Elara es una arquitecta brillante, reservada, que ha vivido siempre bajo reglas y control. Todo cambia cuando acepta restaurar la antigua mansión de la familia Varela y conoce a Dante Varela: un hombre misterioso, intenso, que despierta en ella un fuego que creyó no tener. Entre paredes que guardan secretos, noches de pasión arrolladora y un pasado que amenaza con separarlos, descubrirán que el deseo no se puede controlar… y que a veces, amar es el único riesgo que vale la pena correr.
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Capítulo 1: El primer encuentro
Elara ajustó el cinturón de su abrigo mientras el automóvil avanzaba lentamente por el camino de tierra, rodeado de bosque denso y una niebla que parecía abrazar los árboles. Al final de la avenida, entre la bruma, la mansión Varela emergía como una aparición: imponente, antigua, de piedra oscura y ventanales alargados que parecían ojos vigilantes. El viento agitaba las ramas de los robles centenarios, y por un instante, Elara dudó. Pero recordó la cifra que le permitiría saldar la deuda de su madre, respiró hondo y bajó del coche.
El aire era frío, cargado de olor a tierra mojada y pino. Subió los escalones de piedra, desgastados por el paso de los años, y llamó a la puerta de roble macizo. No esperó mucho tiempo. La puerta se abrió y el mundo de Elara se detuvo.
Dante Varela apareció en el umbral. Era alto, de hombros anchos y una presencia que llenaba todo el espacio, como si el aire mismo cambiara de densidad a su alrededor. Su cabello oscuro caía desordenado sobre una frente marcada, y sus ojos, de un castaño profundo y cálido a la vez, la recorrieron de arriba abajo con una intensidad que le hizo temblar las rodillas. No sonreía, pero había algo en su mirada: un reconocimiento silencioso, como si ya supiera quién era ella, como si la hubiera estado esperando toda la vida.
—La arquitecta Elara Méndez —dijo él, y su voz era grave, profunda, como el sonido de un violonchelo resonando en una habitación vacía—. Te estaba esperando.
Elara recuperó el aliento y extendió la mano, intentando mantener la compostura profesional que siempre la caracterizaba.
—Señor Varela. Gracias por confiarme la restauración de la mansión. He revisado los planos y creo que puedo devolverle todo su esplendor.
Él no tomó su mano de inmediato. La miró a los ojos un segundo más de lo necesario, y cuando sus dedos se rozaron, Elara sintió una descarga eléctrica que le recorrió todo el cuerpo, desde la punta de los pies hasta la raíz del cabello. Su piel era cálida, su agarre firme, sin soltarla al instante, como si también él sintiera esa conexión inesperada.
—Pasa —dijo él, soltándola lentamente, como si le costara dejarla ir—. La casa tiene mucho que contarte. Y yo también.
El interior de la mansión era amplio y majestuoso, con suelos de madera oscura, techos altos y cortinas pesadas de terciopelo granate que filtraban apenas la luz grisácea del día. El olor a madera vieja, incienso y lluvia impregnaba el aire, dándole una atmósfera íntima y solemne a la vez. Caminaron por un pasillo largo, flanqueado por retratos de antepasados con miradas severas, y Elara no podía dejar de mirarlo: la forma en que caminaba, con paso seguro y elegante, la fuerza en sus brazos, la seguridad con la que se movía en su propia casa, como si cada rincón fuera una extensión de su ser.
—La mansión ha estado en mi familia por generaciones —empezó a explicar Dante, deteniéndose frente a una gran chimenea de piedra apagada en el salón principal—. Mi abuelo la construyó con sus propias manos, mi padre la habitó. Pero hace años… dejó de ser un hogar. Se convirtió en un recinto de silencio. De olvido. Y quiero que vuelva a vivir. Que vuelva a respirar.
—Lo haré —respondió Elara, con más firmeza de la que sentía, porque de pronto no estaba hablando solo de piedras y vigas—. Prometo devolverle su alma.
Dante se giró hacia ella, y esta vez su rostro estaba mucho más cerca del suyo. Podía ver las pequeñas arrugas que se formaban al contorno de sus ojos al mirarla, la sombra de barba oscura en su mandíbula, la intensidad de su mirada, que parecía desnudarla sin necesidad de tocarla.
—No solo hablo de pintura y carpintería, Elara —susurró, bajando la voz hasta que fue casi un soplo que le acarició la piel—. Hablo de lo que se siente aquí. De la energía que duerme entre estas paredes. De lo que despiertas cuando entras.
El corazón de Elara latía con fuerza, golpeando contra sus costillas como si quisiera escapar, como si supiera algo que su mente aún no comprendía.
—No entiendo…
—Lo entenderás —dijo él, con una certeza que la estremeció—. A medida que pasen los días. A medida que nos conozcamos. Aquí nada es lo que parece. Y yo… yo no soy un hombre que se conforma con mirar.
Se alejó de golpe, como si hubiera recordado dónde estaban, como si hubiera puesto distancia entre lo que sentía y lo que debía mostrar.
—Te mostraré tu habitación. Mañana comenzaremos. Pero esta noche… descansa. El viaje ha sido largo.
Subieron las escaleras de mármol, y cada paso la acercaba más a algo que no podía nombrar, algo peligroso y maravilloso, algo que brillaba en la oscuridad. La habitación que le asignó estaba en el ala oeste: amplia, con una cama grande de dosel y cortinas de seda, y ventanales que daban al bosque bajo la luna creciente. Antes de salir, Dante se detuvo en el umbral y la miró una última vez, con una intensidad que la hizo sentir viva, profundamente viva.
—Si necesitas algo… cualquier cosa, por pequeña que sea… mi puerta está al final del pasillo. No dudes en llamarme. A cualquier hora.
Se fue, cerrando la puerta suavemente tras él, y Elara se quedó sola, apoyada contra la madera, con el corazón aún acelerado y la piel aún ardiendo donde su mirada la había recorrido. Sabía que aceptar este trabajo cambiaría su vida, pero no imaginó que empezaría a cambiar ya, en el primer instante en que sus ojos se encontraron con los de él. Algo ardía entre los dos, invisible y poderoso, un fuego que apenas comenzaba a encenderse… y que pronto ardería con toda su fuerza.