Ella murió a manos de su propia hermana. Pero el destino le dio una segunda oportunidad: despertó en el cuerpo de una mujer inteligente, carismática y casada con el hombre más poderoso y deseado. El mismo hombre por el que siempre había sentido admiración.
Todo parece un sueño hecho realidad. Hasta que descubre que el "amor del pasado" de su esposo no es otra que su asesina.
Ahora, atrapada en un matrimonio que cree una farsa, solo quiere una cosa: el divorcio y la libertad para vengarse. Pero su esposo, frío e implacable con el mundo, se convierte en un muro de fuego cuando ella pronuncia la palabra "Divorcio".
Él no piensa soltarla. Ella no piensa quedarse.
Y entre la venganza, los secretos y un deseo que ninguno de los dos puede controlar, comienza una guerra de poder donde el amor se disfraza de odio... y la verdad podría ser el arma más peligrosa de todas.
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Capítulo 13: Encantos venenosos
Ambos caminaron hasta la entrada del edificio. La fachada de cristal y acero reflejaba el sol de la tarde, y el letrero en la entrada decía simplemente: "Seguridad Elite".
Cuando entraron, el bullicio de la actividad los envolvió. Empleados caminaban de un lado a otro con tablets en las manos, teléfonos sonando en cada escritorio, y una energía constante que solo se ve en los lugares donde las cosas realmente funcionan.
El que los recibió fue el asistente personal de Alessandra. Un chico bastante joven, de unos veintitres años, con el cabello castaño despeinado y una sonrisa que le iluminaba todo el rostro.
—¡Jefa! —exclamó, casi saltando de la emoción—. ¡Qué alegría verla! Nos tenía a todos preocupados con el accidente. ¿Cómo se siente? ¿Está bien? ¿Necesita algo? ¿Agua? ¿Café? ¿Un masaje? Porque puedo conseguirle un masajista en diez minutos, conozco a uno que es increíble...
Alessandra levantó una mano para detener el torrente de palabras.
—Tranquilo, tranquilo. Estoy bien. Solo necesito familiarizarme de nuevo con todo. El golpe me dejó un poco desorientada.
—¡Claro, claro! Por supuesto. Yo mismo le haré un tour completo. Soy Leo, su asistente. ¿No me recuerda? Llevamos tres años trabajando juntos. Soy el que le organiza la agenda, le prepara los cafés, le recuerda las reuniones, le...
—Sí, Leo —lo interrumpió ella con una sonrisa—. Te recuerdo. Bueno, más o menos. Pero vamos a empezar de cero, ¿vale?
—¡Vale, vale! Sígame, jefa. Le enseñaré todo.
El tour fue exhaustivo. Leo no se saltó ni un detalle. Les mostró la sala de control, donde una docena de pantallas mostraban imágenes de cámaras de seguridad de todo el país. Les mostró el gimnasio, donde varios guardaespaldas entrenaban con un instructor que no paraba de gritar órdenes. Les mostró las oficinas de los analistas, donde un grupo de hombres y mujeres revisaban informes y datos con concentración absoluta.
—Aquí tenemos la sala de equipamiento —dijo Leo, abriendo una puerta—. Todo lo que un guardaespaldas necesita: chalecos antibalas, sistemas de comunicación, armas no letales... y aquí, la sala de simulaciones. Es donde entrenamos situaciones de riesgo. ¿Quiere ver una demostración?
—Tal vez otro día —respondió Alessandra, un poco abrumada por la cantidad de información.
Finalmente, después de un recorrido que duró casi dos horas, llegaron a su oficina.
Era un espacio amplio, con una pared de cristal que daba a todo el edificio. Un escritorio enorme de madera oscura ocupaba el centro, con una computadora, varios teléfonos y una silla de cuero que parecía más cómoda que su cama. Detrás del escritorio, una estantería llena de libros y carpetas. Al fondo, una pequeña área de descanso con un sofá y una mesa de centro.
—Bueno, jefa —dijo Leo, con una sonrisa de oreja a oreja—. Esta es su oficina. ¿Recuerda algo?
Alessandra recorrió el espacio con la mirada.
—No mucho —admitió—. Pero me gusta. Tiene buena energía.
—¡Es que usted la diseñó! Dijo que quería un espacio que inspirara confianza y eficiencia. Y la verdad es que lo logró.
Alessandra se sentó en la silla de cuero y se dejó llevar por la sensación del momento. Era extraño estar allí, en una oficina que no recordaba haber diseñado, liderando una empresa que no sabía que tenía.
Pero, al mismo tiempo, se sentía bien.
Se sentía poderosa.
—Jefa —dijo Leo, con voz más seria—. ¿Quiere que le traiga los informes de la semana? Los tenemos todos listos.
—Sí, tráemelos —respondió, intentando sonar segura—. Quiero ponerme al día.
—Enseguida.
Leo salió de la oficina con paso rápido, dejándola sola. Alessandra se recostó en la silla y miró el techo, procesando todo lo que había visto.a
El teléfono vibró en su bolsillo. Lo sacó y vio el nombre en la pantalla: "❤️ amor".
Deslizó el dedo para responder.
—¿Cariño?
—¿Dónde estás? —su voz, grave y neutra como siempre—. Llamé a casa y Clara me dijo que habías salido.
Alessandra mordió su labio. Mierda. No había pensado en eso.
—Estoy en una cafetería —dijo, improvisando—. Quería salir un rato, tomar aire. El doctor dijo que podía caminar un poco.
—¿Una cafetería?
—Sí. Bonita. Con música suave. Muy relajante.
Silencio al otro lado.
—¿Y qué cafetería es esa?
Alessandra sintió que el pánico le subía por la espalda.
—Una que está cerca de casa. No sé el nombre. Es nueva.
—Mmm.
—¿Qué? —dijo, alzando una ceja aunque él no pudiera verla—. ¿No me crees?
—No dije eso.
—Pero lo estás pensando.
—No estoy pensando nada.
—Sí estás pensando. Se te nota en el silencio.
Dante suspiró al otro lado. No era un suspiro de frustración, sino más bien de resignación.
—Solo quería saber cómo estabas —dijo—. Y asegurarme de que no te estuvieras esforzando demasiado.
Alessandra sintió que su corazón se derretía un poco.
—Estoy bien —respondió, con la voz más suave—. De verdad. Solo necesitaba salir.
—Bien. Entonces... ¿quieres que te recoja?
—No, no. Estoy con el chofer. Él me lleva. No te preocupes.
Otro silencio.
—Está bien —dijo al fin—. Llamame cuando estés de vuelta.
—Te llamaré.
—Cuídate.
—Tú también.
Colgaron.
Alessandra se quedó mirando el teléfono, con una sonrisa que no podía ocultar.
—Vaya —murmuró—. Me llamó.
Y aunque era solo una llamada breve, aunque su conversación había sido pura improvisación, no pudo evitar sentirse bien.
Quizás era estúpido. Quizás era solo su imaginación.
Pero por un momento, sintió que Dante sí se preocupaba por ella.
Y eso, aunque no lo admitiría en voz alta, le gustaba.
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El asistente le entregó los documentos y la puso al día con todo lo que tenían pendiente para aquel día. Una reunión con un hombre importante para el cual tenían que coordinar seguridad, varios contratos con otras empresas, y un par de informes que necesitaban su firma.
Para Ana fue fácil adaptarse. Ya había trabajado con su padre anteriormente, en la empresa familiar. Había estudiado bancas y finanzas, además de otras carreras. Sabía cómo se manejaban los negocios, cómo se llevaban las reuniones, cómo se firmaban los contratos. Actuar como Alessandra no era tan difícil. Solo tenía que confiar en lo que sabía.
Estiró los brazos sobre el escritorio y soltó un suspiro de satisfacción. Había sido un día gratificante. Interesante. Después de todo, ser tu propia jefa era lo mejor.
Recogió sus cosas, bajó de su oficina y se despidió rápidamente de Leo.
—¿Seguro que no necesita que la lleve, jefa? —preguntó él, con su energía habitual.
—No, tranquilo. Ya llamé a mi suegra para que me envíe un chofer. Tú termina lo que estabas haciendo.
—Como ordene, jefa. ¡Cuídese!
Salió a la calle con una sonrisa en los labios. El aire fresco de la tarde le dio en el rostro y cerró los ojos un momento, disfrutando de la sensación. El día había sido bueno. Productivo. Se sentía bien.
Se paró en la acera a esperar el auto, mirando el teléfono distraídamente mientras repasaba mentalmente lo que había aprendido.
—Vaya, así que tú eres Alessandra Moretti. Por fin te conozco.
La voz le heló la sangre.
Alessandra levantó la cabeza y ahí estaba ella. Fernanda. Con los brazos cruzados, una sonrisa afilada en los labios y esa mirada de superioridad que tanto odiaba. Vestida impecablemente, con un traje que costaba más que el sueldo de un mes de cualquier mortal, mirándola como si estuviera oliendo a un perro callejero.
—Así que tú eres la famosa esposa de Dante Moretti —dijo Fernanda, destilando veneno en cada palabra—. La verdad, esperaba algo mejor.
Alessandra la miró. De arriba abajo. Sin prisa. Como si estuviera evaluando un mueble que no le interesaba comprar.
—¿Y tú eres...? —preguntó, con un tono de auténtico desinterés—. Perdona, no te ubico.
Fernanda parpadeó. Su sonrisa se tensó.
—Soy Fernanda Fernández.
—¿Fernanda Fernández? —Alessandra inclinó la cabeza, fingiendo pensar—. No, no me suena. ¿Eres alguna modelo? ¿O actriz? Es que veo tantas caras en las revistas que ya no distingo.
Fernanda apretó la mandíbula.
—Soy la prometida de Alexander Santander.
—Ah, ¿el enemigo empresarial de mi marido? —dijo Alessandra, con una sonrisa dulce—. Qué pena. Ojalá sepa con quién se casa el pobre. O no. No sé, a mí no me importa.
La cara de Fernanda pasó del blanco al rojo en cuestión de segundos.
—¿Cómo te atreves?
—¿A qué? —preguntó Alessandra, inclinando la cabeza con fingida inocencia—. ¿A decir la verdad? Perdona, pensé que estábamos siendo sinceras. Tú comenzaste con lo de "esperaba algo mejor", así que supuse que estábamos en ese plan.
Fernanda dio un paso adelante, con los ojos echando chispas.
—No sabes con quién te estás metiendo.
—¿Ah, no? —Alessandra soltó una risita, corta y despectiva—. Mira, cariño, yo no sé quién eres, ni me interesa. Pero te voy a decir algo, y te lo digo con toda la buena onda del mundo: si viniste a buscarme para pelear, perdiste tu tiempo. Porque yo no peleo con gente que no está a mi nivel.
Fernanda abrió la boca para responder, pero Alessandra la interrumpió sin dejarle espacio.
—Ah, y otra cosita. Si alguna vez vuelves a acercarte a mí con esa actitud de perrito chihuahua que se cree pastor alemán, te juro que vas a arrepentirte. No sé quién te crees que eres, pero yo soy Alessandra Moretti. Y aquí solo mando yo.
Se quedaron mirándose en silencio. La tensión entre ellas era palpable, como una corriente eléctrica.
Fernanda se recompuso. Se ajustó el bolso en el hombro y forzó una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Eres más lista de lo que pareces.
—Y tú, más estúpida de lo que imaginaba —respondió Alessandra, sin perder la sonrisa.
El auto del chofer apareció al final de la calle, avanzando hacia ellas.
Fernanda lo vio y apretó la mandíbula.
—Espero que disfrutes de ese aire de señora.
—No intentes amenazarme—dijo Alessandra, mientras el auto se detenía junto a ella—. Porque la que saldrá perdiendo no seré yo.
Abrió la puerta y se subió al auto sin mirar atrás. Mientras el vehículo se alejaba, no pudo evitar mirar por el espejo retrovisor.
Fernanda seguía en la acera, con los brazos cruzados y el rostro tenso.
Alessandra sonrió con satisfacción.
—Te dije que ibas a pagar —murmuró, recostándose en el asiento—. Y esto apenas es el principio.
será que ése viejo sabe que Fernanda mato a Ana y por eso no quiso investigaciónes.!!?? 😱
Alessandra mal interpretó todo o no puede que el todavía sienta algo por la zorra esa