Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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07
Al día siguiente, Camila se mudó al departamento que acababa de comprar. No llevó muchas cosas de la casa anterior, pues el departamento ya venía completamente amueblado y equipado.
Quería empezar su nueva vida sin la sombra de Adrián ni de su familia. Había tomado la decisión más importante de su vida: atreverse a romper con aquella familia que la había destruido por dentro.
—Por fin puedo vivir separada de ellos. A partir de hoy puedo ser yo misma —dijo al abrir la puerta del departamento.
Se dejó caer en el sofá y recorrió el lugar con la mirada. Tenía dos recámaras. Se sentía cómoda ahí, aunque fuera más pequeño que su casa anterior.
—Ahora puedo elegir todo según mis gustos, no según los de ellos —murmuró.
Cuando vivía en la otra casa, Camila no podía decidir nada por su cuenta. Hasta la decoración y los adornos tenían que ser del gusto de doña Teresa; si Camila se oponía, la suegra la insultaba sin piedad.
Todo en el departamento estaba completo, así que solo necesitaba comprar lo indispensable.
—Voy a ir al mercado a comprar lo que necesito para cocinar —se dijo a sí misma.
Después de dejar su maleta y el resto de sus cosas en la recámara, salió directo al mercado. Desde siempre le gustaba cocinar, por eso acostumbraba tener el refrigerador bien surtido.
Ahora Camila era libre de hacer lo que quisiera mientras esperaba el regreso de Adrián y los suyos, porque cuando volvieran tendría que estar preparada para enfrentarlos. Pero no sentía miedo ni angustia. Ya tenía todo listo. Sorpresas que no olvidarían en la vida.
Regresó al departamento con sus compras. Ese día iba a consentirse cocinando su platillo favorito y después descansaría. A partir del día siguiente volvería a trabajar.
El teléfono vibró con una notificación mientras disfrutaba de su comida. Camila tomó el celular y sonrió al ver quién le escribía.
«Camila, ¿estás en la casa, verdad? No salgas. No está bien que una esposa ande por la calle». Era un mensaje de Adrián.
«Sí, aquí estoy. ¿Cuándo regresan tú y los demás?», le contestó Camila.
«En tres días. Cuando lleguemos quiero que tengas lista una buena comida para todos».
«Sí, claro. Ya no aguanto las ganas de que regresen», respondió Camila.
Sonrió al leer los mensajes de Adrián. Era increíble lo obsesionado que estaba con mantenerla aislada del mundo exterior, limitando cada uno de sus movimientos y prohibiéndole cualquier contacto.
—Disfruten todo lo que puedan allá, porque puede que estas sean sus últimas vacaciones. No creo que después de esto vuelvan a viajar cada fin de año —murmuró mientras seguía comiendo.
Cuando terminó, se recostó a descansar. Ese día se lo tomaría con calma, pero a partir de mañana regresaría al mundo laboral. Había aceptado la oferta de don Fernando sin pensarlo dos veces; así no tendría que pasar por la molestia de buscar empleo en otro lado.
* * *
A la mañana siguiente, Camila se contempló en el espejo, ya arreglada con su ropa formal. Hacía tres años que esa ropa permanecía guardada en el fondo del clóset, desde que se casó con Adrián.
Se aplicó un maquillaje ligero y su sonrisa se dibujó perfecta en el reflejo. Estaba lista para volver al mundo profesional, ese mundo que había abandonado tres años atrás.
—Que todo salga bien —se dijo antes de salir.
No quería llegar tarde en su primer día. Condujo hasta la empresa de don Fernando, el lugar donde años atrás había construido su carrera.
—Buenos días, soy Camila. Vengo a ver a don Fernando —le dijo a la recepcionista.
—Claro, un momento. ¿Tiene cita con él? —preguntó la joven.
—Sí.
La recepcionista se comunicó con la secretaria de don Fernando por teléfono interno para avisar que una persona llamada Camila lo buscaba. Asintió un par de veces y colgó.
—Señora Camila, adelante. Don Fernando la espera en su oficina.
—Muchas gracias.
Camila se dirigió al elevador y subió al piso donde estaba la oficina de don Fernando. El edificio apenas había cambiado en tres años; al parecer, a don Fernando no le gustaban mucho los cambios.
Tocó a la puerta de la oficina.
—Adelante —se oyó desde adentro.
Camila empujó la puerta y don Fernando la recibió con una sonrisa.
—Siéntate, Camila.
—Gracias, don Fernando —respondió, tomando asiento.
—Camila, yo vi personalmente tu desempeño durante los cinco años que trabajaste aquí. No necesitas pasar por ningún proceso. A partir de hoy puedes empezar a trabajar; tu oficina está lista. Vuelves al mismo lugar de antes.
—Muchísimas gracias por la confianza que me tiene, don Fernando.
—Por cierto, Camila, ¿ya te mudaste de la casa?
—Sí, desde ayer. Cuando usted guste puede mandar a cambiar las cerraduras.
—Perfecto. Hoy mismo mando a un cerrajero.
—Don Fernando, dejé todas las pertenencias de mi esposo y de su familia en la sala. Puede pedir que las saquen y las dejen afuera, para que cuando ellos regresen las recojan.
—Muy bien, me encargo de eso.
—Con su permiso, me retiro a mi oficina.
—Adelante.
Camila salió de la oficina de don Fernando con una profunda sensación de alivio. Ese día marcaba un nuevo comienzo.