Un imperio construido sobre el control. Una atracción que amenaza con destruirlo todo.
En el piso cuarenta y dos de Vance Financial, la regla es simple: la eficiencia se premia y las emociones no existen. Alexander Vance es un CEO implacable, calculador y distante, un hombre que ha convertido su vida en un mecanismo perfecto para sepultar la culpa de un pasado oscuro y un secreto familiar que podría arruinarlo.
Elena Ross llegó a su oficina solo para pagar las deudas de su familia, pero su resiliencia y templanza la convierten en la única asistente capaz de soportar la frialdad de Vance. Sin embargo, detrás de la fachada profesional, una química sofocante e innegable comienza a desgastar las barreras de ambos.
Cuando una serie de amenazas anónimas y un juego de poder corporativo ponen en riesgo la vida de Elena, el control de Alexander se fractura. Obligados a protegerse en medio de un nido de traiciones, la línea entre la lealtad, el deseo y el peligro empieza a borrarse.
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Capitulo 2: Discusiones
El día transcurrió como un engranaje implacable. Mientras la ciudad abajo se sumía en una lluvia helada que comenzaba a teñir la tarde de un gris plomizo, Elena gestionó llamadas con ejecutivos de Londres, filtró a los analistas que buscaban una declaración sobre las reestructuraciones internas y organizó los archivos que Alexander requería para la noche.
A las siete y media, el piso cuarenta y dos había quedado prácticamente desierto. El murmullo habitual de los teclados y el zumbido de los conmutadores fueron reemplazados por el azote constante de las gotas contra los ventanales.
Elena estiró los hombros y soltó un largo suspiro frente a la pantalla de su ordenador. Las deudas médicas del tratamiento de su madre continuaban siendo una losa pesada sobre sus finanzas, pero el sueldo que Alexander Vance le pagaba —casi el triple del promedio del mercado— era la única razón por la que la casa familiar no había salido a subasta. Por eso soportaba la frialdad, las exigencias desmedidas y las horas interminables.
Se levantó para imprimir el último lote de informes cuando un murmullo de voces elevadas llegó desde el pasillo secundario, cerca de la sala de juntas de la directiva.
Elena se detuvo. Sabía que debía ignorarlo, pero el nombre de la compañía pronunciado con una brusquedad inusual la hizo avanzar con cautela sobre la alfombra mullida. La puerta de madera maciza de la sala estaba entreabierta unos pocos centímetros.
—...no puedes seguir tapando ese agujero, Alexander —la voz de Marcus Vance, grave y impregnada de un tono patronal irritante, atravesó la penumbra—. La comisión de bolsa va a meter las narices si no presentamos el cierre de la división de desarrollo de hace cinco años. Ese asunto de Gabriel ya se archivó. Estás obsesionado con fantasma que no existen.
—Ese archivo no se toca, Marcus —la voz de Alexander no se elevó, pero la carga de amenaza contenida era tan helada que a Elena se le erizó la piel—. Mientras yo sea el presidente ejecutivo, la carpeta de auditoría de ese año permanece bajo mi custodia directa en la caja fuerte de esta oficina. Si vuelves a presionar al personal de sistemas para obtener las claves de acceso, te haré escoltar fuera del edificio por el equipo de Julian delante de toda la junta.
—¡Es el patrimonio de la familia! —gruñó Marcus, golpeando lo que sonó como un puño contra la mesa de conferencias—. Tu hermano cometió un error y pagó el precio. No vas a arruinar esta corporación por tu maldita culpa.
—Sal de mi vista, Marcus. Ahora.
Elena sintió que el corazón le daba un vuelco. Se dio la vuelta con rapidez para regresar a su escritorio, pero el leve roce de su zapato contra la base de un adorno de bronce del pasillo produjo un chasquido sordo.
La puerta de la sala se abrió de golpe. Marcus Vance salió con el rostro encendido por el coraje, ajustándose los puños de la chaqueta. Al cruzarse con Elena, le dedicó una mirada cargada de veneno y desprecio antes de marchar a pasos agigantados hacia los ascensores.
Un segundo después, Alexander emergió de la penumbra.
Tenía la camisa ligeramente desabotonada en el cuello y el cabello oscuro un poco desordenado, como si se hubiera pasado los dedos por él con frustración. Al ver a Elena detenida a mitad del pasillo, sus ojos grises se estrecharon. Avanzó hacia ella con pasos largos, acorralándola sin tocarla contra la pared revestida de madera de la galería.
—¿Tiene por costumbre escuchar conversaciones a puerta cerrada, señorita Ross? —preguntó. Su tono era bajo, bajo y peligroso, como el rugido lejano de una tormenta.
—Estaba recogiendo las copias para la reunión de las ocho, señor Vance —respondió ella, forzándose a mantener la voz nivelada a pesar de que el pecho le subía y bajaba con rapidez por la adrenalina—. La puerta estaba abierta y el volumen de la discusión se escuchaba desde el corredor.
Alexander no retrocedió. Estaba tan cerca que Elena podía sentir las pulsaciones aceleradas que latían en la mandíbula del ejecutivo. Levantó una mano y, con una lentitud casi tortuosa que hizo que a Elena se le cortara el aliento, extendió dos dedos y apartó un mechón de cabello que había caído sobre el rostro de ella, acomodándolo detrás de su oreja. El roce involuntario de sus nudillos contra la piel sensible de su cuello envió una sacudida cálida directamente a su espina dorsal.
—Hay historias en esta empresa que no necesita entender para hacer bien su trabajo, Elena —murmuró él, utilizando su nombre de pila por primera vez desde que la había contratado. La palabra sonó oscura, íntima y pesada en la soledad del piso desierto—. La curiosidad es un rasgo muy costoso... y sumamente peligroso cuando se trabaja tan cerca de mí.
—No soy curiosa, señor Vance —contestó ella en un susurro, sosteniéndole la mirada con una mezcla de desafío y una repentina vulnerabilidad que ninguno de los dos esperaba—. Soy leal a las obligaciones de mi puesto. Nada más.
Alexander fijó la vista en los labios de Elena durante un segundo que se sintió interminable. La fachada rígida y calculadora pareció resquebrajarse por completo, dejando al descubierto un destello de apetito reprimido y tensión acumulada que hizo que la atmósfera entre los dos se volviera sofocante. Por un instante, Elena pensó que él se inclinaría hacia adelante.
Pero el CEO dio un paso atrás, recuperando su postura distante con una rapidez que rayaba en lo quirúrgico. Se ajustó el reloj de pulsera y volvió a endurecer la mirada.
—Recoja sus cosas después de la revisión. La llevaré a su casa.
—Puedo tomar un taxi en la entrada, señor...
—No se lo estoy pidiendo, señorita Ross —la cortó en seco, girando sobre sus talones para entrar de nuevo a la oficina—. Julian detectó un vehículo no identificado en el estacionamiento subterráneo esta tarde. Mientras no aclare quién está enviando esos informes anónimos a la directiva, no se desplazará sola fuera del horario laboral. Muévase. Tenemos diez minutos.