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Le Propuse Matrimonio Al Demonio 2 El Hijo De Los Villanos Es Un Dragón

Le Propuse Matrimonio Al Demonio 2 El Hijo De Los Villanos Es Un Dragón

Status: En proceso
Genre:Hijo/a genio / Fantasía épica / Amor prohibido
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Serafín Trudeau lo tiene todo: es el joven príncipe del imperio más poderoso del continente, heredero de Cassandra y Balkan, dos de los villanos más temidos de la historia. Bello, arrogante y extraordinariamente poderoso, Seraf descubre que también es la reencarnación del legendario dragón destinado a cambiar el mundo.

Pero existe una amenaza: una sacerdotisa de la Luz nacerá con el único poder capaz de destruirlo.

Seraf decide no esperar quince años para enfrentarse a ella.

Desaparece durante una semana y sigue la resonancia de su sangre dragoniana hasta encontrarla: Estrella, una joven sacerdotisa de dieciocho años. La enamora antes de revelar su verdadera naturaleza.

Cuando Estrella descubre que el hombre que ama es el dragón de la profecía, siente miedo.

Pero ya es demasiado tarde.

Seraf ha decidido llevársela a casa.

La futura verduga del dragón acababa convertirse en su mujer.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cambiando la profecía

—¿Quién es esta muchacha? —repitió Cassandra, con voz firme, mirando fijamente a la joven que temblaba entre ellos.

Serafín sonrió con calma, como si la pregunta fuera lo más natural del mundo.

—Es mi mujer.

—¿Tu mujer? —repitió Cassandra, sorprendida.

—Sí, madre. Ya tengo dieciocho años, puedo empezar a tener concubinas, ¿verdad? —respondió él con ligereza.

Cassandra lo miró, y luego dirigió su mirada a la muchacha. Llevaba el hábito blanco y dorado de novicia, ahora sucio y rasgado, y se veía perdida, asustada, sin saber dónde estaba ni qué destino le esperaba. Sin perder la compostura, Cassandra llamó con un gesto a una de las sirvientas que esperaba cerca.

—Tú —ordenó—: llévenla, límpienla por el amor de Dios, curen cualquier herida que tenga en su cuerpo y denle ropa decente. Iré a verla después.

—Sí, señora —respondió la sirvienta, haciendo una reverencia.

La muchacha los miró a todos, temblando del susto, sin atreverse a dar un paso. Entonces Serafín añadió, con tono frío y tranquilo:

—Y poned un guardia en la puerta. Si intenta escapar, elimínala. No quiero cabos sueltos.

Ella tembló aún más al escuchar esas palabras, y cuando la sirvienta la tomó suavemente del brazo para llevársela, caminó casi sin fuerzas, con la cabeza baja, desapareciendo entre los setos del jardín.

Cuando ya no se la vio, Valkan —con B larga, fuerte y clara— miró a su hijo con una mezcla de curiosidad y seriedad.

—Dime, Serafín… ¿quién es exactamente esa muchacha?

El joven príncipe se acomodó la manga con calma y comenzó a explicar.

—Fui al templo de la Luz, como te dije. Pensaba eliminarla allí mismo para evitarme problemas. Pero pensé: eso es demasiado fácil. Si la mato, el destino cumplirá su papel y nacerá otra. Y otra. Y otra. No pienso estar matando a cada rato a una sacerdotisa nueva. Así que cambié de plan. Me acerqué a ella sin decirle quién era, y en lugar de amenazarla, usé mi encanto. No coqueteé, padre: la seduje, la enamoré, la hice mía en cuerpo y alma antes de que supiera mi nombre. Pasamos dos días en una cabaña apartada, y cuando terminó todo, cuando ya era mi mujer en todos los sentidos, me levanté de la cama y le dije: «Ven conmigo». Ella me miró asustada, un poco confundida, y quiso preguntar. Pero la tomé del brazo con firmeza y le dije: dije que vengas, no me desobedezcas. Se vistió con lo que pudo, salimos al exterior… y ahí fue cuando me transformé. Ante sus ojos, mi cuerpo cambió, crecieron mis alas, brilló mi piel con luz dorada. Se quedó sentada en el pasto, boquiabierta, sin poder creer lo que veía. Me acerqué con una de mis garras, la tomé con cuidado entre mis dedos y despegamos volando hacia aquí.

Valkan lo escuchó sin interrumpirlo, asintiendo lentamente.

—Entonces no la mataste.

—¿Por qué matarla? —respondió Serafín, con una sonrisa segura—. Si muere, nacerá otra. Es la regla de esa profecía suya. Pero si a la que está destinada a destruirme la capturo primero… primero su corazón, luego su cuerpo… ¿crees que será capaz de alzar su mano contra mí? Es una sacerdotisa, tiene un corazón puro, no sabe de maldad. Y yo soy su hombre. No creo que me haga daño.

Cassandra lo miró, impresionada a pesar de todo.

—Hijo… ¿realmente pensaste en todo eso?

—Claro que sí, madre —respondió él, sonriendo con orgullo—. Aprendí de los mejores. ¿No? Ahora, si me disculpan, iré a bañarme. Después buscaré a mi mujer y la presentaré formalmente. Quién sabe… quizás dentro de nueve meses estén cargando a su nieto.

Dijo esto último entre risas, y salió corriendo, dejándolos solos. Valkan y Cassandra se quedaron mirándose, estupefactos.

—Es tu culpa —dijo Cassandra, llevándose una mano a la frente—. Te dije que debías hablar con él sobre estas cosas.

—¿Mi culpa? —rio Valkan—. ¡Es tu enseñanza! Tú siempre le dijiste que no debía dejar cabos sueltos. ¡Lo aplicó a la profecía entera!

Mientras tanto, desde el brazalete que ahora descansaba sobre una mesa cercana, Fafnir murmuró con resignación:

—¿Qué se podía esperar de dos locos?… Por fuerza tenía que salir uno más loco que los dos.

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