Camila Hale murió sola, enferma y despreciada por la familia que jamás la reconoció como una verdadera Hale. Pero tres meses después, despierta con un cuerpo sano y una segunda oportunidad que nadie podrá arrebatarle. Lo que no esperaba era ser enterrada viva nuevamente por aquellos que creían haberla eliminado para siempre.
Ahora Camila ha regresado distinta. Ya no teme a la muerte y está decidida a descubrir quién la asesinó y por qué. Mientras enfrenta a su cruel hermano Alexander, a su padre Félix y a la manipuladora Úrsula Vance, descubre un secreto mucho más peligroso: los Hale pertenecen a una organización conocida como el Escorpión Rojo.
Cuando el comandante Mark Ruan aparece en su vida, Camila encuentra un inesperado aliado… y quizá algo más.
Entre conspiraciones, traiciones y enemigos ocultos, deberá luchar para salvarse, destruir para siempre la red y cambiar el destino de un país entero.
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Despertar entre los muertos
La oscuridad era total, pesada, fría. No había aire, no había luz, solo el olor a tierra húmeda y madera podrida.
Camila abrió los ojos de golpe.
Gritó, pero el sonido murió ahogado contra la madera. Su pecho subía y bajaba con fuerza, y entonces lo notó: no le dolía nada. No había tos, no había esa opresión terrible que le quemaba los pulmones cada vez que respiraba. Su cuerpo no pesaba menos, sino que se sentía ligero, fuerte, lleno de vida.
Estaba encerrada en un ataúd.
El pánico la golpeó, pero enseguida lo reemplazó una rabia fría, afilada como una navaja. Me enterraron. Sin comprobar si estaba muerta. Sin respeto. Sin piedad.
Golpeó la tapa con ambas manos. La madera crujió. No era la debilidad de una enferma lo que la empujaba ahora: era una fuerza nueva, desbordante, que brotaba de algún lugar profundo de su ser. Empujó con todas sus fuerzas y la tapa se abrió con un estallido seco, astillándose en los bordes.
Salió arrastrándose, rompiendo la capa de tierra que la cubría. La lluvia caía suavemente sobre ella, lavando el barro de su rostro. Estaba en un rincón apartado del inmenso jardín de la mansión, lejos de luces y ventanas. Tres personas la esperaban junto a la fosa, con palas en la mano. Al verla salir, los ojos se les abrieron de par en par.
—¡Es imposible! —exclamó Úrsula Vance, la administradora de la casa, dando un paso atrás—. ¡La revisé yo misma! No tenía pulso, no respiraba. ¡Estaba muerta!
—¡Es un fantasma! —gritó uno de los guardias, pálido como la cera.
Camila se puso de pie despacio, sacudiéndose la tierra del vestido negro de luto que le habían puesto. La mirada que les dirigió no era la de la chica temblorosa que habían visto morir. Sus ojos eran oscuros, duros, sin rastro de miedo.
—No soy un fantasma —dijo, y su voz sonó firme, clara, sin el jadeo de antes—. Soy vuestra pesadilla.
Úrsula recuperó el control enseguida. Enderezó la espalda y señaló hacia la fosa.
—Estás loca. No puedes estar viva. Debes haber estado en coma. Tírenla de nuevo. Entiérrenla más hondo. Que nadie se entere.
Los dos guardias dudaron, pero avanzaron. En ese momento, un débil gemido llegó desde el borde de la fosa.
Allí estaba él: su zorro blanco, el único ser que le había dado cariño en toda su vida. Yacía en el suelo, con una pata rota y sangre en el pelaje. Uno de los guardias lo había pateado antes de enterrarla, para que no los siguiera.
Camila sintió que algo dentro de ella se rompía y se convertía en hielo. Dio un paso al frente, bloqueando el paso de los hombres hacia el animal.
—No —dijo, tan baja que apenas era un susurro, pero todos la oyeron—. Nadie vuelve a tocarlo. Nadie vuelve a tocarme.
—¿O qué? —se burló el guardia más grande, dando un paso hacia ella—. ¿Qué vas a hacer, niña muerta?
Levantó la mano para empujarla, pero Camila fue más rápida. Nadie vio cómo se movió: solo vieron que en un instante él estaba en el suelo, con la muñeca doblada en un ángulo imposible, gritando de dolor. Ella no se había apartado ni un centímetro.
—La siguiente será tu garganta —le dijo, sin rastro de emoción.
El hombre se arrastró hacia atrás, aterrorizado. Úrsula, con el rostro endurecido, señaló hacia la puerta trasera.
—Llévense al animal. A ella, enciérrenla en el ala este. No dejen que nadie la vea. Si el señor Hale se entera de que sigue viva… —se calló, mirando a Camila con odio y desconfianza—. Ya hablaremos después.
Cuando los guardias se fueron llevando al zorro herido, Úrsula se acercó a Camila, bajando la voz para que nadie más oyera.
—No creas que por respirar has ganado. Esta casa te matará de nuevo, y esta vez no habrá regreso.
Se dio la vuelta y se marchó, dejándola sola en la oscuridad. Camila no se movió hasta que sus pasos se perdieron. Miró sus manos, fuertes, sin temblar. Miró hacia las ventanas iluminadas de la mansión, donde su familia celebraba sin saber que la hija que habían dado por muerta estaba de vuelta.
—Volví —susurró al viento—. Y esta vez, yo seré la que decida quién vive y quién cae.
Caminó hacia la entrada trasera, con la cabeza alta, sin apartar la mirada de la casa que la había intentado borrar. Su segunda vida comenzaba ahora, y no sería para sobrevivir: sería para vengarse.
Okey murieron juntos me imagino que de vejez de igual felicidades por tu historia gracias .🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹