acompasada de quienes habían sucumbido al cansancio en el sofá.

Dasha se había quedado dormida profundamente, con el rostro oculto en el hueco del cuello de Azrael y una mano aferrada con fuerza a la solapa de su chaqueta, como si temiera que, al soltarlo, la realidad volviera a golpearla. Su cabello cobrizo caía en cascada sobre el brazo del hombre, creando un contraste casi artístico con la rudeza que aquel hombre transmitía.

Azrael Smirnov, un hombre que jamás bajaba la guardia y cuya vida dependía de estar siempre un paso por delante de la muerte, no se había movido en toda la noche para no despertarla. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá y un brazo rodeando protectoramente la cintura de Dasha. Sus ojos, habitualmente gélidos y calculadores, estaban cerrados, pero su rostro no reflejaba paz, sino una extraña contención.

Cualquier otro hombre habría llevado a Dasha a su cama para después marcharse o aprovecharse de su vulnerabilidad, pero él se había quedado allí, anclado por el peso de una mujer que lloraba una pérdida y por el compromiso silencioso de no fallarle a los niños que dormían en la planta de arriba. Aquel escenario —rodeado de juguetes dispersos y restos de una vida doméstica que él nunca conoció— era el lugar más peligroso en el que Azrael había estado jamás. No porque hubiera armas apuntándole, sino porque, por primera vez, algo estaba logrando atravesar el blindaje de su alma, incluso sin él darse cuenta.

Mientras tanto, en la habitación de arriba, la pequeña de cabello oscuro y cara angelical despertó. Sus pies descalzos tocaron el suelo frío y, de inmediato, tomó su peluche y lo apretó contra su pecho mientras se dirigía a la salida. Con extremo cuidado, bajó las escaleras y entró al salón, deteniéndose frente al sofá donde los otros dos seguían sumidos en el sueño.

Su carita se llenó de curiosidad al observar a aquel extraño que abrazaba a su tía Dasha. Mientras ellos seguían dormidos, ella se sentó en el sillón de enfrente y se limitó a observarlos con una ternura que la hacía ver aún más adorable.

Azrael, acostumbrado a estar alerta como un animal en medio del bosque, sintió la mirada fija de alguien sobre él. Abrió los ojos poco a poco, pero no con sorpresa o desorientación, sino con la agudeza de un depredador. Sus ojos se encontraron con los de la niña que estaba frente a él, y una vez más, esa sensación extraña que sintió en el hospital volvió a clavarse en su pecho.

—Oh... ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —preguntó la voz de Dasha, despertando al sentir el movimiento.

Al abrir los ojos, su mirada se desvió rápidamente de la niña hacia el hombre que aún mantenía la mano sobre su cintura. La comprensión de la cercanía en la que habían pasado la noche la golpeó de golpe.

—Hey... lo siento. Yo no quise quedarme dormida, lo lamento de verdad —soltó ella mientras se incorporaba con rapidez, con el rostro encendido por la pena.

—Hemos sido ambos —aseguró Azrael, con su voz ronca de la mañana, sin apartar los ojos de ella.

Sus miradas se encontraron fijamente por unos segundos, cargadas de todo lo que no se habían dicho, hasta que el momento fue interrumpido por Kiara, quien saltó a los brazos de Dasha buscando refugio y mimos.

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ana rosa cobos torres
que hermoso espécimen
Nayeli Chab Rodriguez
Su hija a de ser Sienna
Vidash: Te invito a que no te pierdas de ningún capítulo 🥰🤭🤭
total 1 replies
ShaLop
Hermoso el protagonista 🤭🤭
Ana VR
yo siempre me pregunto, de donde salen estos dioses griegos 😍😍
alegra: loo mismo me preguntó yo🤔🥰
total 2 replies
Tere Jimenez
muy guapo gracias por compartir tu novela
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