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AMORES DE LA ÉLITE

AMORES DE LA ÉLITE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Romance / Amor eterno / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

El Precio de la Libertad
En las frías y oscuras mazmorras donde los sueños se apagan, una mujer encadenada guarda el secreto de su propia resistencia. Despojada de todo menos de su dignidad, su llanto no es de debilidad, sino el eco silencioso de un alma que se niega a doblegarse.
Amores de la ÉLITE
Entre salones de baile iluminados por imponentes candelabros, copas de cristal y miradas que lo dicen todo, se mueve la alta sociedad. En este exclusivo universo donde el poder y el dinero dictan las reglas del juego, dos almas se cruzan para descubrir que el lujo más codiciado no se lleva en los dedos ni en las joyas, sino en la intensidad de un amor apasionado. Tres élite se unen la familia Monasterio, la familia Valderrama Morales y la familia Pineda Castillo.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA TORMENTA QUE SE GESTA EN LAS SOMBRAS

​Mientras el interior de la clínica se deslizaba hacia una calma frágil, sostenida por el pitido regular de los monitores y el alivio silencioso de la familia Pineda-Castillo reunida alrededor de Andrés, el mundo exterior no conocía treguas. Las calles de la capital, bañadas por la luz amarillenta y parpadeante de las farolas bajo una llovizna fina y persistente, parecían el escenario perfecto para una tragedia en gestación.

​A tres kilómetros de allí, en un galpón abandonado que servía como fachada logística para el tráfico ilegal de combustible y contrabando en la zona industrial este, el ambiente era tan denso como el humo denso que flotaba sobre los escritorios oxidados. Rubén Martínez caminaba de un lado a otro con zancadas rápidas y furiosas, sosteniendo un vaso de cristal con los restos de un whisky añejo que golpeaba contra las paredes del recipiente a cada giro brusco. Su rostro, habitualmente tallado en una máscara de fría prepotencia, estaba desfigurado por la rabia. La vena de su sien izquierda latía con violencia.

​—¡Malditos sean todos! ¡Me costó meses armar esa red de seguridad y me la desmantelaron en menos de cinco minutos como si fueran aficionados! —estalló Rubén de repente, arrojando el vaso contra una pared metálica donde se hizo añicos en mil pedazos.

​Los dos guardaespaldas que quedaban en la estancia se encogieron de hombros, manteniendo la mirada baja, sabiendo perfectamente que en ese estado el jefe disparaba primero y preguntaba después.

​—Señor... la policía estatal y los equipos federales están peinando todos los accesos hacia la costa. Han cerrado los puestos de control y las cámaras de reconocimiento de patentes están activas en toda la circunvalación. No podemos movernos con los vehículos principales —advirtió uno de los hombres con voz temblorosa.

​Rubén se detuvo en seco, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos. Una sonrisa torcida, macabra y desprovista de cualquier rastro de humanidad se dibujó lentamente en sus labios finos.

​—¿Creen que porque me cercaron el perímetro ya ganaron? —murmuró Rubén con voz siseante, acercándose lentamente a una mesa donde desplegaba un mapa físico de la ciudad—. Si los Pineda creen que su apellido y sus amigos policías los van a blindar para siempre, están muy equivocados. Si no puedo tener el control de ese territorio, y si ese muchacho insoportable sobrevivió... entonces destruiré lo único que les importa desde la raíz. Averigüen en qué hospital está Anastasia, mi propia mujer. ¡Si esa traidora creyó que podía escapar de mi lado y desafiarme, se equivocó rotundamente! Si no puedo cobrarme la afrenta con el hijo de los Pineda, lo haré cobrando cuentas con ella y con cualquiera que se cruce en mi camino.

​El plan del mafioso era una jugada desesperada, un movimiento suicida dictado por el ego herido y la rabia ciega de saber que Anastasia era, en realidad, su pareja a la que consideraba su propiedad y que había intentado huir de su opresión.

​De vuelta en la clínica, el ambiente respiraba una paz muy distinta, aunque la fatiga comenzaba a pasar factura de manera implacable a todos los presentes.

​Eran cerca de las tres de la mañana. En la habitación postoperatoria, Andrés ya dormía un sueño profundo y natural, desprovisto de los sedantes pesados, con el ritmo cardíaco estabilizado y la respiración compasada. Marcela aceptó finalmente recostarse unos minutos en un sillón reclinable dentro de la misma habitación, acurrucada bajo una ligera manta que Santiago le había colocado con infinita ternura. El patriarca de la familia permanecía de pie junto a la ventana, observando las luces de la ciudad lejana, con el peso de la responsabilidad política y familiar reflejado en sus hombros cansados.

​En el pasillo exterior, la teniente Samantha Blake seguía apostada cerca de la columna, con el teléfono satelital en la mano y el ceño fruncido. Había estado coordinando los puntos de control móviles con el departamento de inteligencia. Fue en ese momento cuando el ascensor privado del ala médica se abrió con un suave zumbido y de él descendió la doctora Diana Monasterio, acompañada por la distinguida doctora Elena Morales.

​Elena, de origen extranjero y casada con el magnate multimillonario Mateo Valderrama —dueño de imperios financieros internacionales, mientras ella misma poseía y administraba una prestigiosa cadena de hospitales y clínicas de alta tecnología en su país de origen—, se encontraba de visita en la capital colaborando por amistad y lazos profesionales con Diana. Ambas caminaban con pasos cansados, arrastrando las suelas de los zapatos contra el piso encerado, pero con la satisfacción inmensa de haber cumplido con su deber quirúrgico.

​Samantha se apartó de la columna y dio unos pasos al encuentro de su pareja. Diana levantó la vista y, al verla aproximarse, una sonrisa cansada pero genuina iluminó su rostro.

​—¿Cómo están las cosas allá adentro, doctora? —preguntó Samantha en un tono bajo, profesional pero teñido de una profunda calidez íntima.

​—Estables, Sam. Andrés ha superado el ciclo crítico de la madrugada sin fiebre ni picos de presión intracraneal. Si sigue así, en cuarenta y ocho horas podremos pasarlo a una habitación común —respondió Diana con un suspiro de alivio, deteniéndose frente a la teniente y acomodándole con delicadeza el cuello de la chaqueta táctica—. ¿Y tú? ¿No vas a sentarte a respirar un segundo? Llevas horas de pie custodiando este pasillo.

​—No puedo darme el lujo de sentarme todavía, Diana —respondió Samantha con voz firme, aunque sus ojos oscuros se suavizaron al contacto de las manos de su pareja—. Mis fuentes de inteligencia me indican que Rubén Martínez está acorralado, pero un animal herido es cuando más peligroso se vuelve. No voy a descansar hasta ver a ese desgraciado tras las rejas o inhabilitado para siempre.

​Elena Morales, que se había mantenido a un par de pasos de distancia dándoles su espacio, ajustándose el elegante abrigo de diseñador sobre la ropa médica, sonrió con elegancia internacional.

​—Bueno, chicas... lamento interrumpir este momento de romanticismo táctico —bromeó Elena con una sonrisa cansada pero sofisticada—, pero entre el jet lag, el vuelo privado de Mateo que me trajo de urgencia y estas diez horas operando bajo presión, mi cuerpo me pide a gritos una suite presidencial y un buen café antes de que me desplome aquí mismo.

​—Tienes toda la razón, Elena. Vete a descansar a la zona VIP de la clínica; le diré a la administración que dispongan de todas las comodidades a las que estás acostumbrada en tus clínicas del extranjero —asintió Diana, dándole un apretón cariñoso en el brazo a su gran amiga y colega.

​Sin embargo, antes de que Elena pudiera dar el primer paso hacia el ascensor privado, el comunicador táctico prendido en el chaleco de Samantha emitió un pitido corto y agudo, seguido de una voz estática pero urgente proveniente de la central de vigilancia perimetral:

​—Teniente Blake, aquí el puesto de control Alfa... Tenemos un movimiento sospechoso en la entrada de la zona de ambulancias posterior. Un vehículo sin identificación intenta burlar las barreras de seguridad. Requerimos verificación inmediata.

​El rostro de Samantha cambió en una fracción de segundo. La comisura de sus labios se endureció, la máscara policial volvió a cerrarse herméticamente y su mano se deslizó por instinto hacia la cartuchera de su arma reglamentaria.

​—Alerta máxima. El juego apenas comienza —susurró Samantha, mientras Diana la miraba con una mezcla de orgullo y profunda preocupación, sabiendo que la tormenta exterior había llegado finalmente a las puertas del refugio.

1
Luisa Franco
la historia promete
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